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No es crisis alimentaria, es un casino

por Teresa Ovalles
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Le llaman “subida de precios” como si de un hecho etéreo se tratara, pero si tu mamá te dijo que con la comida no se juega trata de que no se entere de que los dueños han decidido convertir al mercado agroalimentario en un tablero de Monopoly.

Las alteraciones ocasionadas por la pandemia global a las cadenas de suministro internacionales se sumaron a la crisis climática y a la especulación en los mercados financieros para formar un caldo tóxico que llaman “escasez de alimentos” pero en realidad es una crisis de precios. Pocas fuentes dicen que, aun cuando la producción y la oferta de alimentos es estable, los precios “suben”, tampoco dicen que esto se debe a que los bancos, fondos o magnates están comprando “participaciones en fondos” que les permiten apostar por los precios futuros de las materias primas y esto impacta sobre el precio actual de las mismas. La misma película de 2007-2008.

La ONG Grain dice que esos inversores huyen del Bitcoin, la criptomoneda que ha perdido más de la mitad de su valor en los últimos meses, y se están pasando a las materias primas agrícolas para ganar dinero fácil, hablemos de incoherencia tragicómica de una mano del mercado que ya no es tan invisible cuando lanza los dados.

Los precios de insumos como fertilizantes y agrotóxicos han aumentado, en parte es debido a las sanciones que el norte global impuso a Rusia por su guerra contra Ucrania, como el modelo alimentario basado en el monocultivo depende de esos productos y los créditos para comprarlos se han triplicado, las cosechas disminuirán. Las clases trabajadoras no podemos pagar los aumentos de esos alimentos y estamos saliendo a la calle, los gobiernos (ya endeudados) tendrán que endeudarse más para solventar la situación y nadie escucha la risita de los mismos que siempre juegan a nunca perder.

Nuestros sistemas alimentarios son cada vez más industrializados, se basan en la especialización, la sobreproducción y el despilfarro. El 60% del trigo producido en Europa se destina a la alimentación animal y el 40% del maíz cultivado en Estados Unidos se convierte en combustible para automóviles. El 80% de la cosecha global de soya se destina cada año a la alimentación de animales, mientras que el 23% del aceite de palma se convierte en combustible. Ni hablar del 33% que se desperdicia.

A muchos países del Sur Global se nos impuso (de manera colonial, obviamente) dedicar una enorme cantidad de naturaleza humana (mano de obra explotada) y no humana (agua, energía, biota y tierras) a cultivar y exportar productos agrícolas que no son esenciales, como el café, el cacao y las flores. Se pierden de vista las hectáreas en todo el mundo que se utilizan para producir cultivos destinados a alimentos procesados y totalmente desprovistos de nutrición. “No nos falta producción, globalmente hablando. Pero sí tenemos precios elevados, además de problemas de mano de obra y distribución”, dice Grain. Estamos en un “cara o sello” en el que debemos decidir si cosechamos para comer o movemos máquinas para comer.

No es la guerra ruso-ucraniana la que hambrea al mundo, es la que nuestra civilización declaró cuando se nos impuso vivir de espaldas al resto de la naturaleza en ciudades para depender de lo que unos pocos siembran, no es desde marzo pasado que sufren hambre extrema los países en donde la guerra llegó para no salir, se trata de Afganistán, Yemen, Siria, Eritrea, Somalia y la República Democrática del Congo, se trata de las armas que se venden en nombre de la “libertad”.

Las élites globales se reúnen y destinan dinero para resolver con más mercado lo que el mercado destruye y con la misma fragilidad de los sistemas alimentarios monocultivados que, a su vez, son regidos por mentes monoculturales. No discuten cómo erradicar la grosera acumulación de tierras y ganancias, actual sentido de la economía agroalimentaria.

No podrá soportar una crisis climática un sistema alimentario en el que nueve especies representan el 66% de la producción agrícola y en el que la producción ganadera mundial se basa en unas 40 especies animales. De las más de 7 mil razas de ganado locales (que se dan en un solo país) registradas en el mundo, el 26% está en peligro de extinción.

La crisis que vive Venezuela, producto del asedio y del rentismo, nos ha dejado lecciones vitales para adelantarnos a lo que ya en el mundo se avizora, es posible sistematizar y aprender de lo vivido desde aquel decreto que nos declaró “amenaza inusual y extraordinaria”. Es cuestión de entender los nuevos tiempos e irrumpir con los cambios, como la vida misma.

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