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El Arca de José: construcción y filosofía alternativas

por Jose Roberto Duque
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José Roberto Duque

Las fotografías que acompañan este trabajo fueron hechas por el autor en el año 2009

Conocí a este tipo en el año 2009, a sus 95 de edad, en un vericueto ubicado en el rumbo del páramo de La Culata, en Mérida. Aparte de su vitalidad y su razonamiento lógico, que era casi clarividencia, me impactó la forma desmamagüevada y a mansalva en que ponía en ejecución su filosofía: “Si usted tiene flojera mental o flojera del cuerpo, mejor pague para que le hagan o le vendan su casa. Pero si tiene ganas de hacer una póngase a hacerla, todo el mundo debería hacer la casa donde vive. Una casa son cuatro palos y unas tablas”.

Su casa era una vaina parecida a él, El Arca de José. Aunque parecía que ya estaba terminada, en realidad se encontraba en permanente construcción. De esto me enteré tras una pregunta primordial: ¿y usted cuándo va a terminar de construir esta casa? La respuesta: “Nunca voy a terminar esta casa, porque el proyecto no es terminarla sino tener algo que arreglar, construir o cambiar todos los días. Si un viejo como yo se echa a descansar, hasta ahí llega. Esta casa es un laboratorio permanente de construcción, un laboratorio de materiales”.

Se trata de una vaina amorfa y gigantesca. Si uno la evalúa con los parámetros de armonía y belleza que nos impusieron desde niños, tendremos que decir que es fea. Nada allí recordaba al ideal de casa de campo o de residencia por el que los privilegiados pagan millones. Pero hay ciertos datos mágicos que hacen de esa casa un asunto superior: uno, que está hecha por un hombre que la está haciendo con amor y entrega, no por esclavos que trabajan por comida o plata; dos, que gracias a la alquimia de la construcción alternativa usted nunca morirá allí de frío a pesar de estar en medio de un valle donde el viento helado sopla en serio; y tres, que al llegar al lugar José le advierte sobre algunas reglas del lugar. “La condición para estar aquí es que usted se apodere de esto. Esto es de mis amigos y mis amigos hacen aquí lo que quieran. Si un día usted viene y no me encuentra, le cae a patadas a esa puerta y entra. Cuando viene gente me gusta que la visita sea una siembra de recuerdos. Si hay algo que me moleste yo no se lo voy a mandar a decir: yo se lo digo”.

El Arca de José fue hasta hace el año 2006 una posada, hasta que José decidió o descubrió que ya no estaba en condiciones de sostenerla como tal. “Una posada requiere de mucha energía y atención. A mí me gusta hacer las cosas bien, que la gente se sienta atendida y satisfecha. Ya no es un trabajo para mí, así que antes de desmejorar el servicio prefiero no prestarlo más”. Es campesino, agricultor, nacido en Chiguará en 1916; “Pero en esta etapa de mi vida soy constructor”. Los títulos que lo acreditan como tal son el Arca y otras casas más que ha construido o ayudado a construir en varios lugares. Los reconocimientos del país formal incluyen foros al lado de Fruto Vivas, “él explicando su visión de la arquitectura y yo diciéndole a la gente cómo hacer una casa con tablas, botellas, piedras, pantaletas, barro: con lo que sea”.

Es una edificación hecha de materiales desechables, o más bien desechados por gente que bota los objetos cuando los cree inútiles. Las camas, armarios, sillas, paredes, claraboyas y casi todo el mobiliario los fue construyendo José con la ayuda de la gente que quisiera ir a ayudarlo mientras aprendía los secretos del hacer con las manos. Hay una pared que separa un salón grande de su habitación: “Una vez hubo un encuentro aquí, había como cien personas. En hora y media quitamos esta pared, apartamos unos muebles y ya teníamos espacio para esa reunión grande”.

Toda esta metralla verbal la recibí el primer día que lo visité, más o menos extraviado en esas carreteras merideñas, por recomendación de amigos de la ciudad. Me fui al día siguiente convencido de que tenía que volver, y volví; esa segunda estancia duró cuatro meses. Entonces aprendí los rudimentos de eso que el viejo maestro llamaba “construir con lo que sea”.

De las muchas sentencias que se me grabaron como en piedra, hubo una que tenía carácter profético: “Todo el que vieve a vivir en el Arca, cuando sale de aquí es a construir su propia casa”. Tuve el honor de cumplirle a este dictamen; José en persona estuvo en el proyecto de rancho que hice en Altamira de Cáceres, un aparato de maderas, botellas y desechos que en cierta forma era un homenaje al Arca original.

José Rondón vivió 103 años, no perdió nunca la cordura ni el control de la recia palabra, aunque sí la fuerza física. Ignoro qué ha sido del Arca; supe que quedó en manos de su familia. Algún esfuerzo hemos hecho en estos años para propagar lo esencial de su código de ética asociado al trabajo, sus secretos de construcción, y sobre todo su actitud ante el mundo: “Si un hombre se dice revolucionario pero es incapaz de tranformar el entorno en que vive, entonces ese no es”. Ha dicho.

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