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La subversión de las mujeres en la ciencia

por Jose Roberto Duque
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Gabriela Jiménez-Ramírez

A diferencia de la mayoría de los países del mundo, en Venezuela más del 60 % de las personas ocupadas en las áreas de investigación científica son mujeres. La Unesco (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) ubica a Venezuela como el país de América Latina con el mayor porcentaje de mujeres en la ciencia. Un logro indiscutible de la Revolución Bolivariana.

Pero hablar de mujeres en la ciencia es un reto que va más allá de lograr que más mujeres se incorporen al mundo de la investigación científica. Se trata de un reto que pasa por cambiar radicalmente la visión patriarcal capitalista que se tiene de los procesos de generación de conocimientos y de innovación tecnológica. Esta convocatoria también significa crear, paulatinamente, un nuevo foco para la visibilización de las mujeres en este campo.

Superar la lógica cuantitativa de la participación de las mujeres en la actividad científica y reflexionar sobre el papel transformador de la mujer y sus aportes, pasa por hacernos algunas preguntas: ¿cuánto reproducimos del esquema de conocimiento patriarcal? ¿Cómo hacemos para pensar fuera de los vagones de la ciencia moderna/colonial?

¿Cuál es el aporte de las mujeres venezolanas a la ciencia, como patrón del conocimiento? El debate sobre la participación de las mujeres en la ciencia debe aclarar los problemas del patrón del conocimiento dominante, y cómo favorece o desfavorece lo femenino o a la mujer.

Dar el debate de las mujeres en la ciencia exige hablar del cimiento ideológico en el que se levanta la ciencia y cuál es el metarrelato de este patrón de conocimientos. Como denuncia agudamente la filósofa y ecofeminista Carolyn Merchant, la Revolución Científica impuso una lógica mecanicista en la forma de pensar de la sociedad moderna. La consecuente adopción de la cosmovisión mecanicista y reduccionista de la ciencia moderna/colonial contribuiría a afianzar la visión del ser humano en un lugar jerárquicamente superior a la naturaleza no humana, que es objetivada y, que como tal, puede ser subyugada, manipulada y explotada. No se trata de una mera concepción de la naturaleza sin consecuencias, sino que describe sin tapujos el espíritu motriz de este modelo de ciencia: la búsqueda del dominio y el control de la naturaleza. Una ontología perfecta para las exigencias del capitalismo, que ha configurado nuestra noción de desarrollo y progreso.

La ciencia moderna/colonial es una expresión de la sociedad patriarcal. El ataque de Inmanuel Kant contra las mujeres marcó un hito en la historiografía de la ciencia. Este científico alemán asociaba el ‘bello entendimiento’ de la mujer no con la ciencia, sino con el sentimiento: ‘Su filosofía no es razonar, sino sentir’. En tanto la mujer es asumida como naturaleza, es considerada inferior a la racionalidad masculina y, por tanto, sin capacidad para estar en la ciencia. Invisibilizada y perseguida durante siglos, la mujer se incorpora en el siglo XX a la producción de conocimiento científico en tanto deja de ser mujer y deja de ser naturaleza. Así, otra pregunta sería: ¿cuánto hemos dejado de ser mujer, culturalmente hablando, para entrar a la subjetividad científica, masculinizada, que responde al patrón de conocimiento de la modernidad? Si la mujer actual es mecanicista y, además, tiene todos los elementos que caracterizan al patrón de conocimiento patriarcal (ver a la naturaleza no humana como inferior; actuar sobre una lógica capitalista y depredadora; compartimentar el saber; negar y atacar otros saberes; abordar problemas, pero no abordar las crisis), quiere decir que esa mujer simplemente ha asumido el pensamiento patriarcal; es decir: esa mujer se hizo hombre, blanco, europeo, protestante.

