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El Niño y la Niña, un par de calumniados

por Teresa Ovalles
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La causa del desequilibrio invernal que vivimos en Venezuela, y que ha alcanzado niveles dramáticos y trágicos, es el cambio climático. Algo que no debemos escribir nunca con mayúsculas, para que se convierta en un sustantivo tan común, que nos señale a diario las causas antrópicas de este desastre.

 Y digo Venezuela para demarcar geográficamente esta columna, y que no se extienda hasta donde el cambio climático abarca, que es todo el mundo conocido.

Una familia venezolana descansa de una noche trágica por el invierno en Las Tejerías, a una hora de Caracas.

La gran prensa ha corrido a señalar de estas eventualidades climáticas al fenómeno de La Niña, un enfriamiento de las mareas oceánicas que se llama así porque a su contrapuesto, que es el calentamiento marino, se le llamó El Niño.

Y hasta ahí llega la responsabilidad para las multinacionales de la comunicación que encubren a las grandes corporaciones emisoras de CO2, y que siempre han creído que eso del cambio climático es cosa de comunistas y hippies, que reniegan del progreso porque le tienen envidia a la riqueza ajena.

El cambio climático generado por el desarrollismo industrial es el causante de los desastres invernales en Venezuela y el mundo.

Algunos sectores del capitalismo, un capitalismo ilustrado, como el alemán, se comprometieron a principios de los noventa con cesar las emisiones de carbono a la atmósfera en todo el cordón industrial del Rhin, pasando de usar el carbón como combustible calórico, a usar gas natural ruso.

Pero hoy Alemania tuvo que borrar con el codo sus compromisos firmados en Kyoto, por acompañar a los Estados Unidos en su aventura otanista contra Rusia.

El resultado: las plantas de fabricación automotriz, y las metalúrgicas alemanas han vuelto a quemar carbón de la India, porque se autosancionaron y no pueden comprarle a Rusia el gas que necesitan, no sólo para mantener sus niveles de primer mundo, sino para encender el espíritu de la venidera navidad europea.

En Venezuela he leído a teóricos del clima que han dicho que la tragedia en Las Tejerías ocurre cada 500 años. Con esa exactitud. Creyendo Además que dentro de 500 años tendremos planeta, si seguimos como vamos, consumiendo la Amazonia, frackeando los pozos viejos de petróleo, y llevando el paroxismo a las casas de bolsa con la liberación de las reservas petrolíferas gringas, para desafiar a la Opep.

Durante los dos años de reclusión obligada que nos impuso la pandemia del Covid 19, por las calles de Nápoles corrían jaguares, en Santiago de Chile los pumas dormían colgados de los copihues, y delfines mediterráneos saltaban de felicidad en los canales de Venecia.

Este puma dejó la soledad del Quitratúe y se fue a pasear las calles de Santiago en plena pandemia.

La naturaleza nos estaba enviando un mensaje. En nuestro konuco, a cien kilómetros de Caracas, buscando una costa donde las lluvias insisten hoy en borrrar toda obra humana, vivimos entonces las visitas inusitadas de animales que  ya solo quedaban en los buenos libros de fauna tropical.

Un lince casi nos deja sin gallinas, los monos araguatos y titíes se robaron nuestro maíz jojoto, y las guacamayas desbarataron dos cosechas de mango completas.

¡Fuera de aquí! Nos grita la naturaleza. Pero no escuchamos, no dialogamos con ella y ahora que ya no le tenemos miedo a la pandemia, hemos vuelto con nuestros “soundcars” a las playas, a quemar gasolina como locos, guardamos la bicicleta, y como si nos hubiéramos despertado de un letargo pesadillezco, nos reconforta volver a ver las colas de carros en las autopistas.

Culpar a El Niño por el calor abrasador que seca las lagunas y los ríos, y luego a La Niña de las precipitaciones inusitadas que devastan pueblos enteros porque es que son fenómenos que ocurren con exactitud cada cierto tiempo, es una calumnia.

La culpa es nuestra, seguimos creyéndole a los cantos de sirena del progresismo, a la televisión y a los noticieros prepagados, volvimos  a darle la espalda a lo que enfrentamos cuando creíamos que el mundo realmente estaba en nuestras  manos.

Un delfín nada tranquilo en los canales, por primera vez limpios, de Venecia.
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1 comentario

Gladys Guevara 27 octubre 2022 - 08:24

Si aún no lo comprendemos, nos alcanzará l realidad. A nosotros o a nuestra descendencia. “Vivir mejor, con menos”

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