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Trapitos al sol | Venezuela siempre ha estado buena

por Jose Roberto Duque
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Penélope Toro León

En la época de la crisis ruda en Venezuela, por ahí en 2016, cuando comíamos arepas de cambur verde con perico de cambur verde, pasé por uno de mis cafés favoritos en el centro de Mérida. 

Todo me extrañaba: que el café estuviera abierto, operativo, que hubiera sobrevivido y que el italiano, (quien muy serena y amablemente me ofreció una de sus variedades de café, como si me leyera los gustos baristas), fuera tan atento y no estuviera con esa cara amarrada, despotricando sapos y culebras de la “situación”, usual para entonces en la gran mayoría de dueños, dueñas de negocios, sobre todo de origen extranjero. 

Con el fin de resolver mi incógnita le saqué conversa al venezolano-italiano, comentándole mi sorpresa al encontrar el negocio paradito y abierto al público. Muchos hijos e hijas de inmigrantes habían tirado la toalla, agarrado sus macundales largándose a los países de origen de sus progenitores/as, afirmé. 

Me miró con tierna determinación, con sus ojos saltones, azules y me dijo, que si Venezuela le había dado de comer las maduras, también con ella había que comerse las verdes. 

Me sentí conmovida. Aquella frase sacudió los vestigios de facilismo que por ahí en algún recodo de mi alma desvariada de la generación “boba”, hubiera estado aun vivo. Así como, seguramente desde algún recoveco se asomó el metamensaje eurocentrista instalado de: “claro, extranjero es mejor que nacional”, para justificar la sentencia del comerciante, tomando partido de aquellas comparaciones donde el ímpetu de trabajo y nuestra inteligencia se ponen por debajo del de personas extranjeras. Todos esos lastres estereotipados, de mensajes que hemos escuchado desde la infancia, están allí y peleamos con ellos a diario. 

Pero, más allá de si el hombre es hijo de inmigrantes o no, lo importante es que hay una autenticidad, una convicción y determinación en cierto tipo de personas que están claras en qué es verdaderamente una nación como Venezuela y no se dejan arrastrar por las mareas de lo contingente. Y eso se nota, se siente. 

Millones de personas queremos, apreciamos y valoramos a Venezuela, más que por lo que ella nos “pueda dar”, simplemente, “por lo que ella es”, tal como cuando “se quiere de veras”. No nos fuimos huyendo en las primeras de cambio, decidimos comer verde y apretar la rosca del despilfarro.

De esto van estas notas. Ese “amor por Venezuela”, que de pronto se esfumó en la crisis inoculada (puesto que desde que tengo uso de razón en este país estamos en crisis). Ahora se ha puesto de nuevo de moda con el: “Venezuela se está poniendo buena”, “amo a Venezuela”, “Venezuela se está arreglando” y estamos contentas, frases hechas (“virales”) que se parecen más a una propaganda de navidad de Venevisión que a un sentimiento genuino.

Esa “matriz” que habla de “este es el mejor país para vivir… Venezuela es el mejor país para progresar, hacer negocios… tenemos todos los climas, los mejores paisajes…” Es un cuento viejo, tan viejo como el tan mentado “Venezuela, tierra de gracia”. ¿Acaso esta no es una frase de un colono? 

Una vez un conocido, hijo de un reconocido intelectual latinoamericano cuyo nombre no revelaré, me mencionó que hay una teoría de que el nombre de Venezuela no es, tal como se nos ha hecho creer, “pequeña Venecia”. El sufijo “zuela”, es de hecho un diminutivo despectivo que puede denotar minusvalía. Hice la respectiva pesquisa y encontré lo siguiente en el diccionario RAE: “suf. Tiene valor diminutivo o despectivo. En algunas palabras no se conservan estos valores”. Ejemplo: (despectivo): mujerzuela, escritorzuelo; (diminutivo): zarzuela, plazuela. 

¿Qué parte conserva cada quien en la interpretación toponímica? ¿La significación que le asignamos a las cosas y las circunstancias no depende en mucho de nuestra percepción del mundo, nuestro mundo? ¿Pasa entonces lo mismo con los estereotipos? 

Claramente, mirar más allá de la inmediatez, es importante para alcanzar metas en la vida, en lo personal y en lo social también. Toda persona, que haya vivido en Venezuela, sea del origen que sea, es bueno que comience a ver más allá de las narices y de lo que está en la superficie, sobre todo cuando el río arrastra unas piedras que hacen estruendo. 

“Venezuela se está poniendo buena”, suena como el marido que se refiere a la esposa madura que se operó y ahora sí, “se puso buena”. O la joven gorda del liceo que hizo dieta y ahora sí, “se puso buena”. Lo viral, suena a Coronavirus. Una gran pandemia ideológica se está regando desde hace tiempo y las vacunas aun no nos brindan protección. 

La sociedad patriarcal asesina cada día simbólica y fácticamente a la Madre, la Madre Diosa, la Madre Tierra, La Madre Matria y a todas las madres de carne y hueso, trabajadoras, quienes hemos sido explotadas, esclavas del sistema, como mano de obra barata, objetos sexuales, en la doble y triple jornada laboral en el hogar y en la calle, sirviendo como trabajadoras domésticas de una gran cantidad de zagaletones, esposos, padres, abuelos, hijos, hermanos, tíos que no saben limpiar una poceta, pasar un coleto o barrer el piso por el que transitan. Y paro aquí porque la lista de incapacidades que a lo largo de la historia ha procurado el sistema patriarcal para los hombres es tan larga que debería mentarse como un tipo de discapacidad especial, pasando por la discapacidad emocional, a cargo de cuya contención hemos tenido que bregar las mujeres por los siglos de los siglos, amén. 

A Venezuela, nuestra gran Matria-Patria, la siguen sobando morbosamente y sin amarla, como decía Alí, y ello es así desde los tiempos de la conquista. Aún intentan matarla cada día, a consciencia o no y este es un crimen no resuelto. 

Revivir la conciencia nacional y el amor matrio también parece ser una tarea cotidiana defendiendo la idea de que Venezuela siempre ha estado y ha sido buena.

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