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La ciudad, la costumbre y el mito de la salvación

por Jose Roberto Duque
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Ocurrió durante todo el siglo XX con velocidad cataclísmica: eso que muchos han llamado “éxodo”, pero que en realidad reúne todos los requsitos para merecer el nombre de secuestro masivo, fue mucho más que un simple traslado o mudanza desde varios pueblos hacia varias grandes ciudades. La movida significó, más que un llano cambio de residencia, un re-moldeado de usos, costumbres, formas de producir, de ver el mundo, de vivir.

Fue también una brutal agresión contra el derecho de las gentes a querer a su terruño; de pronto, en los albores de las nuevas ciudades, que se quisieron diseñar cosmopolitas (y mira tú en qué pararon) empezó a ser mal visto el ser o parecer campesino, el ensuciarse las manos para trabajar y ganarse el sustento.

Como algo o alguien tenía que ocuparse de seguir produciendo comida, mientras el nuevo citadino-consumidor levantaba una nueva forma de convivir y de relacionarse con el entorno, por allá quedaron a la sombra algunos productores, que con el tiempo han pasado a ser menos del 10 por ciento de la población. Del resto se encargaron las importaciones. No siembre tomates, cómprelos. Los mayores de 45 años tal vez recuerden el resonante lema o eslogan publicitario: “No compre del montón, compre Del Monte”. La marca registrada desplazando de los cánones de limpieza y calidad a lo que viene (pero de verdad) del monte (y culebra).

La estafa de Santos Luzardo consistió en no haber previsto que la barbarie no era el conuco sino las balaceras y la degeneración total de la vida en estos campos de concentración que son la periferia de las ciudades.

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En algún momento de este siglo, o quizá del final del anterior, comenzaron a escucharse con alguna potencia las voces que claman por la necesidad de “salvarse” de la barbarie que ha terminado siendo esta forma de “civilización”. El problema con esta prédica es que la salvación en clave judeo-cristiana es un asunto personalísimo. Entonces llegan algunos a creer que su único deber es tomar decisiones individualistas y personales, acaso familiares, para sacarle el cuerpo a la miseria y procurarse “una vida mejor”, ilusión o falacia que empujó a muchos a la emigración y a otros a la búsqueda de nichos para salvar el pellejo.

El truco para no caer en esa fea trampa del aislamiento y el “sálvese quien pueda” es el sólido esculpido de una conciencia que haga entender lo esencial: las personas, familias, comunidades y poblados pueden forjar una mejor manera de vivir si se trabajan en conjunto. Lo otro se llama huida y abandono de la lucha, que debe ser colectiva.

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Si de algo ha querido hacer gala esta página es de ir por los recodos del país donde queden vestigios, señales, pequeñas brasas de lo que era la forma de vivir, de producir y de resolver, antes que el ser venezolano fuera arrastrado y quedara atrapado en el paradigma de querer consumir sin saber producir. Algo de ese poblado anterior a la ciudad industrial capitalista queda en nuestros pueblos, y aun dentro de las propias ciudades. Hemos visto herramientas hechas a mano, implementos, casas, formas de organización (cayapa, convite, manovuelta), gastronomía, música, rituales que nos informan que algo de esa ciudad previa a la invasión norteamericana queda en la Venezuela profunda.

Sobre todo, hemos visto que queda una forma de entender, de pensar y de actuar. Allí reside la resistencia, requisito para la resiliencia. Seguiremos escarbando en busca de ese rastro.

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Eso de la formación de conciencia tropieza con un obstáculo severo, y es la dificultad de la militancia, o de cierta militancia, para comprender el alcance de las gestas colectivas. Cuando alguien convoca a la demolición de la ciudad, y lo dice creyendo que la metáfora se va a entender, siempre saltan el estudiado y el tecnócrata a burlarse del presunto plan para dinamitar todos los edificios y ponerse a construir shabonos. La propuesta de volver a la ruralidad como única forma de acabar con el monstruo destructor de naturaleza y de humanidad es visto como una elegía campurusa y estúpida que quiere negar los avances tecnológicos. He oído y leído a más de un experto en informática: “No tengo ganas de sembrar, no tengo tiempo para eso, no quiero vivir fuera de Caracas y mi oficio me exige trabajar con computadoras”. Ha costado un mundo explicarle a ese ciudadano, paladín del software libre, que el llamado no es a que él abandone su trabajo de programación (el país no se va a salvar ni a hundir porque él tome una decisión personal), sino a que comprenda la necesidad de buscar una lógica distinta, una nueva ruta que nos aparte de este vertiginoso viaje hacia la destrucción.

Nada: el hombre sencillamente cree que hay que mejorar lo que existe. Y como lo que existe es capitalismo, entonces por ahí lo vemos chapotear, entre esa convicción y la declaración de que él es un revolucionario.

Después de medio siglo de consumismo, de adicción al azúcar, de adopción de costumbres, vicios y prejuicios producto de una ciudad de miedo, de nada vale individualmente meterse ahora a practicar yoga, a sembrar en un huerto y a eliminar la ingesta de azúcar.

No es tu decisión individual: es tu capacidad para motorizar una transformación de la conciencia y el entorno.

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1 comentario

Maribel Arias 7 agosto 2022 - 12:59

Y así tantas otras realidades que ya nos han borrado. Recuerdo en el barrio los sobadores, que pasaban sus conocimientos a hijos o vecinos, prestaban ayuda a quien en algún momento lo necesitará. Agradezco que ustedes hayan emprendido la dura batalla por mostrar lo que aún podemos rescatar y sacudirnos para reaccionar.

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