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El reloj biológico, el instinto maternal y otras sandeces

por Jose Roberto Duque
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Yazmina Vargas – El Salto

“No quiero ser madre”, le dije al ginecólogo. “Eso dices ahora. Más adelante seguro que quieres. Vamos a valorar otras opciones”, me respondió. Esas otras opciones fueron nueva medicación que me destrozaba el estómago y más revisiones. Pero el dolor que me provocaba el mioma uterino no disminuía. La solución estaba en extirparlo. ¿El problema? Que en la operación podía perder el útero y, claro, estando en edad fértil era incuestionable mi deseo de ser madre. Al fin y al cabo, soy una mujer. ¿No es eso lo que deseamos y soñamos desde pequeñas? ¿Con la maternidad?

Permítanme responder esta cuestión y descubrirles, así, una verdad que parece que la sociedad desconoce. El binomio mujer = madre no existe. Es un mito. Una leyenda urbana. Una mentira. Y la mayoría de las mujeres lo sabemos. Por eso, quien decidió que me tenía que operar para recuperar calidad de vida era una mujer. Por eso, quien escribió que mi operación era urgente, era una mujer. Porque ellas ponían mi deseo de curarme por encima de cualquier otro deseo que me querían imponer.

Una duda comenzó a surgir en mí. Si me estaban imponiendo la maternidad, ¿a cuántas mujeres les habría pasado lo mismo? ¿Cuántas mujeres son madres por presión social? ¿La maternidad es una elección que se toma libremente? La respuesta es no, porque desde la infancia se nos muestra ese camino y, sutilmente a veces, otras de manera más directa, se nos manda mensajes para que seamos madres. Laury Katherine Julio en su artículo ‘Maternidad: opción de vida o imposición social’ señala que la maternidad y la crianza de los hijos, históricamente, han sido consideradas como los roles más importantes en la realización de la mujer, y son concebidas como un deber al que no debe renunciar ninguna. Sobre esta postura recae una responsabilidad obligatoria y una carga social que perpetua un imaginario machista y patriarcal sobre la práctica de la maternidad. El aparato estatal, la religión y el sistema de salud, explica Julio, han contribuido en gran medida a reforzar el ejercicio de la maternidad como un compromiso de vida que las mujeres no pueden evadir.

Sin embargo, algunas mujeres lo han logrado. Son las llamadas “no madres” o “mujeres NoMo”. Y tienen que luchar cada día con prejuicios y calumnias que vierten sobre ellas. Porque una no madre es una mujer incompleta, infantil, fría o, al menos, eso se dice. Y son todo eso por no seguir las reglas de lo que se espera de ellas. Por elegirse a sí mismas y seguir los dictados de sus deseos y no de otros. Dunia Alzard en El deseo hostil de no ser madres: una identidad contrahegemónica afirma que la presión cultural desde la que las mujeres son llamadas a ser madres se impone mediante expresiones como “y tú, ¿para cuándo?”, “se te va a pasar el arroz”, “ya sentirás cómo se te despierta el reloj biológico”, etc. Pero, más allá de eso, los juicios de valor que interpelan contra el deseo de no maternidad se refugian en críticas. La no maternidad, denuncia Alzard, llega al punto de ser interpretada como una decisión aberrantemente egoísta y desviada por ser considerada antinatural y antifemenina.

Además de todo esto, las mujeres deben sufrir una cosa más: soportar que la sociedad las considere ciudadanas de segunda, ya que reciben mensajes culturales que les informan y recuerdan su estatus de inferioridad. Paloma Fernández y Mercedes Bogino en Paradojas de género: mujeres que declinan la maternidad y padres que reclaman la crianza explican que las mujeres que no son madres no tienen los mismos privilegios que las que deciden serlo. Que es la maternidad lo que convierte a unas mujeres en seres moralmente superiores y a otras en invisibles e inferiores. Teniendo que soportar todo esto, no es extraño que tantas mujeres decidan ser madres, igual que no resulta raro que existan madres que se arrepientan de serlo.

Yo estoy a punto de cumplir 33 años y ya he recibido muchos de esos mensajes. Me han dicho que se me va a pasar el arroz, que debería congelar mis óvulos, me han mencionado el reloj biológico, el instinto maternal, el futuro oscuro y triste que me espera sin hijos… Nosotras, las mujeres que no somos madres, que ocupamos los márgenes en la sociedad, tenemos que escuchar una y otra vez la pregunta de por qué no somos madres. Obligándonos a dar explicaciones, a excusarnos. Cuando, sinceramente, debería ser más importante preguntar a las madres por qué lo son, ya que son las personas que van a cuidar para siempre a otro ser humano. Y en esta discusión sobre la no maternidad, que me diga alguien dónde están los reproches a los hombres por su no paternidad. Porque sobre ellos no recae esa presión social que sufrimos las mujeres, porque si son padres está bien y si no lo son al mundo también le parece una opción igualmente válida. Y esta distinción está en que las mujeres son las personas que gestan, pero nunca debería olvidarse que parir es una opción y no una obligación.

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Porque, ¿cuántas veces hemos oído eso de que los seres humanos nacen, crecen, se reproducen y mueren? Sé la respuesta. Muchas. Demasiadas. Pues ya es hora de que dejemos de enseñar esta cantinela adoctrinadora a las niñas y les mostremos la realidad: los seres humanos nacen, crecen, se reproducen si quieren y/o pueden y mueren. Y ya está. Pero siempre debería ser libremente, porque sin esa libertad la maternidad puede volverse un infierno.

Aquí, la publicación original en El Salto Diario

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