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Por qué es tan fácil sabotear “nuestro” sistema eléctrico

por Jose Roberto Duque
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José Roberto Duque

Lo que sigue es una necesaria actualización de las reflexiones contenidas en un artículo escrito durante el primer gran apagón y sabotaje energético de marzo-abril de 2019: “La trampa de la energía”. Algunas cosas han cambiado desde entonces. Por ejemplo, la actitud de las potencias y corporaciones transnacionales de la energía hacia las fuentes energéticas. Ahora ya saben que una sociedad que se mueve a base de combustibles fósiles no es viable, que Europa se encamina hacia un apagón generalizado, que están previendo pero no movilizándose para evitarlo; saben que hay formas de sabotear el flujo de productos energéticos hacia los países no alineados a los dictámenes de las hegemonías, pero saben también que el futuro de las grandes ciudades capitalistas “exitosas” es algo parecido a nuestras grandes ciudades venezolanas al borde del colapso: Maracaibo y San Cristóbal (¿y Detroit?) son un buen ejemplo de lo que puede ocurrirles a Nueva York, París y Madrid, en breve.

Aquí, el artículo, con pequeñas variaciones, tal como fue escrito y publicado en 2019, en una tregua del apagón de más de 80 por ciento de las ciudades de Venezuela:

Somos vulnerables porque la configuración, los métodos, el «modo» en que estamos diseñados como sociedad fueron decididos y desarrollados por el enemigo.

Si el enemigo creó y diseñó la manera en que accedemos a la energía, el enemigo decide cuándo y cómo será ese acceso a la energía y cómo y cuándo ese acceso se interrumpe.

Energía: alimentos, electricidad, gasolina, gasoil, gas doméstico. Saque la cuenta de cuántas veces nos han cortado o entorpecido el acceso a esas fuentes de energía y ahí tienen, diáfano y monstruoso, el método, la perversa forma en que el enemigo ejerce la gestión de la energía en nuestra contra, cada vez que le da la gana.


Un pueblo que se declara en rebeldía tiene una misión primaria, que es destruir o al menos cuestionar lo existente, lo que nos acostumbraron a ver como algo normal.

Un pueblo que se declara en Revolución tiene otra misión primaria, que es sustituir la forma de funcionar de la sociedad existente, esa cosa «normal» donde la energía hay que comprarla.

Destruyes mientras vas construyendo. Revisen ustedes a ver qué hemos destruido y qué hemos construido.


Decir «el petróleo es nuestro» es una declaración ingenua. Sería nuestro el petróleo si nosotros hubiéramos creado alguno de los mecanismos y maquinarias necesarias para su extracción y procesamiento. Tener un océano de petróleo pero depender de los artefactos creados por el enemigo para extraerlo y procesarlo es como tener mamá pero tenerla muerta.

Lo que está tratando Estados Unidos de revertir es el atrevimiento de un loco que quiso darle una voltereta a la historia y decidió que ese petróleo no era de los gringos y los ricos sino de los negros, los indios, los pobres, los condenados y los maldecidos de la tierra. La jugada funcionó un rato, pero ahí vienen los gringos por lo que consideran suyo; nuestra misión es evitar que la hegemonía mundial, dueña de la energía del planeta, venga y desbarate el sueño de Chávez así tan fácil y de gratis.


Eso de la propiedad de la energía en manos de gobiernos y corporaciones, de los poderes hegemónicos, se ha convertido en norma y orden, en imperio de facto, por vía de la fuerza, por vía del chantaje legal y también mediante un persistente y muy hábil manejo de la ideología y la cultura, de la imposición de valores y necesidades no siempre reales. A ver si logramos ilustrar ese enunciado tan retorcido con algún ejemplo actual.

