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Monte y culebra | El planeta y las soberanías

por Jose Roberto Duque
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José Roberto Duque

El problema de dejarse seducir con los discursos superficiales, eslogans y consignas, es que a la primera invitación a profundizar en equis tema comienzan a aflorar las contradicciones y desilusiones. Esto es obvio, evidente, en la historia de las acciones bélicas dentro de la guerra de todos los tiempos. Mucha gente se siente empujada (porque la empujan) a creer que las arengas de los grandes generales son palabra sagrada, y que de ellas no podemos separarnos ni un milímetro ni durante un segundo, porque quien lo hace es un traidor. El discurso nacionalista estándar suele contener un principio que puede sonar épico e inspirador, pero tiene más de cinematografía que de adaptación realista, sensata y civilizada a la realidad del planeta: “Lo nuestro es mejor, más importante, superior; todo lo que nos convenga a nosotros es preciso mantenerlo y defenderlo, a costa de lo que sea y contra cualquier otro punto de vista”.

Saltémonos por ahora la comprobación de que existen cosas que nos convienen ahora mismo, pero por las cuales deberemos pagar mañana un alto precio. Caso patente, actual y para nada traído por los pelos: a Venezuela le conviene, en esta temporada o fase (que ha de terminarse) en que a Estados Unidos le dio la gana de permitirnos otra vez vender petróleo, aumentar la producción y volver al esquema del aprovechamiento de los grandes ingresos. Tal vez sea posible, pero es tormentosa, engorrosa, nauseabundamente difícil, convencer a las mayorías de que no es “tan” bueno apoyarnos en esa fuente de ingresos, o que no es bueno para nada detener la búsqueda o construcción de otras fuentes de subsistencia.

La dificultad para reorientar ese discurso reside en que, efectivamente, necesitamos un respiro, coger aire y organizar un poco la casa, después de la pela de seis u ocho años de escasez e inestabilidad en todos los sentidos. El eslogan que lo sabotea todo es: “El petróleo es nuestro”, entre otras cosas porque nadie acepta ninguna continuación que no sea: “y uno hace con lo suyo lo que mejor le parece”. Y lo que a cualquiera “le parece” que hay que hacer con el petróleo cuando el barril está por encima de los 100 dólares el barril; lo que a cualquiera le parece la mejor opción cuando los gringos te dicen: “Necesito tu petróleo; ¿me lo vendes o te lo quito?”, es venderlo.

Pero se atraviesan situaciones, como por ejemplo la ya inocultable tragedia contenida en el empleo planetario de los combustibles fósiles. El paradigma económico y energético imperante parte de una visión del planeta celebratoria de la hecatombe, la depredación y el consumo sin límites de los recursos disponibles, y las consecuencias ambientales de esa locura elevada a categoría de modelo civilizatorio son el envenenamiento de la atmósfera, el ahogamiento de océanos y entornos vegetales a punta de plásticos y la adicción generalizada a productos y procesos que no son sostenibles ni sustentables sino mediante la manipulación y procesamiento de hidrocarburos.

Los países que deben importar hidrocarburos para subsistir, porque ya no tienen en sus territorios o porque nunca los han tenido, se han aplicado con mayor o menor entrega a la búsqueda de fuentes alternativas de energía. Mal que bien (más mal que bien) han experimentado con algunas opciones como la energía eólica o la fotovoltaica (cuya fabricación depende también de los hidrocarburos), y suelen anunciar, como en España, procesos de transición o reconversión energética. Muy conmovedores su aporte y su esfuerzo, encaminados en todos los casos, no a la supresión del modelo que ha destruido el hábitat, sino a la sustitución del combustible que lo mueve. Que la industria capitalista se mueva con diesel, con energía solar o con hidrógeno no hace niguna diferencia: la tragedia es que se siga moviendo.

Pero no estamos en Europa sino en un país de Sudamérica, necesitado de recursos monetarios para almorzar mañana y la semana que viene, y para resolver eso lo único que tenemos a la mano es el consabido charco de petróleo. Ese mismo que ha moldeado nuestra historia en el último siglo.

En este lugar y en semejante contexto, hace unos días se transmitió por televisión un encuentro del presidente Nicolás Maduro con los activadores y analistas participantes en el Primer Encuentro Nacional de Investigadores e investigadoras sobre el Cambio Climático. Eso se llama hablar de la soga en la casa del ahorcado. Le correspondió a la ministra de Ciencia y Tecnología comunicarle al presidente lo esencial de lo discutido en el evento, incluidas unas recomendaciones, tal vez advertencias. Los llamados cruciales fueron: es preciso cambiar 1) la matriz de consumo energético, 2) nuestra base industrial, 3) nuestro patrón de consumo.

En lenguaje más callejero y menos técnico, lo que los expertos, en la voz de la ministra, le dijeron al presidente, es que este país petrolero debe comenzar a dar pasos para dejar de ser un país petrolero. Y eso implica algo más que un cambio de instrucciones y de procedimientos: estamos en la obligación de prepararnos para vivir de otra forma.

No en el trance de buscar alternativas a ver si con unas trampas por aquí y un poco de magia por allá, logramos seguir viviendo con los parámetros, perspectivas y planes de cualquier país capitalista (como hasta ahora), sino en el trance monumental de lograr que los venezolanos del futuro entiendan por ciudad, desarrollo y naturaleza cosas distintas a las que entendemos ahora.

Honremos ahora el título de esta entrega: ¿estaremos sacrificando o comprometiendo la soberanía al plantearnos que debemos ir dejando al margen el recurso captador de divisas más automático y “fácil” que tenemos, “tan solo” por pensar que, antes que venezolanos, somos miembros de una especie a la que el capitalismo industrial está asesinando en masa?

***

Post data.

A esa misma camarada ministra le he oído clamores por la soberanía de una calidad y una profundidad pasmosas, porque parten de temas que uno rara vez asocia con temas cruciales de autosuficiencia. A propósito de algo tan aparentemente secundario como la fabricación de un lote de kits de diagnóstico de Covid, Mal de Chagas y Leishmaniasis por parte de un científico de alto vuelo, de la ciudad de Mérida, la oí decir: “Aquí nunca va a desaparecer el Mal de Chagas, la Leishmaniasis, y ya sabemos la realidad de la Covid. Lo que significa para un país como el nuestro desarrollar sus propias plataformas, métodos y metodologías para el diagnóstico de enfermedades para las que somos endémicos; ¿qué significa tener la capacidad, el talento, el conocimiento y la organización, para desarrollar desde su conocimiento las plataformas, los estuches de diagnósticos que permitan al sistema de salud pública autoabastecerse de estos insumos que son médicos y fundamentales? ¿Qué ejercicio hay ahí? Un ejercicio de soberanía desde la práctica científica”.

Eso se llama empujar desde todos los espacios la autarquía como práctica económica, técnica y de organización. Que el Estado se abastezca con sus propios recursos, evitando en lo posible las importaciones, la dependencia, el bombardeo de productos que no son para abastecer nuestras necesidades fundamentales como pueblo sino para enriquecer a algunos.

Hay al menos esa voz trepidando en las instancias de decisión. Necesario es comprenderla, multplicarla y propagarla.

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