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Oréstedes, partero: la necesidad guía el arte de sanar

por Jose Roberto Duque
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Penélope Toro León / Fotos Candi Moncada

Misintajero (oriundo de Misintá, Mérida), agricultor, a sus 80 años de edad es reconocido como partero y sobandero, heredad de su madre, Lina Rosa Ramírez

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Nos encontrábamos en el lugar de la luna, Mucuchíes. Salimos del pueblo de mañana en una caminata por la orilla de una amplia carretera, desde donde se divisaban las faldas cuadriculadas de la montaña, terraceadas, a la usanza indígena. Íbamos a La Toma, al encuentro de Oréstedes Espinoza.

Buscábamos a un hombre partero; sabíamos que también era sobandero, pero veníamos con la incógnita de aquella rareza. Llegamos a su casa. Tuvimos que esperarlo; había salido. Las baquianas Yusdely y Jency fueron tras su rastro para traerlo; no andaba muy lejos. Mientras, nos quedamos Candi, nuestros dos hijos y yo en el solar de la entrada, bregando con la mirada de extrañeza de la esposa, María Matilde Sánchez Espinoza, quien con picardía esquivaba el lente travieso de Candi. Por ahí logramos sacarle algo de conversa. El señor Oréstedes llegó solito, también extrañado. No nos esperaba.

Nos hizo pasar a la sala de su casa, en medio del fuego cruzado de dos imponentes altares. Uno de mesa, de San Benito con un trabuco (especie de escopeta de cañón corto) y retratos suyos en liqui liqui. El otro, en lo alto de la esquina transversa, de Santa Lucía, rodeada de tules que semejan un cielo. La esposa y la hija desaparecieron de la escena. La imponencia y robustez del viejo resaltaban aún más por su sombrero gris oscuro, que suavemente alzaba en reverencia cada vez que mencionaba a una deidad. Venia esta que llamó poderosamente la atención de la fotógrafa, pero que a pesar de su empeñado lente, le fue difícil captar espontáneamente.

“Nos contaron que usted es sobandero”, le pregunté ya con el micrófono encendido. Algo me decía que no entrara de una vez en los terrenos de la partería y me le fui primero por la soba. A lo que contestó: “Yo sobé un tiempo, pero orita sí no puedo sobá porque yo tuve un accidente con un animal y antonces con esta mano no puedo apretar. Bastante tiempo estuve sobando por ahí, me llegaban, yo los sobaba y se mejoraban gracias Dios. Pero yo orita sí no. Yo aprendí a sobar prácticamente en el ejército, y eso fue en el año 63 pagando servicio. Se cayó un Teniente po՚ allá y se tronchó un pie, y yo lo agarré a ver, lo matraquié y de una vez se paró el hombre. Le eché tres sobas y se puso a caminar bien gracias a Dios. Tendría yo 18 años”.

Aprender de todo

En la espera anterior, su hija nos contaba de las constantes visitas que antaño le hacían fundaciones de esas que amainan impuestos de corporaciones a punta de “difusión cultural”. En toda la conversa Oréstedes insiste en dar a entender que no hay ninguna ciencia en lo que él hace. Cuando acusamos preguntar: ¿de dónde obtuvo el don?, ¿quién lo enseñó a sobar?, la sencillez y una cierta evasiva en sus respuestas nos deja con más incógnitas.

“Después, por ahí cuando salí del ejército, la gente siempre pregunta. Y yo no sé cómo será que hacen, pero siempre llegaba mucha gente a buscame, allá en el pueblo natal mío que es Misintá. Desde que me casé, me casé no, ¡me casaron! Jajaja. Y eso hace naitica que me casé. Ya tengo 56 años de casado”. Dice con picardía y cadencia, el pausar en el habla, las palabras entre los dientes. Aparentemente, en materia de la soba Oréstedes es una especie de ungido autodidacta, o bien guarda sus secretos.

