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África: contaminar o comer

por Teresa Ovalles
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Para mitigar el hambre que azota al continente africano, en muchos de sus países los gobiernos promueven fuertemente el uso de fertilizantes para aumentar la producción agrícola.

Las consecuencias nocivas del uso de estas sustancias para los suelos han sido ampliamente estudiadas y cuestionadas por la ciencia; pero cuando los pueblos mueren de hambre hablar de ecología e impactos ambientales suena como una exquisitez.

El uso de estos fertilizantes aumenta los niveles de amoníaco en la atmósfera.

La contaminación del aire con amoníaco comporta graves problemas para la salud, principalmente patologías relacionadas con las vías respiratorias y el corazón.

Otro de los perjuicios de la presencia de amoníaco en el aire es la acidificación de los suelos y su consecuente impacto en el desarrollo de la agricultura.

Un estudio de la estadounidense Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio (NASA), señala a la agricultura y la ganadería como los principales responsables del aumento de los niveles de amoníaco.

La población de África, al igual que la del resto del mundo, va en aumento. En los próximos años la agricultura y la ganadería se expandirán de manera importante para poder hacer frente a la necesidad de una población que estiman alcanzará unos 2500 millones de personas para 2050.

Otra fuente importante de contaminación es la quema de biomasa, ya sea natural u ocasionado por los seres humanos.

En África ocurre el 70 % de total de incendios forestales del planeta, lo que complica aún más la situación de la hermana África.

La NASA estudió por medio de satélites espaciales las concentraciones de amoníaco atmosférico en África por un período de 10 años (2008-2018). 

“Comprender cómo están cambiando las fuentes de emisión de amoníaco naturales y artificiales es importante para garantizar políticas y tecnologías que promuevan el desarrollo agrícola sostenible”, dice Jonathan Hickman, responsable del estudio.

Hickman y su equipo utilizaron datos satelitales observados por el interferómetro de sondeo atmosférico infrarrojo de la Agencia Espacial Europea (ESA). El instrumento cubre todo el planeta con una resolución de aproximadamente 7.5 por 7.5 millas (o 12 por 12 kilómetros), lo que permite a los científicos observar áreas específicas de interés.

El estudio presenta tres ejemplos de la relación calidad del aire–aumento de la actividad agrícola:

• En África Occidental, el final de la estación seca y la quema de biomasa se correspondieron con aumentos en la concentración de amoníaco durante el período de estudio. El aumento llegó en un momento en que los agricultores preparaban su tierra quemándola, pero antes de agregar fertilizante.

• En la región del lago Victoria, la expansión del área agrícola y el uso de fertilizantes condujeron a aumentos en la concentración de amoníaco durante el período de estudio. Los investigadores sugieren que los agricultores estaban aplicando más fertilizantes en tierras agrícolas nuevas y existentes.

• En parte de Sudán del Sur, la humedad del suelo provocó disminuciones en la concentración de amoníaco durante el período de estudio. Un humedal de 30.000 kilómetros cuadrados alimentado por el río Nilo, llamado Sudd, fue la única región que mostró una clara disminución del amoníaco durante el período de estudio.

Los responsables de este estudio hacen énfasis en la necesidad de que la expansión de la agricultura se haga de manera sostenible. Los estudios están, son muchos y muy variados. Lo que falta, y así quedó contundentemente demostrado en la COP26, es una verdadera voluntad política de los países ricos, responsables de las mayoría de los males que padece hoy la verdadera cuna de la civilización.

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