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El atato y la maya, héroes anónimos de la bioconstrucción en La Guaira

por Jose Roberto Duque
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En los bosques secos del Litoral Central la naturaleza ofrece un par de ejemplares portentosos, que prometen ser el futuro, pues ya son el presente, de la bioconstruccion.

No son árboles ostentosos. Sus nombres no figuran en las grandes ligas de las especies maderables, como la caoba, el cedro o el ébano. Por el contrario, son especies de apariencia tan humilde y agreste, que cuesta distinguirlos entre los cujíes, las leucaenas y los cardones de nuestros bosques costeros más secos.

Sin embargo, para el campesino raizal, el colono o el conuquero, no hay buena casa, rancho o caney sin columnas de atato, o vigas de maya.

La bioconstrucción, como se le llama académicamente hoy a lo que nuestros ancestros raizales tienen como norma y costumbre constructora, no es más que la renuncia al uso de materiales procesados industrialmente, para la construcción de nuestras casas y espacios de habitación.

La bioconstrucción es todo lo contrario de lo que hemos hecho en este medio siglo de reflexión conuquera, en lo que se refiere a la edificación de casas e infraestructura civil en nuestros campos. 

La piel de un viejo poste de atajo

La última década de bloqueo y de guerra económica jugó a favor de la bioconstrucción, al esconder los ladrillos, quebrar a las cementeras y desviar el acero hacia otras latitudes. 

Los precios de los materiales de construcción, más que la conciencia misma, son la razón más poderosa que tenemos hoy en el conuco para retomar el camino de la palma, el adobe y la madera raizal para construir.

La maya y el atato son maderas complementarias. El atato va en el suelo y la maya en el aire, dicen desde Carayaca hasta la Costa, porque el tiempo y el uso han constituido ya las formas técnicas más eficientes para aprovechar a ambas especies.

El atato en el bosque es imperceptible. Lleva meses adquirir la capacidad de distinguirlo en un cerro cercano. Tiene las hojas menudas y claras, y su floración es pequeña y poco colorida.

La maya es más visible. Tiene hojas grandes y oscuras. Produce un fruto rojo que es apetecido por guacharacas y loros, y su follaje puede distinguirse son dificultad entre el bosque seco del Litoral. Pero cuesta imaginar que bajo su corteza oscura, casi negra, exista una madera limpia y tersa que adquiere un tono rojizo cuando se la barniza o simplemente se cura con alguna sustancia aceitosa.

A ambos hay que quitarles la corteza para que logren su mayor esplendor. Pero pelarlos es una actividad lúdica, si se quiere, pues se hace con un rolito macizo hecho con una rama del mismo árbol y golpeando el tronco con un ritmo y una frecuencia que en el bosque adquieren una resonancia ancestral.

Los mejores postes, horcones o columnas de madera, fijadas al suelo, han de ser de atato seco y pelado, que al curarse adquieren un tono amarillo y liso, muy parecido al de la madera de eucalipto. Y las mejores vigas aéreas, bajantes de techo, dinteles para ventanas, o amarres superiores, serán de maya, que curada se torna rojiza, como la mejor caoba.

No hemos encontrado aún información botánica disponible sobre ninguna de estas dos especies de maderables cuyo uso es amplio y conocido en todo el litoral occidental de La Guaira. Y este anonimato, antes que favorecer su existencia, la está amenazando, porque no hay planes conocidos de siembra técnica o reproducción en viveros. Además, el atato seco es la mejor leña de la zona por el poco humo que produce, la calidad de su combustión, que ennegrece muy poco las ollas, y arde verde. 

Por su parte, a la maya la amenaza la lentitud de su crecimiento. Un árbol adulto aprovechable puede tener cincuenta años, y el corazón de los árboles más viejos, ofrece una excelente madera para la elaboración de pipas para fumar tabaco, puños para bastones, picaportes para puertas y románticos timones para embarcaciones de vela.

Es urgente que iniciemos una sistematización de estos dos árboles anónimos para protegerlos, multiplicarlos y tecnificar su uso en la bioconstrucción. Mientras tanto, y lentamente, su existencia está amenazada por los leñadores, los constructores de churuatas para el turismo doméstico y todo el que no sabe cuánto le cuesta en tiempo a nuestros bosques costeros ofrecernos a estos portentos naturales.

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1 comentario

JEANCMARTIN 22 agosto 2022 - 07:57

Excelente artículo Freddy, esa es la vía para fortalecer nuestra comunidades campesinas !!

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