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La energía que nos rodea y la abundancia

por Jose Roberto Duque
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Julio Montenegro*

Todos los procesos de la vida consumen energía. La vida, tal como la conocemos, existe porque estamos inmersos en permanentes intercambios energéticos que llevan nutrientes desde un organismo a otro, en una interdependencia extremadamente compleja y delicada que se ha construido lentamente a lo largo de miles de millones de años, y que además funciona en forma cíclica.

Los nutrientes son componentes minerales simples agregados en compuestos complejos que llamamos orgánicos, y de ahí se origina la vida. El ciclo comienza en los sumideros que están sobre la corteza de la Tierra y disueltos en la atmósfera, desde donde todo organismo que tenga clorofila, en presencia de luz solar como la fuente primaria de toda la energía que tenemos, los toma y combina para formar los carbohidratos. Voilá, se hizo la vida. Y después viene la muerte, que es parte de la vida, porque es cuando se consuma lo cíclico que mencioné al principio. La descomposición de los organismos muertos devuelve los componentes minerales a los sumideros desde donde los tomó, para que queden disponibles como insumos para la próxima generación. Todos esos procesos los estudiamos en Biología de la escuela, pero seguro en clases estábamos pendientes de otras cosas más divertidas en lugar de entender las razones por las que hoy estamos al borde de un colapso civilizatorio.

El transcurrir de la vida nos resulta tan natural porque nos hemos desentendido de cuáles son los requisitos naturales para la supervivencia. Encontrar nutrientes y administrar la energía, culturalmente los hemos reemplazado en nuestro esquema de pensamiento por conseguir un empleo y disponer de un sueldo para comprar la comida. Ahí nos quedamos pegados, esa es la nueva naturaleza humana. La mediación de la energía indispensable para movernos y para la transformación de los nutrientes quedó fuera del foco analítico de nuestra especie. La disponibilidad de energía se da por sentada porque hay abundancia del recurso, la preocupación energética como ser humano se redujo a conseguir un empleo con el que se pueda pagar el servicio de luz y la gasolina del carro. La disponibilidad de nutrientes también se da por sentada porque también es abundante, la preocupación nutricional sigue siendo mantener un empleo que permita comprar la comida en el automercado. Sin embargo, muy pocas personas se ocupan de analizar de dónde provienen esas abundancias; o qué relación hay entre la energía y la disponibilidad de nutrientes; o cuál es mi radio de acción en función de la energía de la que puedo disponer (hasta dónde puedo ir en mi carro a comprar la comida). Para la mayoría de nosotros, sería como preguntarle a una mascota si está preocupada por saber de dónde viene la comida que le damos a diario. Del sueldo del dueño, claro.

Pero resulta que no es del sueldo, como creemos, la abundancia viene de los combustibles fósiles en una proporción que hoy supera el 85% de todo lo que damos por sentado.

Y, ¿qué tienen que ver los combustibles fósiles con la comida? Más del 50% de los alimentos que hoy consumimos se los debemos enteramente a los combustibles fósiles. O al revés, si no fuera por los combustibles fósiles, la producción de alimentos apenas llegaría a la mitad de la que hoy logramos ¿se imaginan la crisis alimentaria sin petróleo? No sólo es producirla, adicionalmente hay que gastar más energía en almacenarla, refrigerarla, empaquetarla, transportarla, comercializarla, para finalmente comérsela. Todas esas etapas requieren de energía fósil, desde el combustible de los transportes hasta la electricidad para que funcionen los aparatos de conservación, que también se genera en buena parte con combustibles fósiles (más del 80%). Los vehículos de transporte, las máquinas empaquetadoras, las neveras, todos se fabricaron y se fabrican en industrias que dependen de la energía fósil. El transporte de los empleados que van y vienen desde sus casas se hace con combustibles fósiles. La extracción de los minerales y producción de materiales: metales, plásticos, vidrios, etc., para fabricar los peroles de la lista anterior, también se hace con enormes maquinarias que dependen de los combustibles fósiles.