Y entonces, sin necesidad de preguntarle, como en un alumbramiento distendido, a él mismo se le dio contarnos sobre la partería: “Yo hice de todo gracias a Dios, lo que sí no hice, Jesús me cuide, fue pua allá a meter las manos a donde no tenía que meterlas. Pero de resto lo demás hice yo. Yo a mi esposa la partié en ¡tres partos! No me dio tiempo de salir a buscar el carro, la cosa, antonces tuve que partiala. Por eso es que todavía tengo por ahí alcohol, tijeras, por si acaso cualquier emergencia, el pabilo, el cebo e՚ res, si uno lo pueda hacer, uno lo hace. ¡Si es pa’ favorecer una vida no más! Uno tiene que aprender de todo en la vida jóvenes, no es porque van a decir que las puras mujeres tienen que hacer todo, ¡no! ¡Nosotros los hombres también tenemos que! Y en una cosa de estas tenemos que aportar ¡rápido lo que sea! Una yerna mía también la asistí yo en un parto”.

Dos dedos: la distancia a la que Oréstedes corta el ombligo

–¿Entonces cuántos partos ha atendido usted en su vida?

–Cuatro partos, sí, cuatro que me acuerdo yo, tres de mi esposa y el de la yerna. 

Algunas enseñanzas

Oréstedes cuenta que hace unos 30 años lo invitaron a Mesa Bolívar, a un evento donde participaba personal médico. Dice que se fue “de excursión porque malo no es conocer”. Se hicieron allí simulacros, prácticas de partos y de sobas a mujeres embarazadas: “Y la doctora se puso así, normal, como una dama cuando va tener un bebé. Yo la agarré, le sobé la barriga, le enderecé la cría que la tenía atravesada. Medí, corté [el cordón umbilical], el sebo e՚ res, lo calenté en una vela y eché el chorrito en el ombligo…”.

Su madre le enseñó a atender partos, pero este saber lo adoptó él, no para desarrollarlo como un oficio, sino “por emergencia”, enfatiza una y otra vez. La señora Lina (“alma bendita”, dice cada vez que la nombra) solo tuvo varones y a todos aportó la misma enseñanza. “Ella me asistió a la señora mía en el primer parto, allá en Misintá. Un día en conversa, me dice mi mamá: “Venga acá que yo tengo que hablar con usted” y le dije ¿qué será, madre?… no me vaya a peliar que no le estoy haciendo nada, jaja” y me dijo: “No, es una cosa pa’ bien pa’ usté”. 

Así le explicó “cómo y de qué manera tenía que hacer” por si “no hay un alma que le corte el ombligo, dejan morir un cristiano o se le muere la señora o alguna verga…, así me dijo y yo teniéndole cuidao… Usted amarró por aquí, por esta otra punta y cortó por la mitad con la tijera”. Para evitar que la parturienta vuelva a absorber la placenta, esta se amarra de alguna parte de su propio cuerpo, por ejemplo, de un pie, con los mismos hilos de pabilo con los que su mamá le enseñó a medir y a hacer amarres en el cordón umbilical.

La aparente sencillez del relato, que raya en la rusticidad, no opacaba el misticismo. Como en trance, lo escuchábamos, acaso queriendo encontrar en él nuestros propios rastros ancestrales. “Dice mamá alma bendita: “y si no se espacha ligero, una mujer, que esté dura, como parto seco, no es sino de meterle el mismo cabello de la señora en la boca, pa’ dentro, pa’ que ella llame vómito. Y a lo que ella hace juerza pa’ vomitar, sale la cría”.

También aprendió la soba que hay que hacerle a la parturienta en la “dieta” (cuarentena): “eso hay que sobalas pa’ que la madre [la matriz] no se le ensanche”. El unto de azahar es la receta andina para las sobas, que se realiza a base de mantecas animales y gran cantidad de plantas de la zona.

Ante la pregunta, ¿cómo es que hace usted para saber cuándo el muchacho está volteado y hay que enderezarlo?, dice: “Porque uno sabe… uno no es que llega y rápido todo, no. Uno tiene llegar, agarrarle la barriga a la mujer a ver a ver por qué lao tiene los pies y por qué lao tiene la cabecita. Antonces uno los endereza, los soba bien, pa’ que ellos busquen el camino correcto de salir. Porque mire, los partos más juertes que hay son cuando un niño nace de pie, esos son los más juertes que hay, que ahí se puede morir la cría o se puede morir la madre de la cría que va tener”. 

“Y pa’ las tronchaduras, como le digo, yo tenía pa’ eso una pomada que se compra uno por ahí que viene en un tarro. ¡Eso huele muy bueno! Que llaman crema e’ caballo también y otra que llaman crema e’ res, que es especialmente pa’ sobar reses, pero también un cristiano también se puede sobar con eso. Si total eso es pa’ uno mejorar”.