A ver: Guri, o Central Hidroeléctrica Simón Bolívar (que debería llevar su nombre original, Raúl Leoni). A cualquiera de nosotros se nos pregunta: «Si Estados Unidos sabotea e inutiliza el Sistema Eléctrico Nacional, cuyo corazón y foco central es la represa de Guri, ¿qué procede hacer?». La respuesta mayoritaria seguramente será: «Pues hay que reparar el Guri». Suena obvio, y en cierta forma lo es, pero no es definitivo ni concluyente; hay que reparar lo que dañaron en Guri para resolver lo que nos depara el futuro inmediato. Pero hay un futuro que no es tan inmediato, y ese es un territorio que deberíamos imaginar, diseñar y construir mediante una lógica distinta a la que hizo posible el sistema basado en la represa de Guri y su central hidroeléctrica. A menos, claro, que nuestros planes sean estar sujetos para siempre a Estados Unidos y pagar la estabilidad de un sistema eléctrico nacional a punta de petróleo y sumisión. Nos portamos bien con Estados Unidos y ya Estados Unidos no nos sabotea más el Guri. Que siga esa fuente de energía al servicio del capitalismo transnacional: suena fácil, y ya muchos compraron esa opción.

Al finalizar el gigantesco apagón de estos días la expresión y la sensación general fueron de júbilo: nos salvamos, superamos el sabotaje. A muy poca gente se le habrá ocurrido que esa cosa que hemos reparado es obra del enemigo, y que seguirá dependiendo del enemigo lo esencial de su funcionamiento: los repuestos, la tecnología, el conocimiento del mecanismo y del sistema son obra del capitalismo, por lo tanto debemos estar preparados para que lo sigan saboteando.

La felicidad de nuestra gente por la hazaña de haber restaurado el Sistema Eléctrico Nacional me recordó, inevitable e irremediablemente, a esa repulsiva, estúpida (iba a decir «infantil» pero la mayoría de los niños no se merece el insulto) e inexplicable actitud de nuestros propagandistas, que exhiben y difunden como un logro social el que miles o millones de personas se movilicen en carnavales y semana santa a rejoder las playas y demás entornos naturales con su ruido, su consumismo y su basura citadina. «Aquí no hay crisis, mira cómo perrea y se emborracha esa multitud».

La crisis es también esa condición mental (cultural e impuesta) que lleva a esos vergajos a despilfarrar lo que deberíamos invertir mejor como país (gasolina, fuerza de trabajo, tiempo productivo: ENERGÍA). Un sujeto que dilapidó 500 litros de gasolina y varios kilos de alimentos y bebidas en la misión suprema de movilizarse 600 kilómetros ida y vuelta, sólo para broncearse, saturar de mierda y ruido un pequeño pueblo de Venezuela; para evadirse de la actual situación de guerra, para echarse unas fotos y que lo vieran bailar: ese irresponsable no merece ser mostrado como ejemplo de lo que significa ser feliz. Entre otras cosas, porque ese mismo idiota que echó a la basura ese montón de recursos energéticos corporales, logísticos y de maquinaria, seguramente se sobresaltó el viernes por la noche y lanzó su sentencia: «Marico pero ¿qué pasó? O sea, ¿por qué el gobierno administra tan mal la energía? ¡Exijo que me devuelvan MI derecho a despilfarrar energía, ¡O SEA!».

Si la felicidad consiste en derrochar recursos limitados entonces usted nunca va a ser feliz, porque los recursos y la energía no le pertenecen. Usted accede a las formas de energía a las que nos habituó el capital porque tiene con qué pagarlas o hay «alguien» que las paga por usted. ¿Es gratis la gasolina? No: el Estado la paga por usted. Y usted decide si la administra con fines justicieros o la despilfarra (esta reflexión es del tiempo en que todavía la gasolina nos salpía gratis; ahora hay que pagarla).

