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El laberinto energético

por Jose Roberto Duque
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Cecilio Canelón

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Lo que sigue es un catálogo de verdades sabidas y trilladas. Tan trilladas y tan sabidas, que mucha gente las lee o escucha (y las ve a cada momento) y ya no le da frío ni calor, en el mejor de los casos. Y en el peor de los casos, todavía duda de ellas, o intenta rebatirlas. Triste y grave. El catálogo culmina con un vistazo a lo que está ocurriendo y a lo que viene, y ese par de elementos sí es un poco o mucho menos difundido. Entonces tal vez valga la pena recorrer brevemente lo sabido y lo trillado.

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El capitalismo consiste, o se basa, o tiene su sustrato, en la apropiación de formas y fuentes energéticas por parte de las hegemonías y factores predominantes. Esas formas y fuentes energéticas se encuentran en la naturaleza, y la más apetecida es la energía somática, “eso” que reside en nuestro cuerpo. Pero la fuente de energía de la que queremos hablar hoy es la que mueve maquinarias. El combustible sin el que la Revolución Industrial quedaría libre de toda culpa, como el capitalismo, de la destrucción de la atmósfera y de todo el hábitat a disposición de la especie humana y de otras especies.

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Las ciudades industriales, y en general la sociedad que gravita en torno al paradigma cuya expansión hizo metástasis desde hace menos de un siglo hasta la fecha, se hicieron adictas a los ritmos, velocidades, productos y necesidades, artificiales o no, creados por los combustibles fósiles. El discurso aceptado y aplaudido en todas partes (por algo se impuso como paradigma) dice y obliga a creer que todo lo que los hidrocarburos mueven y producen es necesario. Que la sociedad humana retrocedería, se degradaría, si se abstuviera de emplear ese recurso o si se amoldara a nuevos ritmos y esquemas. Más concretamente: se ha impuesto como verdad que el progreso y el desarrollo consisten en seguir sosteniendo y haciendo más complejo el mecanismo de funcionamiento de las ciudades capitalistas actuales, y ha recrudecido el ataque propagandístico contra quienes promueven la necesidad de desurbanizar, de desmontar la locura criminal llamada ciudad industrial. A quienes lanzan gritos desesperados para que se desmonte el dispositivos global basado en los hidrocarburos y sus productos se les segrega, se les persigue. En el menos grave de los casos, se les somete a burlas: ¿tú lo que propones es volver a vivir en cavernas? Lo rural se sigue mirando con asco, aunque lo urbano se esté cayendo a pedazos ante nuestros ojos.

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Arriba mencionamos la adicción a la velocidad, a los ritmos y productos del paradigma basado en hidrocarburos. Durante el último lustro de la humanidad quedó en evidencia que la extracción de petróleo y la producción de sus derivados es cada vez más laboriosa, más costosa y sangrienta, y por lo tanto cada vez menos viable. El gasóil, que es el verdadero fluido vital de todo el parque industrial capitalista (no la gasolina) escasea en todas partes (y no solo en Venezuela, cuyo “caso” exponen algunos como la demostración de que el socialismo no ha fracasado, como si acá ya hubiéramos logrado construir el socialismo), y general los materiales que le dan viabilidad a la telaraña mundial llamada Internet, y todas sus variantes, ya no están a flor de tierra ni listos para ser extraídos. Los sujetos, Estados, organismos y corporaciones que mueven el capitalismo y basan en ese sistema su existencia y su poder, lo han comprendido, pero creen que su deber es reconvertir el capitalismo para que se adapte a un mundo sin hdrocarburos… pero sin renunciar a la velocidad, los ritmos, productos y necesidades del capitalismo.

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La consecuencia del último enunciado es que se está promoviendo una serie de seudoposibilidades, baratijas noticiosas, reacomodos patéticos y ejercicios de endulzado de la esperanza, de manera tal que los ciudadanos del mudo crean que se puede seguir viviendo como hasta ahora. De allí la emoción con que se difunde la fabricación de autos eléctricos, otros a base hidrógeno, otros con energía solar, todos capaces de alcanzar más de 100 kilómetros por hora (nadie quiere ya desplazarse a 60 kilómetros por hora); se difunden noticias acerca de unas bacterias capaces de descomponer el plástico (como si lo importante fuera descomponer el plástico y no dejar de producir plástico); se promocionan ruidosamente las bondades de la energía nuclear, los paneles solares y los parques eólicos, como si fuera un secreto que ninguna de esas opciones será viable sin los hidrocarburos que se supone que vendrán a sustituir.

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En Venezuela, este país al que se le acostumbró a llevar el rótulo “país petrolero”, estamos en la obligación de adaptarnos a la progresiva destrucción de se paradigma, al que ya le sacamos el provecho que se pudo, y del que todavía debemos soportar algunos efectos de su tragedia. La búsqueda y masificación de otras formas y fuentes energéticas ya era una tarea urgente hace décadas, pero hemos llegado al punto en que ya no podremos dar ese salto cualitativo solo por conciencia, sino por necesidad. Liberarnos de la dependencia casi total del mamotreto que surte de electricidad a casi todo el país (complejo hidrológico del Guri) y experimentar con otras posibilidades energéticas, al margen y en contra de los hidrocarburos, son desafíos suficientes para mantenernos activos en Revolución; lo demás (soberanía alimentaria, modelos educativo y de salud, consolidación de una democracia no apegada a los dictámenes de las hegemonias) derivará o será consecuencia de estas conquistas fundamentales.

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