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Tras siete décadas de desarrollo aún hay hambre en el mundo

por Jose Roberto Duque
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Ernest García / 15-15-15

Según diversas informaciones, procedentes de fuentes respetables, la cantidad de personas pasando hambre en el mundo no ha dejado de aumentar desde 2019. También en esto, al igual que ocurre con varios de sus otros puntos, la Agenda 2030 ha descarrilado. Los objetivos del desarrollo sostenible se están materializando como las duras realidades de la insostenibilidad del desarrollo

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Una vez más, la retórica oficial reclama paciencia, insiste en que todo llegará, reitera que es cuestión de tiempo, que esto de ahora es un desafortunado accidente, una penosa secuela más de la pandemia, de la invasión rusa de Ucrania y la consiguiente nueva guerra en Europa, mayor que las que se habían venido sucediendo desde 1990. Ahora bien, puesto que los desafortunados accidentes tienen toda la pinta de que van a ser la norma y no la excepción, tal vez la paciencia no sea lo más razonable. No pretendo que las páginas siguientes ofrezcan un análisis indiscutible, y mucho menos recetas eficaces y practicables. Sí opino, en cambio, que es pertinente tratar el asunto dejando de lado los tabúes sobre las relaciones entre población, medio ambiente y problemas sociales que, durante años, han invitado a obviar las angustiosas dificultades del asunto.

En las décadas finales del siglo XX, todos los suelos fértiles del planeta habían sido ya puestos en producción y las tecnologías de la llamada revolución verde estaban aumentado casi increíblemente la productividad. Y, sin embargo, cientos de millones de seres humanos, seguramente más que nunca antes en cifras absolutas, estaban infraalimentados. El número de víctimas de desnutrición crónica ha oscilado desde entonces entre 800 y 1000 millones. Parece inevitable concluir que el balance de décadas de desarrollo a escala mundial, con sus correspondientes altibajos, no es para echar las campanas al vuelo sino, precisamente, para que no cesen de sonar todas las alarmas. El periodo crucial cuyo advenimiento había intentado conjurar Engels, invocando a la ciencia y al trabajo, había llegado. Para referirse a ese periodo la expresión “crisis ecológica” es bastante exacta, aunque no sé si lo suficientemente dramática.

En 1961, la producción agraria ofrecía 2.196 kcal por persona y día; en 1989, 2.635; en 2013, 2.884. Gracias a la técnica ha sido posible, durante varias décadas, producir más comida por cada unidad de superficie, no sólo poniéndose a la altura del crecimiento demográfico, sino incluso superándolo

Mirando de cara al futuro próximo surge la pregunta: ¿Es razonable esperar que la técnica permita producir de forma sostenible alimentos para diez mil millones de personas? La pregunta tiene una dimensión conflictiva con un claro fundamento material: puesto que la superficie de la Tierra no aumenta, el crecimiento de la población implica que la porción de suelo disponible para mantener a una persona disminuye con el tiempo. Si asumimos que la cantidad de tierra especialmente adecuada para la agricultura está en torno a los 1.500 millones de hectáreas, entonces, en 1961, había 0,49 hectáreas para cada habitante del planeta; 0,19 en 2020; y en 2050 habrá 0,15 hectáreas.

Para el cálculo indicado en el párrafo precedente se ha asumido la población estimada para la variante media de las proyecciones de Naciones Unidas, la correspondiente a una rápida transición a la tasa de reemplazo en la fecundidad promedio en el mundo. Aunque existen algunas discrepancias a este respecto, debidas a diferencias metodológicas y a otras razones (Adam, 2021), las proyecciones de la ONU son las más aceptadas. La constante de mil quinientos millones de hectáreas de tierras agrícolas es asumida en muchos de los análisis existentes, debido a que viene a coincidir con las superficies arables con humedad suficiente y temperaturas adecuadas.

Técnicamente, explican los expertos, podrían ponerse en cultivo superficies muy superiores, asumiendo los costes ecológicos de talar selvas y desecar marjales o la pérdida de productividad asociada a suelos más pobres, con mayores pendientes, válidos sólo para un tipo muy limitado de plantas, etc. Algún estudio eleva hasta cuatro mil millones de hectáreas la superficie potencialmente cultivable (Bruinsma, 2003: 127-131); pese a ello, incluso en ese estudio se acepta que la cifra más habitual, la de mil quinientos millones, es una estimación aceptable de los suelos especialmente adecuados para la agricultura y, por lo tanto, también lo es para las especulaciones sobre cuál puede ser el límite último de los intentos de llevar la productividad al máximo. En la práctica, una parte de los suelos más marginales se cultiva, y una parte de los más adecuados no está siempre en producción. Aun advirtiendo que, en caso de ir más al detalle, todo esto ha de tenerse en cuenta, para una cuantificación sencilla de la relación entre población y superficie cultivable las cifras indicadas en el texto son una aproximación razonable.

