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El país que es maíz

por Teresa Ovalles
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Dice el Popol Vuh que “De maíz amarillo y de maíz blanco se hizo su carne; de masa de maíz se hicieron los brazos y las piernas del hombre. Únicamente masa de maíz entró en la carne de nuestros padres, los cuatro hombres que fueron creados”.

Así el libro sagrado de la cultura maya quiché, cuenta cómo los dioses, después de varios intentos fallidos de barro y madera, formaron a los primeros hombres ideales de maíz.

Este grano es identidad, signo y defensa de su pueblo, es imborrablemente sagrado como es la agricultura para Venezuela, entro otros países latinoamericanos. Es legendario y ha acompañado a nuestro país hasta en estos años que unos llaman “crisis” y otros llamamos “guerra”. Darnos cuenta de lo que sabemos o ignoramos los citadinos sobre su procesamiento nos ha recordado quiénes nos privan o facilitan el acto de tenerlo en la mesa.

De la experiencia y resistencia ante la necesidad de producir alimentos sanos y soberanos surge la variedad de semilla de maíz Guanape MFE, obtenida por las comunidades campesinas de Los Médanos, La Florida y La Escondida (de allí viene lo de MFE) después de años de mezclar semillas locales con otras variedades nacionales y con el acompañamiento del INIA y del INSAI.

Además, estos campesinos del municipio Bruzual del estado Anzoátegui (Guanape), de origen indígena cumanagoto en su mayoría, intercambian solidariamente los conocimientos e innovaciones asociadas a su manejo, lo que les convierte en un colectivo mejorador de esta semilla.

Aseguran que es el mejor a nivel nacional por su ciclo de crecimiento, sabor y textura; está adaptado a condiciones de poca agua y fue mejorado para alimentación humana y animal. En una entrevista, el recientemente fallecido Pablo Characo, maestro pueblo de la zona, afirmaba que “La idea es preservar la semilla y no esperar a que vengan semillas de México, Brasil o de otro lugar. Si logramos esto, habremos logrado la independencia. Durante mucho tiempo nos vendieron la idea de que las semillas extranjeras son mejores”.

El maíz proviene de una gramínea llamada teosinte domesticada en los valles de Tehuacán, Puebla, México, las comunidades indígenas la fueron hibridando desde hace más de 7 mil años. Dice el antropólogo venezolano Mario Sanoja Obediente que en nuestro país hay datos y raquis (tusas) tan primitivas como las originadas en México, pero tuvieron que ser trasladadas desde allá, la diversidad de esos maíces primitivos fue dispersada por redes de intercambio de amplio espectro y generó múltiples subespecies en el continente. En nuestro caso, fueron halladas en cuevas de Lara y datan de dos mil años antes del presente.

Desde hace un par de años se desarrolla el plan de ensemillamiento “Sin maíz no hay país” a partir de una articulación entre la comunidad de La Florida, la plataforma Vida Comunal, el Banco Nacional de la Mujer y la Universidad Bolivariana de los Trabajadores Jesús Rivero, estableciendo núcleos de ensemillamiento en 50 localidades de 30 municipios en 20 estados, principalmente Anzoátegui, Bolívar, Distrito Capital, Guárico y Apure.

Las familias campesinas o urbanas reciben la semilla (no se vende) y se comprometen a multiplicarla junto a los bioinsumos y la formación, la bióloga Pauline Arrindell, quien sistematiza el plan, ha procesado datos sobre la cantidad, lugares y las organizaciones populares que la intercambian.

Afirma que “el plan tiene tres fases: el ensemillamiento, el escalamiento y el encadenamiento productivo; el trabajo de sistematización nos permitirá conocer el estado y avances en cada etapa, aún no hemos avanzado en un plan para el resguardo”.

El 90% de quienes intercambian y siembran son organizaciones populares y el fin último es disponer de semillas locales, campesinas, indígenas y afrodescendientes de calidad, garantizar su intercambio y acceso a tiempo para la siembra, bajar los costos de producción y con ello aportar a la construcción de la soberanía agroalimentaria. Para esta gente, tan venezolana como la dignidad, la semilla ya no es una mercancía, se ha vuelto una red de transformación y conocimiento por las cuales transitan utopías que, aunque son germinales, no se detienen como la vida misma.

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