Las casas donde vivimos y los aparatos eléctricos que tenemos se fabrican con maquinaria que funciona con combustibles fósiles. Las cabillas se fabrican en hornos eléctricos, el cemento se produce con maquinarias eléctricas que consumen mucha energía y contaminan muchísimo, los bloques se cocinan en hornos de gas (fósiles), los albañiles van y vienen de sus casas en autobuses, que pueden ser de combustibles fósiles o eléctricos. La energía eléctrica para todo eso se genera a partir de combustibles fósiles. Aunque podemos alegar que la generación puede ser hidroeléctrica. Sí, está bien, pero para construir la represa, su equipamiento y mantenerla funcionando en una escala significativa desde el punto de vista energético no conocemos otra forma de hacerlo que no sea con esas enormes máquinas que consumen combustibles fósiles. Es decir, su factibilidad y existencia están condicionadas al subsidio energético de los combustibles fósiles. Se puede intentar construir la represa del Yangtze con mulas, palas y cuerdas, como hicieron los chinos con la Gran Muralla o los egipcios con las pirámides, y hasta fabricar las turbinas con martillo y cincel, y forjar las cabillas en brasas (fósiles, también, o al menos biomasa), trasladar a los miles de trabajadores en carretas o barcos de vela. Todas esas cosas son factibles y muy lindas, hasta románticas, pero no sé si aguanten la premura financiera y el ritmo del crecimiento en la demanda energética de estos tiempos.

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Cuando escuchamos sobre los vehículos eléctricos o híbridos como la solución a futuro, algo que ni el mismo Elon Musk cree factible, se trata de un motor de gasolina para alimentar un generador de electricidad, con el que se cargan unas baterías que luego accionan un motor eléctrico. Los vehículos híbridos funcionan así, logran recorrer con un litro de gasolina 18 kilómetros en lugar de los 12 que se pueden recorrer con uno convencional. Aprovechan una combustión muy eficiente del combustible para mover un generador eléctrico que carga unas baterías, desde donde se alimenta un motor eléctrico para la tracción. Puede ser un sistema muy eficiente, sobre todo en el tráfico, porque no hay consumo mientras el vehículo está detenido. Inclusive, se recupera parte de la energía desde el movimiento cuando el vehículo se frena, porque el motor eléctrico en reversa también puede cargar las baterías. Este sistema combinado aprovecha la energía con más eficiencia y por eso se logran más kilómetros por cada litro de gasolina. Pero igual se consume energía y de algún lado tiene que salir. Uno completamente eléctrico es igual, sólo que el generador de electricidad no está en el carro, sino en una instalación aparte, desde donde además se tiene que distribuir para que se carguen los vehículos.

Los acondicionadores de aire que nos hacen sentir rico consumen el 70% de la energía eléctrica en un edificio (en la franja templada, también está la exigencia de la calefacción en invierno). Los carros que cargan adornos pesados, estructuras y aparatos que nunca utilizan, sólo por presumir, aumentan el consumo de combustibles hasta en un 30%. El servicio de agua en ciudades como Caracas es más electricidad que agua, significa bombear con energía eléctrica para levantarla desde los reservorios a 200 metros de altitud hasta los consumidores a más de 1000 metros en la ciudad. Los jardines de parques, plazas y los materos de las casas se riegan con esa agua y también se recortan con podadoras de gasolina. A grosso modo, para disponer de un litro de agua en un lavaplatos de la ciudad tienen que bajar por las turbinas de Guri unos 5 litros de agua del embalse, y, a pesar de eso, hay gente que dice relajarse lavando aceras y fachadas con un chorro de manguera (los conserjes son especialistas en esto). En otras ciudades se obtiene el agua potable bombeando con electricidad desde pozos que algún día se agotarán, se extrae del subsuelo porque ya no hay suficiente en la superficie. Si no tenemos agua, creemos que resolveremos la incomodidad pagando una cisterna, que funciona con combustibles, o pagando un pozo, que funciona con electricidad y se perfora con maquinaria que utiliza combustibles. Además de quedarnos sin combustibles fósiles, también nos quedaremos sin agua.

El minado de criptomonedas, ese negocio futurista tan chévere en que todos quieren meterse, puede llegar a consumir más energía que países enteros, se está volviendo un problema serio por el nivel de consumo frente a las utilidades que entrega. Pero no es que los mineros estén preocupados por salvar al planeta, o por estar dilapidando energía en producir sólo monedas que valen según la confianza que se tenga en ellas. La preocupación es porque la utilidad del ejercicio está cerca de no ser rentable (desde hace rato no es eficiente energéticamente).

