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Piedra, gente y cultura

por Jose Roberto Duque
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Mi glándula de albergar y procesar fascinaciones suele estallar en pedazos cuando recorro la carretera que lleva desde el piedemonte andino barinés hasta el páramo merideño. Ese territorio donde comienzan los Andes majestuosos, la cordillera más grande del planeta, resguarda además mucho del poder creador de los venezolanos. No es pura belleza geográfica, no es goce superficial ante la maravilla del clima; es que además la obra del ser humano contenida allí da para preguntarse y entender cómo diablos hace la especie humana para producir cultura cuando tantas fuerzas pujan más bien hacia su destrucción, en sentido contrario.

En esta reciente incursión con el equipo de La Inventadera encontramos joyas. Una de ellas la anduve buscando durante más de una década, sin éxito, hasta que por fin “apareció” al primer toque de puerta: pude entrevistar y sacarle un largo relato a Isidro Mora, genio campesino o campesino genial que a punta de intuición y métodos artesanales revivió un antiguo molino de 1848 en San Rafael de Mucuchíes. El procedimiento para levantar de las cenizas del abandono a este prodigio de la tecnología del pueblo me recordó lo poco que había leído de los grandes acueductos del imperio romano. Al final de una larga conversa o clase magistral con demostración en vivo sobre cómo se activa el poder de las piedras circulares para convertir el cereal en harina, el señor a quien fuimos a molestar pretendía obsequiarnos varios kilos del producto de su esfuerzo: lleven este trigo, a cambio del tiempo que invertí en regalarles un curso o taller práctico de un arte y oficio milenario.

Juro que en pocos días escribiré en detalle sobre este prodigio, y sobre la tremenda calidad humana del indígena timotes que lo ejecutó a pulso, con su fuerza y su sabiduría cerebral y corporal.

Después, también en ese eje carretero que se desbarranca desde Apartaderos hacia Mucuchíes y más abajo hacia la ciudad de Mérida, nos encontramos con Juan Ramón y su hija, quienes han fabricado a cuatro manos varios de los largos muros de piedra que uno ve cuando toma el rumbo por esa carretera que parece sacada de un territorio de fantasía.

Nos paramos a hablar con la partera más longeva de Venezuela y probablemente del mundo: Carmen Quintero cumple dentro de poco 102 años y todavía acude gente a su casa para sanar dolencias físicas y espirituales con sus masajes, porque sus manos congregan el asombro y la dulzura del oficio de sobadora, rezandera y comadrona. Nos echamos una violenta arrechada porque la casa donde vive este patrimonio de la cultura pre-ciudad capitalista industrial se está derrumbando, y la gente va a visitarla a tomarse la foto y a decirle ay qué linda es usted viejita, écheme la bendición, pero nadie cogió un maldito teléfono para decirles a los coños que gobiernan que le resuelvan la tragedia a la señora. A punta de sobar y rezar nadie consigue una casa decente.

También nos entrevistamos con Pedro Grima, un señor académico de inteligencia serena y desbordante que entendió hace rato que su misión está en la Tierra, así su mirada esté en el firmamento (es el presidente del Centro de Estudios de Astronomía).

Nos reunimos con Yusdely Espinoza, una docente llamada a escribir, narrar y construir la memoria de los grandes constructores de esa Venezuela. Ella vive en esa montaña y escribe para nosotros, en este página, cuando puede y cuando quiere (no la vamos a presionar, aunque ganas nos sobran de sacarle todos los relatos e impresiones).

Nos encontramos con otras noticias e historias más, y no tengo manera de describir el enorme gozo que me producen estas cosas y personas halladas en esa carretera que hemos recorrido tantas veces, y a la que volveremos, porque jamás se agotarán en el páramo los sonidos y las claves de la cultura a la que deberíamos volver como pueblo y como país.

Así que remato con el grito de guerra con que nos hemos acostumbrado a anunciar lo que viene: próximamente, LA HISTORIA, o las historias.

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1 comentario

Pedro Grima 18 septiembre 2022 - 10:43

Gracias por tu comentario hacia mi persona, se hace lo que se puede y lo que no se puede de todas maneras se intenta. En tu es siempre agudo escrito hay un pequeño gazapo: donde dice pulto, debiera ser pulso.

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