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Monte y culebra | Entender para difundir

por Jose Roberto Duque
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José Roberto Duque

Alguien lo definió muy bien hace poco en la red social Twitter (un caballero Ignacio Crespo, a quien no tengo el honor de conocer). Lo hizo de una manera tan simple y tan relajada, que he adoptado esa descripción de su oficio, que al parecer es el mío también, casi como un mantra: “Me llamo divulgador para que nos entendamos, pero lo que realmente quiero decir es: me flipa aprender cosas y luego compartirlas con tanta gente como sea posible”. Ni una palabra más, ni una menos: esa es o debería ser la actitud de todo rastreador y propagador de historias.

La primera parte o especie de confesión nos dio dolores de cabeza hace tres lustros, porque llamarse periodista en un momento y lugar en el que solo podían llamarse así los graduados en una escuela de Comunicación Social (e historiadores los que egresaron de una escuela de Historia) ameritaba un montón de explicaciones y más de una rica discusión. Así que “divulgador” está bien, aunque habrá que revisar antes los muchos requisitos y condiciones que prelan. Al menos un elemento, del que habla la premisa o enunciado que viene.

Elemento de gravísima importancia: hacer lo que haces (sea lo que sea, pero en este caso particular, aprender y entender cosas, procesos, historias) debe “fliparte”, es decir, darte nota, causarte placer, excitarte, emocionarte como un asombro primitivo o como el encuentro con lo desconocido. Solo así lo que viene después, que es la divulgación, puede que valga la pena, y pues hay que hacerlo.

Porque este vacilón consistente en comunicar (abro este párrafo nuevo porque no es una idea secundaria o subalterna sino de principalísima importancia), es decir, la historia, el periodismo, y ni siquiera el muralismo, el teatro, la poesía o la narrativa: ese arte múltiple consistente en comunicar, no es un fin en sí mismo, sino un vehículo para comunicar cosas, para echar a rodar contenidos. Habrá quien escriba para que la gente diga: “¡Pija!, ah bicho para escribir bueno en la vida”, pero el objeto de la escritura o de cualquier oficio divulgativo no es ese, sino que la gente, los receptores del mensaje, se enteren de cosas que no sabían, o que las miren desde otra perspectiva.

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La cosa puede parecer más o menos “normal” o natural y hasta perogrullesca cuando uno difunde cosas de las que sabe, entiende o disfruta. En 30 años de echadera de crónicas me ha tocado escribir sobre carreras de caballos, deportes, espectáculos, literatura; luego sobre crímenes violentos, sobre la vida en regiones hermosas y complejas; después entrevisté gente importante y actrices y modelos de hermoso culo; me adentré la escritura de semblanzas de personajes y revisión de acontecimientos y procesos históricos, recabé testimonios de gente que estuvo al borde de la muerte, y también de cultores del arte y de la magia, trabajadores, emigrantes, políticos, transeúntes de la vida burguesa y del lumpen.

Entre todos esos grupos humanos transité más o menos cómodamente, sin mucho esfuerzo y cumpliendo al pelo el requisito primero: flipar, vacilar, disfrutar los muchos viajes y peripecias para encontrar a los protagonistas, y después conversar con ellos. Hasta que llegó este momento, o yo llegue a él, en que me ha dado por buscar tecnólogos, inventores y científicos. Con los dos primeros “casos” no he tenido mayor problema. Pero vaya: tener que ponerme a entender algo sobre Física para poder comunicar el trabajo de un físico. Le roncan los motores.

Todo el que estudió o estudia el bachillerato en Ciencias entiende a qué viene el sobresalto: en nuestro sistema educativo es moneda común que los estudiantes sean aterrorizados con Las Tres María: Física, Química y Matemáticas, y con una señora Carmen que es la Biología. Todos padecimos el amargo sabor del no entender ese asco de materias, hasta el punto de ya no querer entenderlas, sino proponernos aprender a garabatear unos signos y fórmulas que tienen mucho de caligrafía árabe, mesopotámica o tal vez monocotiledónea, para que el docente nos regalara la mínima puntuación necesaria para “aprobar”, es decir, para no volver jamás a vernos la cara en esos malditos salones de clases.

Pues sucede que ahora, en el trance de difundir historias sobre Ciencia y sobre científicos, algo que de pronto me apasiona (seguramente porque lo hacen otros) he sentido de nuevo, aunque esta vez con otra actitud, el violento vértigo de tener que comprender cosas que antes no me importaban. Y peor: tener que admitir que debí haberlas entendido antes, porque son demasiado importantes, cruciales y vitales para el país y para el planeta.

Me ha tocado el trance de plantarme cara a cara con unos sujetos brillantes: un astrofísico, un físico de la materia condensada y un señor palmariamente genial, físico también pero en un área impronunciable; un señor que pone a los objetos a comunicarse entre ellos como si fueran un grupo de gente, otro que se empeñó en hacerme entender cómo una enzima (por cierto: cultivada o manipulada por él) puede transformar un potencial menjurje para borrachos pobres en combustible para motores; y otros más. Me ha tocado entenderlos, pedirles con mucha pena que me tengan paciencia y me expliquen todo como lo harían con un niño imbécil, y creo que al final del doloroso ejercicio me ha salido aceptablemente bien la tarea final, que es divulgar esas historias.

Y pues en eso ando. Con la misma emoción y la misma excitación que hace 30 años, y ahora más consciente que nunca de la necesidad de decirle a nuestra gente que hay una forma de heroísmo en curso, manteniendo vivas, no las brasas, sino las candelas de la historia.

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