La pregunta entonces es relevante: ¿Hasta cuándo podrá reducirse la tierra cultivable por persona? ¿Cuál será la superficie que resulte técnicamente insuficiente? Si la respuesta hubiera de basarse exclusivamente en los datos del incremento de la productividad hasta hoy, incremento debido en buena medida a la tecnología, podría parecer que no hay muchos motivos para preocuparse. En 1961, la producción agraria ofrecía 2.196 kcal por persona y día; en 1989, 2.635; en 2013, 2.884. Gracias a la técnica ha sido posible, durante varias décadas, producir más comida por cada unidad de superficie, no sólo poniéndose a la altura del crecimiento demográfico, sino incluso superándolo.

El estado de la cuestión: un resumen sumario

La responsabilidad del éxito obtenido en el pasado inmediato se atribuye habitualmente a las recetas de la modernización agraria: fertilizantes de síntesis, pesticidas y plaguicidas químicos, irrigación, selección varietal (Jain, 2010). En algunas zonas del planeta, los cambios en las reglas de acceso a la tierra y de control de la producción y el comercio han tenido sin duda una influencia, pero los informes sobre el tema no acostumbran a arriesgar generalizaciones a este respecto.

La productividad ha seguido aumentando, aunque a un ritmo menor en los últimos treinta años que en los treinta anteriores. Al principio de la era del desarrollo, el impacto de las recetas de la “revolución verde” fue muy fuerte. Desde más o menos 1990, para mantener ese impacto, si bien con más o menos sólo la mitad de fuerza, ha sido necesario intensificar la explotación y no dar descanso a la tierra. Más nitrógeno, fósforo y potasio (un 30% más de nitrógeno añadido a los suelos en 2017 que en 1997; un 31% más de fósforo y un 60% más de potasio). Más consumo de agua dulce para más regadíos (58,5 millones de hectáreas más en 2017 que en 1997 equipadas para ello). Hacer que la superficie cultivada cada año se aproxime a la superficie cultivable: el área cosechada en el mundo ha pasado de 1.189 millones de hectáreas en 1997 a 1.262 en 2007; y a 1.424 en 2017 (la fuente de los datos es FAOSTAT, 2020).

La tecnología ha desplazado los límites. Desde que Liebig, el gran agente de la cornucopia en el siglo XIX, descubrió que el nitrógeno es un nutriente esencial para las plantas hasta que Haber y Bosch inventaron la forma de producir fertilizantes en fábricas (Weisman, 2013: 47-51). Y, así, hasta la selección de variedades de alto rendimiento en el CIMMYT (Breth, 1986). Ahora bien, al final, la cuestión no es si la tecnología puede desplazar los límites. Lo ha hecho, y lo ha hecho de una manera que puede calificarse de prodigiosa. La cuestión, ahora, es si podrá desplazarlos todavía más, y hasta qué punto está topando ya con fronteras infranqueables. Nunca se puede estar seguro, claro. Ni en la teoría ni en las aplicaciones. Bernal (2010: 11), el historiador de la ciencia, recuerda que “intrínsecamente […] no hay más justificación para el progreso científico continuado que para el progreso industrial continuado”. Siempre hay que contar con la discontinuidad y la sorpresa. Y lo mismo puede decirse de las expectativas frustradas. Eso no evita que, en muchas de las reacciones sociales, la fe sea más grande que la potencia real de la técnica: ¿Por qué no va a seguir pasando si ha pasado hasta ahora? ¿Acaso no contamos con más conocimientos y más medios y, por tanto, con más recursos para afrontar nuevos desafíos?

En cualquier caso, se ha entrado en una fase en la que los éxitos precedentes pesan como una losa sobre los esfuerzos en pos de éxitos futuros. Precisamente porque las técnicas aplicadas se han mostrado muy poderosas se hace más difícil que la historia se repita. Es el núcleo racional del evolucionismo funcionalista: los costes crecientes de la complejidad. De hecho, no ha habido novedades extraordinarias desde hace sesenta años. La gran novedad de las últimas décadas, el cultivo y la cría de organismos transgénicos, puede aportar algo, si se asumen los riesgos ecológicos y sanitarios que revela la literatura científica más crítica (Séralini, 2012), para cultivar en tierras más secas o salinas, para introducir variedades algo más resistentes, etc., pero hasta ahora no ha cambiado sustancialmente el panorama y parece improbable que lo haga alguna vez.

La archipromesa más reciente, la producción fabril de sustancias comestibles, incluso si acabara dando lugar a recetas factibles, sólo tendría sentido en un mundo de opulencia energética que no se divisa en el horizonte. En cambio, los costes del desarrollo aumentan. Según explica la FAO, “como consecuencia de la reciente y continua expansión, las tierras agrícolas y los recursos hídricos se están agotando” y, por lo tanto, “cualquier aumento en la producción agrícola tendrá que basarse principalmente en la conservación y el uso eficiente de los recursos naturales.” (FAO, 2017: 45).