La receta de este sanador para cualquier hinchazón: “Cuando se está muy hinchado no es na’ más como agarrar un jurapo [semilla] de aguacate, una cucharada ‘e sal, un pedazo ‘e panela, lo pone a hervir, hace un agua miel, que quede doble [concentrada], lo deje que repose, que enfríe la vaina y se pone donde tiene la hinchazón y lo venda y lo deja quieto. La sábila también es muy desinflamatoria. Las hojas las asa uno, tiene un jogón de leña, usted cortó su pedacito de penca, la rajó, le echó un poco ‘e sal y la puso en el jogón, que esté caliente, a que se suasase bien, se la pone y se la amarra y eso deshincha rápido”. 

Muchas veces Don Oréstedes, a quien llegaba con una “trochadura” le mandaba a hacer una placa primero. “No. Me le hacen una placa, porque no se sabe si es partío o alguna vaina que no puede uno bien bonito trabajar. Ultimadamente uno sabiendo organizar un hueso, una fractura, uno lo organiza y se mejora sin necesidad de ir al médico. Eso lo ha hecho yo todo gracias a Dios. ¡Sí!… eso sí es bueno mire. Uno saber organizar las cosas así”.

Mano vuelta y otras añoranzas

De su infancia en Misintá, un páramo más frio que Mucuchíes, cuenta que fue criado con trigo, papa, habas, leche y cuajada. “Yo nací allá en ese páramo, mi tierra es Misintá. Tengo 40 años aquí en La Parroquia La Toma. Pero orita eso está ¡solo, solo! Eso había bastantes habitantes, pura gente buena y eso allá se compartía, ¡así tiniera…! Así tenía uno las cosas, pero la gente le compartía. El trabajo lo hacían entre todos. Antes se trabajaba puro ՙmano vuelta՚, no con plata sino puro ՙmano vuelta՚ [práctica comunitaria ancestral de colaborar mutuamente: alguien me ayuda con una faena y luego yo le colaboro en la suya]. Eso hacían esos sembradíos de papa po’ allá entre todos. ¡Eso era muy bonito!”, dice con añoranza.

En medio de la conversación, ya llegando la hora de partir, vino Doña María Matilde con una bandejita de tacitas parecidas a las tazas con las que jugábamos de niñas, con agua aromática. Portaba suéter y gorrito de lana. Como cosa de hilanderas la conversación giró hacia allá: las ruanas y las cobijas que antaño se hacían por oficio familiar. Don Oréstedes comentó que el tapiz sobre el que su cuerpo reposaba en el sofá lo había tejido un primo suyo: “el finao Marcelino Espinoza”. Para cruzar el páramo, incluso con lluvia, no había como las ruanas o “cameras” que ellos tejían. La lana de las ovejas de la zona hoy día se pierde porque no hay quien la trabaje. Yusdely y la amiga Jency se sintieron en complicidad con doña Matilde, quien es tejedora, pero que opacada por el brillo de Oréstedes, no quiso mostrarnos su trabajo.

Puros varones, los Espinoza tejedores. Con el arte de sobar se quedó también el único varón que tuvo con María Matilde, de catorce partos. Ulises Espinoza, quien lleva el nombre de su abuelo, anda por los 50 años y vive en “los apartamentos”, es trabajador del gas y lo buscan para sobar.

María Matilde accedió a tomarse una foto, con su marido, bajo el manto de Santa Lucía, que es para ella “la que manda y a quien no se puede hacer molestar”, me dijo en susurro, como escondiéndose, en medio del barullo. Sus ojos no susurraron, me (nos) hablan de una mujer carismática.

Pero de nuevo la voz fuerte de Oréstedes se hizo sentir. La conversa giró en torno a la santa y a las tradiciones del lugar. 

“Yo soy paramero, montañero. ¡Ah!, y cuando estuve en esa vaina allá en Mesa Bolívar, me dijeron los médicos: “usted puede quedarse de partero en Mucuchíes”. Y dije no. Eso sí no lo hago yo. Yo lo hace de emergencia, no por más nada. Ya me estaban llenando la planilla, el certificado y todo. Y dije ¡no!, Yo tengo mi trabajo en la tierra, a mí me gusta trabajá la tierra. Uhhh…, me juera quedado de partero aquí en Mucuchíes y dije no”.

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