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Ser músico está bien, pero crear instrumentos es mucho mejor

por Jose Roberto Duque
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Alejandro Silva Guevara / Fotos: Candi Moncada

Juan “El Indio” Hernández goza del reconocimiento nacional en dos sentidos de su labor: como músico de trayectoria impecable, y como uno de los mejores lutiers del país

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Juan nació en Cumana, estado Sucre, en 1962, y como él mismo afirma, se le adelantó al niño Jesús, porque fue un 23 de diciembre, fecha que como sabemos, está llena de tambores y magia. El campo fue su telón de fondo; Turimiquire y el llamado “Río Brito”, de aguas cristalinas saciadoras de toda sed, marcan la infancia de Juan. Allí estudió hasta 3er. Grado con la imagen hermosa de una maestra llamada América, que se caminaba 2 o 3 horas diarias para llegar al pueblito y enseñarles las primeras letras a los chipilines. Luis Presilla, mandolinista de la zona, llamó la atención de Juan quien pasaba horas encantado mientras las notas le hacían surcos hermosos a su memoria.

El lugar del “templete”, era la casa de su abuelo, Segundo Bastardo, un gallero que convocaba al grupo de Luis Presilla siempre que los animalitos, cantores de madrugadas, se batían en duelo mortal para beneplácito de los apostadores. Un cuatrista, dos o tres maraqueros y una caja de metal de ron Florida como bongó para la “guaracha” oriental, conformaban el grupo y eran varios maraqueros porque “la maraca de joropo oriental es muy grande y muy pesada, entonces un maraquero solo, no aguanta un joropo”, dice Juan, mientras habla de su embeleso, el llamado profundo que la música hace a las almas cautivas en partituras invisibles. 

En 1972, deben dejar el pueblo para irse a Cumaná, por razones de olvido, y el beisbol se convirtió en el centro de la atención de Juan; pasó por todas las ligas posibles: preinfantil, infantil, juvenil y tal. Fue por esos años que notó que su mamá, Patricia Hernández, quien no era profesional de la música, cantaba como una diosa, y su papá, Juan Velázquez, era cantante, compositor de galerones y decimista, algo así como decir poeta. Pero en esos días, el deporte era la razón de Juan, la música se le durmió en la carrera triste tras una pelota.

Estudió en liceo Antonio José de Sucre, en pleno centro de Cumaná, donde la música era una movida bullente e inusitada; se escapaba del liceo pa’ jugar billar, y allí conoció al loco que lo convertiría en ese estruendo musical: José Luís Saud, quien estaba al frente de un grupo de gaita y lo invitó a formar parte de Los Maiceros, donde comenzó tocando una clave cubana; de esos inicios recuerda que luego formaron un grupo de voz y percusión al que se le unieron guitarristas y otros músicos y conformaron El Afinque, que luego de un tiempo desincorporado pasa a ser el Son Típico Experimental, que tocaba sones y salsa. 

En el año 1985 decide venirse a Caracas y se aleja de la música cansado de la nocturnidad del ajetreo bailable, pero sería por poco tiempo porque a través de sus papá, quien trabajaba en el medio cultural, conoció a Daría Hernández, quien lo introdujo en la movida artística caraqueña como guía docente en el Centro para las Culturas Populares y Tradicionales (Ccpyt); también tuvo la oportunidad de estar en Guatemala, donde hizo un curso sobre documentación artesanal y conoció a un marimbero que tocaba y construía sus marimbas. En esa institución hacía vida la Orquesta de Instrumentos Latinoamericanos Odila, quien lo recibió como parte de sus músicos hasta el día hoy hace ya 33 años. A través de Odila también conoció al maestro Andy Durán, con quien ya lleva 25 años de trabajo musical.

Odila a la UBV y dos continentes

En el 2004 Alexander Paredes era el lutier de Odila; fueron los tiempos de la creación de la Universidad Bolivariana de Venezuela (UBV) y la Orquesta Odila se instaló en la Universidad como parte de el área cultural. Se creó el taller de lutería y Juan Hernández no se acercó porque pensó que estaba dirigido solo a los estudiantes de la Universidad.