Así ha funcionado y sigue funcionando la imposición de un modelo civilizatorio: convence a tus esclavos/consumidores de que más allá de este sistema no hay alternativas ni posibilidades. Hemos sostenido insólitas discusiones con camaradas marxistas, que escupen y se escandalizan cuando uno propone repensar la forma de producir alimentos, porque según su visión no es viable ni deseable activar los poderes colectivos del pueblo en la misión de realizar tareas de producción. No señor: eso le corresponde a la clase campesina; lo que hay es que ponerles a los campesinos un sueldo digno y mejorarles la calidad de vida y zámpele, compañero, en la lógica agroindustrial. Calidad de vida, empleo, agroindustria, campesinos: no nos atrevemos a conmover y tan siquiera a cuestionar los esquemas y los conceptos del capitalismo, pero reclamamos la etiqueta de vanguardia revolucionaria.

De nuestro Simón Rodríguez y del ejemplo de Vietnam deberíamos o debimos aprender hace rato lo esencial de la gran guerra civilizatoria en que estamos metidos: al enemigo se le derrota con armas, pensamiento y procedimientos propios. Con las armas que ellos mismos inventaron lograremos alguna victoria, pero sólo la creación genuina de métodos, hechuras y estructuras produce victorias perdurables.

HACIA LA GESTIÓN COMUNAL DE LA ENERGÍA

Cuando, en los años 30 del siglo pasado, la empresa CADAFE llegó al pueblo de Bailadores, en Mérida, para llevar la primicia de la electricidad (un asunto del que se sabía en pocos poblados de Venezuela) los habitantes soltaron la carcajada. Para ellos eso no era ninguna primicia; desde hacía varios años un hijo de ese pueblo, de nombre Luis Zambrano, alumbraba su casa y ponía a funcionar su taller metalúrgico con una turbina movida por el agua, y diseñada y fabricada por él mismo. Ese mismo compatriota, un campesino del que evidentemente no se ha hablado lo suficiente, o al que no le hemos parado en el país la más mínima bola, le regaló al pueblo de Canaguá un sistema de alumbrado público que funcionó durante 30 años, desde la década de los cuarenta hasta los 70, y todavía hoy está operativo y mantiene encendidos unos pocos bombillos.

Repito: estamos hablando de sucesos y gente de los años 30 del siglo XX. ¿Tiene alguien una sola explicación acerca de por qué, casi un siglo después, y con el país lleno de tecnólogos e ingenieros (además de materia prima contadas en miles de toneladas) no tenemos un país lleno de generadores eléctricos?

En Venezuela funcionan, existen o al menos están registrados miles de Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP). No hay que ser muy sagaz para darse cuenta de que es hora (o hace rato sonó la hora) de crear y organizar en el país los CLEE (Comités Locales de Energía Eléctrica) ¿Y para qué, si ya repararon el Guri y todo se va normalizando?

Pregunta a la que hay que responder con una sola bofetada. Porque a bofetadas nos está enseñando la historia lo fundamental de la expresión y la idea de Independencia. No eres independiente porque firmes un acta donde dice que eres independiente. Serás independiente cuando demuestres en los hechos que no dependes de nadie (y mucho menos de tu enemigo) para moverte y subsistir.

EL GIGANTE BOBO DEL QUE DEPENDEMOS

La Independencia definitiva de Venezuela pasa, inevitablemente, por eliminar nuestra dependencia energética, y eso solo será posible si encontramos soluciones locales que sustituyan el frágil monstruo basado en la represa del Guri-Central Hidroeléctrica “Simón Bolívar” (perdónanos, Libertador). El día que ejecutemos en cadena nacional la demolición de la represa del Guri y el país siga funcionando, ese día podremos decir con un poco más de propiedad que somos un país independiente.

«Nos» atacan el sistema Guri, lo inutilizan o dañan severamente, y tres cuartas partes del país se queda sin energía. Alimentos, agua, comunicaciones, combustible, ciudades, se convierten de pronto en quimeras inviables, difíciles de alcanzar o de poner a funcionar.
He utilizado unas comillas en el párrafo anterior. No, el Guri no es nuestro, no es venezolano, no le pertenece a nuestro pueblo ni a nuestra clase. Fue construido así, elefántico, bobo, monstruosamente dependiente, para poder domarlo. ¿Quién puede domar al Guri? Pues los mismos que lo diseñaron y lo fabricaron. Es un complejo tecnológico construido por una clase (la clase hegemónica) y una visión del mundo (el capitalismo industrial), así que nunca jamás le pertenecerá enteramente al pueblo humilde, mucho menos al país y muchísimo menos a un proyecto socialista.
Si centralizar la más grande fuente de energía de alcance nacional se convirtió en un problema, o nació como problema, la lógica más simple indica que descentralizar y democratizar la energía sería la solución, o una de las soluciones.