Los requerimientos de energía abundante no son sólo para construir nuestras casas, pasear en carro, o para que haya comida en los automercados. La tendencia actual es convertir préstamos energéticos en préstamos monetarios. El sistema económico que tenemos monetiza la energía, la extrae del aire como al dinero fiduciario y la utiliza para financiar cualquier cosa, desde emprendimientos productivos y construcción de represas, hasta ayudas económicas en casos de crisis. Por supuesto, esto se hace al costo de crear una deuda que no sabemos cómo pagaremos. Cuando le meten auxilios financieros a países que están en quiebra, porque no logran un equilibrio energético eficiente, le están prestando energía ficticia para que se reactive. Cuando entregan ayudas económicas a la población que está en cuarentena por el Covid, se está inventando energía de la nada para darnos de comer. Cuando vemos helicópteros y aviones apagando incendios gigantescos por las olas de calor, o a máquinas de nieve y barcos rompehielos abriéndose paso por lugares congelados, no pensamos siquiera en las enormes cantidades de energía que esos equipos consumen, maquinarias que nunca podrían funcionar sin combustibles fósiles. Un ejemplo que a veces utilizo para sensibilizar sobre el valor de la energía es comparar la diferencia entre subir por las escaleras un botellón de agua hasta un piso 10, o llenarlo arriba desde un grifo que funciona con el hidroneumático del edificio, que es eléctrico.

La sostenibilidad de todas esas cosas que nos parecen divertidas, actuales, progresistas, lindas, seguras, modernas, confortables, del primer mundo, “indispensables” pues para el disfrute en la sociedad, depende del aprovechamiento que hacemos de la energía concentrada, contenida en los combustibles fósiles. Y me permito informar, que nos quedan menos de 20 años para que comiencen a escasear en serio. En menos de una generación nos estaremos cayendo a dientes a ver quién consigue primero la comida y el agua para sobrevivir.

¿Qué hará falta para sensibilizarnos adecuadamente respecto a la crisis que se nos viene encima por la escasez energética? ¿Habremos aprendido algo sobre ahorro de energía, por ejemplo, del apagón eléctrico en Venezuela del 7 de marzo del 2019? En esos días se perdió menos del 30% de la energía que consumimos regularmente en el país y fue un caos ¿Se imaginan que tengamos que vivir permanentemente con una reducción del 90% o más? ¿Habrá disposición para reducir voluntariamente nuestro confort a ver si alargamos la fecha del colapso? ¿O simplemente llegará y nos agarrará con los pantalones abajo?

Como dije al principio, la disponibilidad de energía es algo que damos por sentado a pesar de ser un elemento transversal e indispensable para todos los procesos y todas nuestras interacciones, de todos los movimientos a nuestro alrededor, de cualquier transformación y de la vida misma. Y el 85,6% de ella proviene de los hidrocarburos fósiles que se están agotando. Encima, el ritmo al que estamos quemando estos combustibles se prevé que calentarán la Tierra en un par de grados centígrados, al menos. No sabemos exactamente qué ocurrirá con el clima. Quizás no pase nada. O quizás no se puedan cultivar alimentos en las grandes extensiones de hoy porque habrán sequías o inundaciones o plagas catastróficas que las arrasarán; o se morirán de sed los animales en las granjas. Pero seguiremos creyendo que con un empleo y un buen sueldo podremos comprar los alimentos en automercados.

La Tierra como otro planeta más del Sistema Solar seguirá con sus propios ciclos y equilibrios termodinámicos, rotando y girando alrededor del Sol sin importar el maltrato que le hagamos. La vida que tenemos es apenas una concesión de infinitas circunstancias térmicas y químicas que coincidieron en este planeta, para favorecer la aparición de ese pegoste verde y los microbios patógenos que le salieron en la corteza. Si rompemos el equilibrio de la vida, pues se acabará el pegoste y ella seguirá dando vueltas paseando por el universo junto al Sol, como si nada. Ya veremos si queremos seguir aquí. Los humanos somos la única especie que hasta ahora sabe lo que hizo y sabe qué hacer para que perdure el pegoste, así que mejor nos ponemos las pilas y corregimos el rumbo. El de la humanidad, no el de la Tierra.

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*Autor del blog Reflexiones sobre cualquier cosa, donde fue publicado originalmente este artículo.

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