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Monte y Culebra | La destrucción lenta, y la otra

por Jose Roberto Duque
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José Roberto Duque

Las cosas violentas y fulminantes son por lo general nocivas, pero también son emocionantes. Depende del público que las presencia, y depende también del objetivo con que fueron difundidas. Las redes sociales y otros espacios dentro de este plano llamado internet están llenos de videos, fotografías y materiales que fueron publicados para entretener y satisfacer al enfermo espiritual profundo: la guerra, las catástrofes naturales o provocadas, la violencia contra el débil, la pornografía del horror donde niñas y niños son destruidos de por vida. Esa basura vende, tiene un público, un espectador.

Por cierto que la palabra “espectador” tiene la misma raíz de espéculo, espejo: la gente disfruta de lo que es en el fondo su reflejo, y el reflejo de una multitud enferma de capitalismo no puede ser sino la agresión al débil, al indefenso, la destrucción de aquello que no puede defenderse, con fines económicos o puramente pornográficos: la muerte y el sufrimiento de lo otro, lo que no es ciudad de mierda, hace disfrutar a cierta gente hasta la excitación.

Hace unos días se difundió masivamente una serie de videos en los que un puñado de imbéciles disfrutaba y aplaudía a rabiar la forma en que otros imbéciles, criminales o ignorantes, o todo eso junto, devastaban un sector del páramo merideño con sus camionetas y motos. Por alguna razón que ya explicará algún sicólogo o siquiatra, después que cayó una nevada un grupo de estos sujetos se encarnizó contra el entorno natural, frágil y difícilmente renovable de los frailejones y otras especies de la flora paramera, convirtiendo una pequeña laguna en un maldito charco de barro y combustible. Los espectadores de esta estupidez parecían muy excitados cada vez que un camionetón de muchos miles de dólares pasaba y volvía a pasar por el agua empozada, y para ver esa presunta hazaña le pasaban por encima, también, a la vegetación.

El video seguramente se difundió para que otra multitud de gafos se divirtiera con el espectáculo en sus teléfonos, pero desató la indignación de la gente que todavía entiende qué son los entornos naturales y por qué hay que respetar y proteger lo que existe, lo que la lógica depredadora de la ciudad industrial y el capitalismo todavía no ha logrado reducir a escombros.

Como todo acto violento y vertiginoso, llegado el clímax, el orgasmo inútil de tanto idiota que confunde “eso” con la felicidad, se vio el resultado: la destrucción de un ecosistema que tal vez ya no vuelva a regenerarse, o lo hará muy lentamente, hasta que el próximo grupo de borrachos llegue para voverlo a destruir. Es un resultado patente,palmario y visible: ahí está la devastación, ahí el producto del acto criminal.

Desafortunadamente, esa orgía estúpida no es la única forma de ataque continuado contra el ecosistema del páramo (y después hablaremos de otros procesos similares). Hay otras que son invisibles, casi indetectables, pero que dejan también su huella. Hace un par de años estuve caminando entre el Collado del Cóndor y la carretera que baja hacia Chachopo y Timotes, y me dediqué a hacer un pequeño registro de la lenta destrucción del páramo, la misma agresión pero en cámara lenta: ahí están, diseminados entre la esplendorosa y diminuta selva que se confunde desde lejos con un colchón estéril e insignificante, cientos o miles restos de envases de plástico, bolsas, botellas, residuos de todo tipo. También están los gases de efecto invernadero, responsabilidad directa del modelo industrial, que en pocos años acabarán con todo vestigio de nieve o hielo en esos parajes donde todavía, de vez en cuando, ocurre el prodigio de las nevadas.

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Ante esa múltiple agresión, el páramo va haciendo su lenta y helada tarea: va descomponiendo nuestra irresponsabilidad y la va integrando a su paisaje, comiéndosela poco a poco. Es triste sacar cuentas y calcular en qué se habrá convertido este majestuoso escenario al cabo de pocos años. Y no tengo idea de cómo hacer o por dónde empezar a parar esta estupidez

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Hay un monólogo de George Carlin que lo plantea feo y pretendidamente gracioso, pero vale: ¿qué tal si la naturaleza tenía entre sus planes emplear el paradigma del plástico en la superficie, integrarlo al resto de sus materiales, y con ese fin nos diseñó y nos puso a trabajar a los humanos? El planeta no se va a acabar porque lo contaminemos: lo que está logrando la especie humana entregada al capitalismo es hacerlo inhabitable para nosotros mismos. Concluida nuestra misión, desapareceremos y el planeta seguirá tan tranquilo, mutando especies resistentes o integradas al gigantesco colchón de plástico y otras basuras que dejaremos como herencia.

Al final, pura paja que quiere justificar la producción y propagación de materiales sucios que han de liquidarnos como especie. Los imbéciles que botan basura en los espacios naturales son criminales o perturbados mentales, y también lo es el sistema que sigue produciendo basura en forma de envases, y de mentes aniquiladas.

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