El desafío, entonces, es: ¿de qué manera se podría romper el patriarcado de la ciencia? Como ejercicio de este proceso de reflexión, en Venezuela, hemos planteado la creación de una red de mujeres en la ciencia, denominada Gallinas Amorosas, desde una propuesta de organización, articulación de mujeres en ciencia y de generación de discursos y acciones para descolonizar y habitar espacios. ¿Por qué ese nombre? Porque esta especie está relacionada, en algunas creencias ancestrales, con el espíritu guía que enseña el cuido, la armonía y la nutrición. En algunas culturas, la gallina es un símbolo de abundancia; es un animal que mantiene una poderosa sintonía con la tierra. Para nosotras, ser gallinas amorosas significa habitar espacios; en otras palabras: poner amor, conocimiento y organización.

Habitar es transformar los espacios, superar los códigos binarios, y jerárquicos (cultura/naturaleza, hombre/mujer, razón/cuerpo) que constituyen la esencia fundacional de la modernidad. Es un compromiso que encierra un elemento histórico y cultural.

Una de las experiencias que, hoy, nos permite comunicar patrones de conocimiento distintos, con una ética otra, es la Alianza Científico-Campesina. Esta iniciativa nos ha permitido identificar elementos asociados al conocimiento materno, generadores de arraigo; entre estos: cuidado de la vida, sanación, complejidad, comunalismo, solidaridad, creatividad, diversidad, defensa del territorio, recampesinización. En esta relación, la mujer es clave como fuerza para generación de conocimientos, alimentos, dignidad y bienestar. En medio del bloqueo imperial contra nuestra nación, el aporte de la mujer venezolana, desde la Alianza, ha sido extraordinario. Estas mujeres, así como muchas otras mujeres en otros espacios de nuestro país, han repensado y recreado el saber para resistir y para revitalizar la identidad nacional. La Alianza es un espacio/tiempo muy poderoso, de la vida plena, real; encaminada por el amor colectivo y la emancipación, y no por la producción/dominación. La Alianza tiene una racionalidad reproductiva de la vida.

Tal y como lo hemos visto, avanzar a una lógica otra del saber con una visión feminista, implica un proceso de reflexión que transite a la descolonización, a la despatriarcalización. Siguiendo el mensaje de Katya Colmenares Lizárraga, filósofa mexicana, conferencista en el Congreso Venezolano de Ciencia, Tecnología e Innovación de 2021, “hoy, más que nunca, tenemos que ir separando la actividad científica del modo de producción capitalista; tenemos que mostrar que hay otra manera de generar conocimientos”. Un sistema verdadero de conocimientos debe garantizar la reproducción de comunidades de vida. En este camino, las mujeres tenemos un papel clave en la resistencia de los pueblos, en la construcción de conocimientos comprometidos con la vida, el bienestar comunitario, la felicidad.

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1 comentario

Marleny Gregoria Suárez Silva 8 marzo 2022 - 15:28

Cocrear conocimiento es una hermosa responsabilidad de cada una de las mujeres que asumimos hacer Ciencia para la Vida. Primero hemos tenido que descolonizar la forma de producir conocimiento y apropiarnos de nuestra esencia como Nación multidiversa y pluricultural que tiene condiciones edafoclimáticas específicas que determinan condiciones de siembra, cultivo, manejo y procesamiento de culgivos que otrora limitaban nuestra soberanía alimentaria. Somos una Nación de clima tropical donde la mayoría de los equipos y máquinas de procesamiento de alimentos están diseñados bajo premisas erróneas, es decir, eran diseñadss; otrora para climas templados. Esa situación la hemos intentado dejar fuera de accion; sin ha sido cuesta arriba debido a los intereses capitalistas de acumulación de riquezas a cuesta del hambre d Pueblo. En otra área en la cual he trabajado muchísimo es en el área ambiental. Aun hay mucho por hacer; sin embargo, hemos logrado generar propuestas metodológicas de organización en el territorio para evaluar con enfoque sistémico la situación ambiental de cada espacio donde está asentado el ser humano ya sea espacios socioproductivos o asentamiento humanos. Desde mi percepción como Mujer de Ciencia inspirada en la Madre Tierra, somos parte de la Madre Tierra y debemos amar, respetar, valorar, remediar cuidar y preservar a la Madre Naturaleza porque de lo contrario al alterar sus ciclos y procesos estamos dañándonos a nosotros mismos.

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