Pudiera tener sentido que el Guri alimentara el oriente del país, incluido el monstruo devorador o reconvertidor de energía que son SIDOR y las industrias básicas, pero ¿de verdad precisan los estados andinos de la estabilidad de un embalse ubicado a más de mil kilómetros lineales para surtirse de energía eléctrica?

Trujillo queda al lado de Mérida y Barinas, y sólo 30 por ciento de su suministro eléctrico depende del embalse de Santo Domingo, ubicado más o menos en la frontera de esos estados vecinos. El otro 70 por ciento proviene de Guri.

Una ciudad como Boconó depende enteramente de Guri. Boconó es ese pueblo a cuyos pies se desboca en violento cauce uno de los ríos más torrentosos del occidente del país, el río Burate. ¿Por qué es imposible o tan siquiera difícil construir un generador eléctrico en ese lugar?
Caracas es probablemente uno de los casos más dramáticos de despilfarro de la energía, a causa de un disparate originado en el suministro de agua.

Poco más de 70 por ciento del agua que consume Caracas, a una altura promedio de 900 metros sobre el nivel del mar, proviene de una fuente situada a 300 metros sobre el nivel del mar; el embalse de Camatagua, en Aragua, está ubicado además a 100 kilómetros de distancia. Llevar agua a Caracas implica movilizar a fuerza de bombeo eléctrico muchos miles de litros de agua, todos los días. ¿Es viable Caracas como construcción sociohistórica? Tema para discutirse después (después de varios apagones y sequías más).

¿Regionalizar la gestión de la energía? ¿Qué tal una gran fuente de energía por estado? ¿Y por qué no más bien profundizar y masificar la gestión de la energía hasta los niveles municipales, comunales, vecinales e incluso casa por casa?

HACIA LA GESTIÓN COMUNAL DE LA ENERGÍA

Una rebelión consiste en apartarse del sistema. Una Revolución consiste en conmover y destruir el sistema. Amoldarse al sistema o perfeccionarlo es puro reformismo.


El enemigo se acaba de dar un gustazo atacando la casi única fuente de energía eléctrica eléctrica de Venezuela, el casi único generador de corriente, y aquí nos tiene todavía padeciendo, tratando de recuperarnos del golpe. Yo quisiera ver al enemigo tratando de inutilizar cada uno de los millones de generadores construidos, mantenidos y gestionados por comunidades, cuadras, edificios, familias. Esos generadores no serían computarizados, ni dependerían de servidores creados y controlados por hegemonías. Que vengan los gringos o la OTAN o la naturaleza o la fuerza o potencia que sea, a inutilizar 5 mil generadores activos en Caracas, uno en cada cuadra, o dos millones de generadores en toda Venezuela. ¿Y qué hace falta para fabricar un generador o para ponerlo a funcionar?

Para fabricarlo hacen falta partes y piezas que ya están fabricadas: acumuladores, dinamos, alternadores, bobinas o capacitadores.
Para hacerlo funcionar sólo hace falta algo que es gratis y que sobra en el planeta: movimiento y fuentes de movimiento.
El Ministerio de Educación Universitaria, Ciencia y Tecnología dispone de un detallado listado de los tecnólogos populares vivientes en Venezuela, con sus teléfonos y direcciones. Es hora de de darle a ese listado algo más que el uso institucional, consistente en convocar a esas personas a alguna reunión anual para que hable de sus invenciones o ideas.


