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Máquinas creadas o modificadas, a cambio de “lo que sea”

por Jose Roberto Duque
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Una brigada de nuestra revista (Jesús Arteaga, Mercedes Chacín, José Roberto Duque, Leorana González, Teresa Ovalles) anda desplegada por Barinas y Mérida en busca de historias y personajes. En los próximos días iremos publicando crónicas, reportajes, fotos y videos sobre lo que vamos encontrando, y eso que vamos encontrando va bueno, sustancioso y deslumbrante. Esto que publicamos acá es el adelanto de un adelanto: primera parte o fragmento de las creaciones e innovaciones que encontramos en casa de Edgar Chacón, tecnólogo popular

José Roberto Duque / Fotos: Leorana González

Edgar Chacón nació en San Cristóbal hace 40 años y tiene 10 en Altamira de Cáceres. Es, antes que nada, un devoto del reciclaje y la reutilización de materiales, alguien que le busca y le encuentra el valor a los objetos que otros botan. A partir de esa actitud ante la vida ha ido llenando la vivienda que ocupa (que, por cierto, no es suya, y deberá desalojarla en breve de común acuerdo con su arrendador) de un considerable promontorio de cabillas, trozos de madera y partes metálicas; artefactos dañados, restos de lavadoras, ventiladores ajenos y otros hechos por él. Justo lo que uno espera encontrar en la casa de un innovador, inventor o tecnólogo; pónganle la etiqueta que quieran, Edgar Chacón cabe en cualquiera de ellas.

La primera que quiso mostrar y poner en funcionamiento fue una máquina de moler caña. Para construirla usó partes del motor y la caja de una moto, y la respectiva guarnición de tubos, láminas, resortes y cadenas. Enciende el artefacto tal como se enciende una moto, con un golpe de palanca. Luego “mete” primera, segunda, tercera y cuarta velocidades; el motor pone a girar un eje que traslada a otra parte mecánica cuya función es disminuir la velocidad, aunque conserva o aumenta la tracción.

Explica que, si pusiera a girar directamente el molino, hay piezas que se recalentarían y desgastarían rápidamente, y además la velocidad destrozaría las cañas de una forma poco conveniente. Tras una demostración, que incluyó el limpio exprimido de tres gruesas cañas de azúcar, nos invitó a degustar su jugo, y declaró que todo el pueblo ha pasado por ahí para ver cómo su creación muele la caña, y para beber del jugo que su inventor regala a todo el que pase.

También nos contó otras formas en que está “aprovechando” sus inventos (molinos de café y maíz, trilladoras, estufas y hornos, un compresor para llenar cauchos de autos y motos): los pone al servicio de la gente del pueblo, que a veces puede pagarle por el servicio y a veces le paga con alguna bolsa de alimentos, y a veces con más materiales desechados para que este benefactor continúe su obra: tubos, antiguas patas de lo que sea, cabillas, cascarones vacíos de viejos aparatos electrodomésticos.

Chacón le mostró a Inventores ocho artefactos más fabricados o modificados por él. En nuestra revista digital publicaremos un reportaje completo con todos los artificios que este creador popular tiene en su temporal casa-taller.

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