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Hurgando en la miseria

por Teresa Ovalles
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De allá venimos delirando con la peste*

Incluí en un libro este penoso relato del hambre que desde la infancia llegó a la memoria como un espectro:

…la abuela llamando desde la cocina después que ya le había servido de primero la comida al abuelo porque ese come alante, porque ese es el marío, porque ese es el hombre de la casa y por lo tanto le lleva la comida donde la espera, y a los demás, empezando por los que trabajan, desde los más grandes hasta los más pequeños que comen de último, cada quien a buscar el plato de comida al fogón, uno por uno cuando lo llamen… “que no se me amontonen en la cocina…y venga fulano y venga fulana y venga fulanito y venga fulanita”… y alguno de nosotros con el miedo al hambre de más tarde, recibiendo el plato de comida llorando y preguntando: “abela y qué mamo a comé manana”,  y la abuela dando un coscorrón: “¡muchacho el carajo, ¿no has empezao a comé y ya ta preguntando qué se va a comer mañana?, salga pallá que mañana no ha llegao!… y mañana es otro día y mañana Dios dará… quién sabe…”. O el otro jipiando y refunfuñando por allá: “a mí me dieron más poquito” y “¿otra vez frijol?” y la abuela, la que nunca se sabe cuándo come ni si come o dónde come ni qué come: “no sea disconforme, dese con una piedra en los dientes que siquiera ta comiendo, mire que en el mundo hay gente que pasa hambre”. O si a cualquiera se le cae el plato de comida, el regaño: “¡es que tienes las manos llenas de mielda!”, mientras agarra el plato del suelo, sucio de tierra y medio lambío por los perros, los cuales de inmediato ya se habían comido el alimento derramado, y la abuela espanta a los perros, recoge el plato, lo enjuaga chas chas en la ponchera de fregar y le vuelve a servir una cucharada de la olla y le completa con un poquito de cada plato de los demás que en silencio no reclaman, pero miran con odio al desafortunado…**

No ha de sorprender que la madre y las tías brinquen pa un lao cuando les hablas de barro y bahareque y que sean infructuosos los intentos de explicar que el bambú y el adobe son materiales de construcción. Eso las conecta con la extrema miseria de donde venimos. Aquello sucedía, además, ante la opulencia de los ricos. Del rico de verdad o los que considerábamos que lo eran porque vivían mejor que nosotros. De allí que fuimos a la escuela y estudiamos por hambre y no por el conocimiento. De allí que la buena comida era comer carne todos los días y el odio al frijol. Y de allí también aquello de que “alpargata no es zapato ni que le pongan tacón”.

Estamos condicionados para comer y no a pensar por qué comemos, al igual que la tendencia al menor esfuerzo. Nadie se va a trasladar a pie de un lugar a otro relativamente lejos teniendo un medio de transporte disponible, al menos que lo haga conscientemente por salud o por ahorro y ello amerita de voluntad, pues esa no es nuestra naturaleza. Ya de eso habíamos hablado anteriormente en El animal que somos.

Dejar de ser esclavo no te conduce automáticamente a superar al amo y al esclavismo. Por eso se ven pobres que al lograr poder no salen de los restaurantes de lujo o los satisface tener y maltratar sirvientes o andar ataviados de paltó y corbata aún bajo el sol ardiente.

Razones del cuerpo que se trasmutan en ideología. Más aún entonces las contingencias de la crianza. Han pasado muchos años y las presentes generaciones descendientes de aquellos reproducen la idea. El fascismo no murió con Hitler ni Mussolini ni Pinochet. Nada extraño tiene la actitud del rey de España ante la espada de Bolívar, horas días.

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*Gino González. Canción: Abismales ilusiones.

*Gino González. Libro: Yo lo vide y asina es el mío.

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