En Barquisimeto (calle 37, cerca de la avenida Venezuela) me tocó hace unos meses acudir a un tornero con un problemón mecánico que amenazaba con dejarme inoperativo el carro por falta de recursos; al bicho se le dañó la bomba de aceite, y eso es grave. Muy grave y muy caro. En otra Venezuela, la de la abundancia, los mecánicos le recomendaban a uno ir a comprar otra bomba de aceite y cualquier persona no tiene con qué pagar ese repuesto. Le expliqué al tornero la situación y le pregunté, casi sin esperanzas, si era verdad que esa pieza es imposible rehacerla, si debía ir a atracar un banco para comprar otra. Me respondió: «Mire compañero, si esa pieza la fabricó un extraterrestre entonces yo tal vez no la pueda hacer. Pero si la hizo otro hombre como yo, entonces yo se la hago. Pase por aquí mañana a las 2 de la tarde».
La pieza me salió en la décima parte de lo que me hubiera costado comprarla nueva, y ya va por 60 mil kilómetros de movilizarme por todas partes.
Pero más allá del resultado práctico y el ahorro de los centavos, lo que me levantó la moral, más que cualquier consigna, canción o discurso de Chávez o el Che, fue la actitud de ese hijo de este pueblo: si es humano SE PUEDE, no joda.


La energía no se crea de la nada ni regresa a la nada. Dice una de sus leyes que la energía no se destruye, se transforma. Hace falta una cantidad de energía potencial para convertirla en energía eléctrica. Como el sistema y el paradigma que nos han incrustado masivamente es la central hidroeléctrica con sede en el Guri entonces pudiéramos tender a creer que sólo la energía del agua en movimiento puede producir electricidad, pero ya se sabe de todas las experiencias generadoras: solar, eólica, nuclear, por combustible, diesel (como funcionan las termoeléctricas). Caracas no tiene grandes cursos ni caídas de agua lo suficientemente cerca; no significa que no pueda o no deba buscar alternativas.
Hay una opción que es difícil de comprender por qué no ha sido masificada: cualquiera afina la vista y puede ver a multitudes de ciudadanos que no encuentran en qué invertir su energía corporal y deciden invertirla en la importantísima misión de quemar grasa y tener una figura esbelta o atlética. Pedalean, trotan, levantan pesas, mueven aparatos que desafían y moldean sus músculos; hacen ejercicios. Saque la cuenta de la cantidad de kilocalorías que «quema» esa gente, e imagínese toda esa energía reconvertida en energía eléctrica. No es imposible y tan siquiera difícil: ya hay noticias de gimnasios en los que el esforzado deportista mueve desde las bicicletas un juego de poleas y cadenas que van a parar a molinos de cereales: energía corporal convertida en alimentos. ¿Qué paso complejísimo o esotérico hay que materializar desde ese acto simple a conectar esas cadenas y poleas a un generador o dinamo, de ahí a un acumulador y de ahí a los aparatos que queremos poner a funcionar? ¿No existen ya los pequeños dinamos que encienden el bombillo para que un ciclista solitario se alumbre el camino?
La fuerza corporal de centenares o miles de personas realizaría aquí la tarea de los ríos andinos que le sirvieron a Luis Zambrano para hacer su pequeña pero monumental revolución. Mediante esta lógica, un ser humano pudiera convertirse en la fuente generadora de electricidad de una casa, o de dos. Multipliquen a esa persona por la cantidad que quieran. Yo, que soy un flojo y ya la edad anda mostrándome de lejos unas facturas, pudiera echar el pedal suficiente para poner a cargar un teléfono y encender un par de bombillos. Pensemos en un millón de ciudadanos; cuando el enemigo quiera venir a perpetrar otro apagón nacional tendrá que neutralizar o asesinar a un millón de personas. ¿Eso será más fácil o más difícil que inutilizar a un gigante bobo como el sistema del Guri?


Comités Locales de Energía Eléctrica: ¿para cuándo esa primera reunión vecinal o familiar?
No es tarde para formular estas inquietudes, ni para materializar experiencias concretas. Esto no debería ser una obra de una gestión de gobierno, sino un acto masivo del pueblo.

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