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El espacio y el tiempo

por Teresa Ovalles
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Tengo es el conocimiento / que me aportan los sentidos

/ con los cuales percibimos / matices del universo*

¿Cómo interpretaría usted la dialéctica de este día de playa? Yo que no me estaba bañando, observaba bajo un toldo. De repente empezó a caer un aguacero. La mayoría salieron corriendo del agua y al rato al reaccionar, la mayoría de estos volvieron a meterse al mar. Estamos condicionados, no lo olvidemos que los titiriteros que maniobran las cuerdas del teatrino del circo nunca lo olvidan.

Intentamos adentrarnos en las reflexiones de Arbert Einstein sobre el universo y, al menos entre nosotros los mediocres en la materia, con el seño fruncido tratamos de entender, lo cual no implica que si al menos no comprendes cabalmente la explicación, las hipótesis no dejen de maravillarte.

La masa es energía y la energía es masa. Espacio y tiempo indisolubles, aunque no te des cuenta. La relatividad del espacio y el tiempo que incluye su percepción. Sin pretender dilucidar los misterios del universo, si me conducen en la realidad a rememorar estos textos que incluí una vez en un libro y que, si me permiten, quisiera compartir:

En una vida que hemos convenido en considerar tan corta es triste desear que un día termine porque nos moleste un momento vivido a regañadientes.

Es triste observar como sacrificamos días tras días para vivir uno, por lo menos uno, muchas veces limitado por aquel que tendremos que matarnos mañana.

Al final de las rutas, cansados y agobiados de danzar bajo amenazas en rituales penitentes, de tanto cadáver diario diremos que hemos vivido tan poco, aunque se tengan cien años sobre los hombros encorvados. Será triste sentir tantos años inútiles tan pesados en la espalda.

Al sacar la cuenta total, tomando en consideración esos pequeños suicidios diarios, muy poco le habremos vivido a la muerte.**

Y este otro:

La casa

De paredes rayadas con garabatos infantiles y objetos susceptibles de ser rotos por esa curiosidad. Con una tinaja repleta de brisa para el sediento. Donde se prefiera los utensilios de arcilla, de madera o de tapara y un mueble, además de la establecida, cumpla la función que tú le des.

Una sala o un corredor con un chinchorro amistoso. De árboles colectivos para el sancocho, la partida de truco o dominó y con los brazos abiertos a quien llega.  De ser posible un roble, un guayacán o un cotoperí o cualquiera junto al conejo y al cachicamo porque para construir esa casa no hizo falta agredir al monte.

Bendita por el frijol, la auyama y la ensalada. Sin jaulas ni peceras, pero con gallinas y sartenes dispuestos. Con mariposas y tucusitos en las flores y pájaros entrando y saliendo de ella con naturalidad y que pasen también las hojas secas riendo con el viento desde el patio hasta el horizonte. Con madrugadas de gallos, de sapos y de grillos y desvelos sin tormentos.

Con matas de sábila, ajises (y ajíes también), culantro, albajaca y en la mesa una cesta de frutas tomadas del solar. Donde en el día las ventanas miren al cielo azul con su sombrero de nubes y al sol de los limones, y en la noche, se apaguen las lámparas para recibir las tinieblas, los luceros o la luna. Tibia en el invierno y fresca en el verano. Con una calle de muchachada bañándose bajo la lluvia o jugando metras o pelotica e goma o saltando la cuerda en el solazo.

Optimista para el viaje y estimulante en el regreso. Liviana, que no encorve, no arrodille ni pese en el camino. Destruible cuando sea insoportable. Ligera, para que en la ausencia definitiva o en el asalto final, otros puedan habitarla, derribarla o reconstruirla a su antojo hasta sin tomar en cuenta sus bases. Simple como el rocío y la alpargata, la cueva de las hormigas o el nido del alcaraván.

Con fantasmas ingenuos y duendes de alegría. Con un espacio para la conversa, el canto, el palpitar de la guitarra y el silencio oportuno. Elemental, sin el confort esclavizante. Libre de ídolos eléctricos y altares de acero. Que viva en mí y viva en ella y no me desviva. Sin barricadas ni trincheras ni muros arrogantes. Sin puentes levadizos ni columnas de hierro. Donde el barro y el cemento no sean enemigos. Capaz de marcharse con el ventarrón un día.

Es tan fácil como sembrar una semilla y tan maravilloso como el nacimiento de una mata.***

Quite y ponga lo que piense según el concepto y aplíquelo a su propio espacio, el país y la vida.

*Gino González. En el pecho se me anidan. (canción inédita)

** Gino González. Del libro: Las brújulas sin rumbo pescando crímenes al fondo de la inocencia. ***Ibidem.

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