Ya contaba con algo de experiencia replicando algunos instrumentos típicos de República Dominicana y Haití, que eran unas trompetas de Bambú, maracas y otros; pero fue llamado por Paredes a inscribirse en los talleres de lutería que serían dictados por Felipe Antero Hernández, quien fuera su primer maestro. El taller tenía tres niveles y una duración de seis meses por nivel; estaba conformado por doce alumnos y al principio la Universidad proveía todas las herramientas e insumos para impartir las clases.

En el tercer nivel vio clases con el maestro Cosme López quien le preguntó qué instrumento quería hacer (ya había hecho un cuatro y una guitarra), y Juan se fue por hacer un tres cubano. Los instrumentos era de tan alta calidad que no había terminado el taller completo cuando lo nombraron maestro lutier de la universidad, debido a que Cosme no pudo seguir y Felipe se retiró, así que Juan ya tiene trece años de lutier y diez de maestro. Sus instrumentos, cuatros, guitarras, mandolinas, tres cubanos, entre otros de cuerdas, son solicitados en muchos países, entre ellos, Francia, Estados Unidos, Colombia, España, México y Canadá.

Del árbol al sonido: el canto de la madera

Juan nos cuenta que para hacer un instrumento se deben tener los materiales correctos; hay ciertas medidas estándar y también se pueden crear cualquier clase de instrumento según las exigencias de quien lo solicita, tomando en cuenta su tamaño y su alcance.

Para empezar, existen moldes y plantillas; Juan nos explica que se trata de un trabajo complejo que tiene muchos detalles importantes que cuidar y que es un trabajo de exactitud muy milimétrico. Las cajas deben tener un determinado tamaño para las escalas, por ejemplo: el tamaño estándar de los cuatros de Juan, tienen una medida de treinta y tres, treinta y tres y medio hasta un máximo de treinta y cuatro centímetros, al que se le aplica una escala de la raíz doceava de dos en la que mitad exacta de la cuerda se ubica en el traste doce, entonces la caja debe ajustarse a esa medida para que no haya desproporción, porque debe haber un equilibrio perfecto.

El instrumento se divide en tres tercios: el primero está ubicado donde va la “boca”, esa apertura por la que sale el sonido y en el último tercio se ubica el “puente”, y se debe cuidar que tenga la medida exacta que marcará el equilibrio del instrumento, práctica que impuso el maestro Torres, quien a finales del siglo XVI fue quien le dio la forma moderna que tienen los instrumentos hoy en día. La escala que se utiliza en la guitarra clásica, o el largo del mástil, es de sesenta y cinco centímetros y puede variar un poquito hacia abajo o un poquito hacía arriba, o sea, el tamaño de la caja se mide a partir de la escala.

Juan utiliza materiales de primera; la tapa armónica, que es la de la parte anterior del instrumento, representa el 80% de importancia en la fabricación de todos los instrumentos y se debe utilizar madera de tipo coníferas o abetos y pinos por ser maderas que no son resinosas y son costosas porque las de calidad se dan en zonas que tienen las cuatro estaciones. Estas maderas tienen un crecimiento regular y las vetas de la misma van parejas en una misma dirección y el grosor de estas tapas, tanto la de fondo como la armónica definen la profundidad o el brillo del instrumento, mientras más gruesas sean, mayor profundidad tendrá.

También es importante cuidar las barras internas que son necesarias porque le dan la resistencia, debido a que las cuerdas generan una tensión de 40 y hasta 50 kilos, dependiendo del tipo de cuerdas que se utilicen y también tienen una función de matizar los sonidos que se quieren obtener del instrumento que se construya. Es un juego de espesores de las maderas, de barras internas, del tipo de madera que se utiliza y de medir con exactitud las distancias correctas en el cuatro o la guitarra. Para lo demás se requieren materiales que en su mayoría son importados, lo que hace que este oficio, a este nivel de calidad, sea bastante costoso.

Un espacio inclusivo para aprender lutería

Hasta este momento, más de 60 personas han pasado por el taller de lutieres; y aunque muy pocos se han dedicado profesionalmente a este oficio, les queda la experiencia de hacer un instrumento desde cero. Actualmente dos mujeres están viendo el taller y la convocatoria sigue abierta, no importa la edad, para que quien desee iniciarse en uno de los oficios más nobles y hermosos, pueda hacerlo con uno de los mejores en este trabajo. Nunca es tarde.   

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