La erosión de los suelos y la degradación de las tierras constituyen una importante amenaza a la seguridad alimentaria mundial, comprometiendo el bienestar de más de tres mil millones de personas. Se estima que las tasas de erosión en las tierras arables y en las de ganadería intensiva son entre 100 y 1.000 veces superiores a las naturales; y muy superiores, en todo caso, a las de formación del suelo (FAO & ITPS, 2015: 113). Como consecuencia, la tercera parte de los suelos del planeta están ya degradados, como se desprende de una amplia muestra de temas y líneas de investigación sobre el deterioro de los suelos (FAO & ITPS, 2015: 19; FAO, 2019) y más del 90% podrían estarlo en 2050. En muchos lugares, la sobreexplotación de las aguas superficiales está reduciendo el volumen de los lagos y está perturbando funciones ecológicas esenciales de los ríos. Se han excavado pozos durante milenios, pero el consumo a muy gran escala de aguas subterráneas, con extracciones superiores a la tasa de renovación en acuíferos renovables y vaciamiento irreversible y acelerado en acuíferos fósiles, es algo que viene produciéndose con extrema rapidez desde hace sólo algunas décadas.

La cuestión no es si la tecnología puede desplazar los límites. Lo ha hecho, y lo ha hecho de una manera que puede calificarse de prodigiosa. La cuestión, ahora, es si podrá desplazarlos todavía más, y hasta qué punto está topando ya con fronteras infranqueables

El estado de cosas se ha descrito así: “Vivimos en un mundo en el que más de la mitad de las personas viven en países con burbujas alimentarias basadas en la sobreexplotación de los acuíferos. Para cada uno de esos países, la cuestión no es si la burbuja estallará, sino cuando.” (Brown, 2012: 71).

Una secuencia de estallidos de burbujas locales de ese tipo podría dar lugar a pérdidas sensibles en la producción de alimentos. El cambio climático incrementa la intensidad y la frecuencia de fenómenos meteorológicos extremos, agrava la degradación de suelos agrícolas y amenaza con hacer desaparecer algunos de ellos por la subida del nivel del mar. La alteración de las temperaturas desplaza las zonas agrícolas y los insectos vectores de diversas enfermedades.

Al investigar las causas de la subida del precio de los alimentos que estuvo en el fondo de diversas protestas sociales en los últimos años de la primera década del siglo XXI, se llegó a la conclusión de que la degradación del medio ambiente podría hacer que la producción de alimentos hacia 2050 fuese muy inferior a lo estimado en las proyecciones habituales de los organismos de Naciones Unidas: “Si las pérdidas en la superficie cultivable y en las cosechas son compensadas sólo parcialmente, la producción de alimentos podría potencialmente llegar a situarse un 25% por debajo de la demanda en 2050” (Nellemann et al, 2009: 7).

La demanda ha crecido, y sigue haciéndolo, debido al aumento de la población, al mayor consumo de productos de origen animal por parte de los países y los sectores sociales que han accedido al desarrollo (Zhao et al, 2021) y, más recientemente, por los usos industriales, principalmente para la producción de biocombustibles, así como para los planes de reconversión de la sociedad industrial en una sociedad agro-basada, esto es, basada en recursos renovables y en la bioeconomía (Han & Shia, 2021). En las últimas décadas, para satisfacer la demanda creciente, se ha llevado al límite la superficie cosechada y se ha intensificado la explotación.

Como resultado, se ha generado escasez de tierra y de agua, se ha acentuado la erosión y la degradación de los suelos, se han sobreexplotado las pesquerías, se ha reducido la biodiversidad agrícola, etc. De cara a las próximas décadas, hacer aún más grandes esos costes aparece como algo problemático. El largo debate entre presuntos optimistas y presuntos pesimistas, entre quienes eligen o se ven obligados a presentarse como cornucopianos y quienes más o menos a gusto asumen la condición de neomalthusianos, oscurece lo que para un observador externo resulta bastante obvio: ambas partes emiten esencialmente el mismo mensaje. Para la FAO, los problemas de pobreza extrema, hambre, inseguridad alimentaria y subnutrición persistirán, junto con el aumento del sobrepeso, la obesidad y las enfermedades crónicas asociadas a la dieta. De modo que, si se pretende que, mirando al futuro, se pueda producir una cantidad de alimentos suficiente, haciéndolo de forma inclusiva y sostenible, los sistemas actuales tendrán que ser revisados a fondo (FAO, 2017: 46-47).

Para el Earth Policy Institute, la época de productividad creciente, abundancia relativa y seguridad alimentaria de la segunda mitad del siglo XX está quedando atrás y, en la actualidad, se está entrando en una época caracterizada por el estancamiento de la productividad, por una relación más ajustada entre producción y demanda y por la pérdida de seguridad que se deriva de que las reservas cubren plazos más cortos, de que las tierras no cosechadas son pocas y de que están apareciendo frenos a la exportación en países que optan por reforzar el consumo local. Un escenario cuyos efectos catastróficos sólo podrían ser mitigados mediante un impulso político excepcional (Brown, 2012: 114-123).

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–Resumen del artículo publicado originalmente en la revista digital 15-15-15, bajo licencia Creative Commons – BY – SA.

–Este artículo utiliza extensamente la investigación sobre el tema sintetizada en las páginas 609-620 de un libro que he publicado recientemente: Ecología e igualdad: Hacia una relectura de la teoría sociológica en un planeta que se ha quedado pequeño, València, Tirant lo Blanch, 2021.

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