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Arnaldo “Nano” Guédez navega en epigramas

por Teresa Ovalles
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Arnaldo “Nano” Guédez, es un profesor tocuyano, ateo, con más de 30 años de experiencia en la docencia y autor de varios libros de pedagogía en los que revela su inquietud por la enseñanza, y es dueño de un lugar desde el que mantiene un “parto contra la oscuridad”.

Y más que profesor, Guédez es un filósofo de la vida que mantiene ese encantador centro cultural llamado El nido del turpial, en Barquisimeto. Lugar desde donde rescata la espiritualidad de los humanos y desde allí elabora a diario epigramas que envía a todos sus amigos y amigas creadoras, vía chat.

El Nido del Turpial es un espacio lleno de plantas en el que da cobijo y alimento a las aves, y por supuesto a sus libros que se alimentan de ojos y mentes, y no son más que sabios encerrados entre letras.

Lunerito y Valores, una nueva educación, son los textos desde donde define el papel de los maestros como el verdadera futuro, y no los niños y los jóvenes. Rescata la pregunta que siempre hacía Vladimir Lenín cuando iba a una entrevista y requería conocer qué piensa la juventud para finalmente saber hacia dónde se mueve una nación.

Guédez orbita alrededor de la importancia que tiene y debe tener la cultura. Le preocupa que “lo ordinario se adueñe de la vida porque el ser humano es ante todo extraordinario y estético”.

Reivindica la soledad y la sensibilidad porque ayudan al reencuentro consigo mismo.

-A una gente que se la pasa todo el día escribiendo o leyendo poesía la catalogan de vaga, de loca. Pero esa gente que se la pasa todo el día trabajando, pintando o haciendo una escultura que dure todo ese poco de tiempo, son las que nos alimentan el alma y el espíritu, en una situación como ésta en la que la prioridad tiene que ser la salud y la alimentación de la gente. Pero el ser humano va a tener que volver ahí, a la espiritualidad y a la comunión con la naturaleza, con su ambiente y con su arte porque al final de todo, como decía Oscar Wilde, quedará el arte que es inmortal. Es lo que quedará.

Resalta:

-Cuando la gente habla de comerse una hallaca,  cuando va a cantar un aguinaldo, cuando se va a disfrazar en Carnaval son cosas que ha hecho la cultura, el pueblo. Digamos pues que esas son cosas extraordinarias que se  quedan en la memoria.  Es un acumulado de cultura y de hechos que deben gozar de un gran respeto, de una gran valoración. Todas esas manifestaciones las hizo el pueblo y el pueblo no cobró nada por eso. Pero sí vale la pena que en una situación como esta de pandemia que estamos viviendo, salvemos la cultura porque si no la salvamos, las redes y lo ordinario se van a adueñar de la vida y el ser humano no es ordinario, es un ser extraordinario y grandemente estético.  El ser humano tiene un gran sentido de la estética, juega un papel fundamental en lo que es la civilización.

Su casa, espacio para la cultura.

Su casa, su nido:

-Yo abrí la casa para que la gente consulte, escriba, lea…ese tipo de cosas y a la vez  es una sala de exposición de arte. Estas pinturas son de una exposición que hicimos de Macario Colombo.  Como él tiene 60 años que no sale de la casa le hicimos la exposición… y le llevamos las tablas del cielo raso para que pintara y por eso ves el cielo raso de mi casa  incompleto.

-Aquí tengo un cuarto para alojar a estudiantes que quieran estarse unos días con la lectura.

-¿Por qué esta casa se llama El Nido del Turpial?

-Esto se llama el Nido del Turpial porque yo soy tocuyano  y los tocuyanos casi no usamos el nombre, el nombre lo tenemos de adorno, porque lo que uno tiene es un sobrenombre. A mi papá que era un cortador de caña, un analfabeto, y mi mama también, le decían el turpial porque se la pasaba silbando. Y a nosotros nos decían que éramos los hijos del turpial, los turpialitos… Y me apropié de ese nombre para ponérselo a la casa, a este espacio para la cultura. Yo soy Arnaldo pero la gente me dice Nano, yo soy es Nano.

-Los nombres uno los tiene para que le sirvan para lo académico. Yo siempre escribía en poesía y nadie sabía quien era Nano.

Mientras el profesor conversa, se oye de fondo la canción de Silvio Rodríguez, Óleo de una mujer con sombrero; la sala, donde hay espacio para libros y pinturas de artistas plásticos venezolanos, entre quienes se encuentra Macario Colombo, es el breve preámbulo de un patio-cocina lleno de luz, de árboles y de aves que vienen a picotear el arroz que él les dispensa.

-La sensibilidad y la soledad ayudan a que uno se encuentre con uno mismo y poder pensar en que cada cual debe servir para algo en la vida, sostiene.

Su libro Lunerito que hizo junto con Jesús Páez y Yeo Cruz fue parte del proyecto Orígenes que ganó el premio Internacional de la Unesco como el único que hizo 45 mil libros de un solo tiraje obsequiado a los niños y “nosotros le dimos todos los derechos de autor al pueblo en un tiempo que no existía Chávez. Cuando aquí los libros de texto para niños había que compararlos a Santillana, a México, a Argentina, entonces yo creé un programa para hacer libros de lecto-escritura para los pequeños”.

-Es que no nos miramos a nosotros mismos, no miramos lo pequeño, que como decía el Ché, en lo pequeño está lo extraordinario.

“Me gusta escribir poesía sobre material de reciclaje porque la distancia que hay del corazón al cerebro y luego a la página es mucha y se pierden conexiones vitales”.

De la naturaleza:

Tenemos un mal concepto de la naturaleza porque nosotros creemos que es una cosa y la naturaleza no es una cosa. Ahí nos equivocamos, no somos la cúspide del reino animal,  nosotros somos lo más terrible que le ha pasado a la naturaleza, hemos acabado con sus especies, con su agua… Ahora tenemos miedo de lo que hemos hecho y la humanidad se siente culpable, una culpa religiosa, cuando más bien deberíamos sentirnos responsables, pero como ser responsable implica mucho compromiso entonces nadie quiere asumir y delegamos cosas que no debemos delegar.

-Hice un libro ilustrado que se llama Valores producto de un gran conflicto que tuve en mi infancia porque conocí muy tarde una biblioteca ya que en mi casa no había. Se trata del cuento de un niño al que le presentan grandes personas de la historia y quien se los presenta es Jacobo Borges.

Cuenta que Braulio es el niño al que Jacobo Borges le presenta personajes como Jesucristo, (y eso que soy ateo, -aclara); después le presenta a Antoine de Saint-Exupéry, el del Principito; a John Lennon quien le canta la canción Imagine, le presenta al maestro Simón Rodríguez, le presenta a Paulo Freire, a Beethoven, a Francisco Tamayo, a Mario Benedetti, a Neruda, a Chaplin, a Alí Primera, a Alirio Díaz , a Soto, al indio Seattle, a Eduardo Galeano, al Libertador, a Jorge Luis Borges, a Cabrujas, a Máximo Gorki, y termina con García Márquez…

-Con este libro yo quería que los niños llegaran a la literatura rápido y que no tuvieran que  esperar llegar al cuarto año para conocer al Quijote. Un niño que lea El principito, jamás sacará un revolver para atentar contra otro ser humano.

Así es el mundo desde El nido del turpial.

Bienvenidos a El nido del turpial, en Barquisimeto

Texto y fotos Teresa Ovalles M.

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