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¡Verde que te quiero verde!

por Teresa Ovalles
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El pedazo de Amazonia que no veremos más tiene el tamaño de Francia y queda en Brasil. Es más de medio millón de kilómetros cuadrados que antes eran selva y hoy son pastizales donde rumian su fortuna los ganaderos de Sao Paulo.

Bolsonaro acabó en cuatro años el trabajo ambiental que Lula y Dilma iniciaron en 2004 para detener la desaparición de la selva amazónica. Ese año Brasil destruyó 23 mil kilómetros cuadrados de Amazonia, y en 2012 ya habían logrado bajar la destrucción a menos de cinco mil kilómetros cuadrados anuales.


La extracción de oro es el factor más agresivo contra la integridad amazónica. Además de deforestar dejan en las fuentes de agua toneladas de mercurio

Pero volvió el progresismo, Brasil se coronó como primer exportador mundial de carne de res, la soja venció a la selva de la mano del glifosato, y los emprendedores mineros del Mato Groso viven convirtiendo en oro el oxígeno amazónico.

El amazonas es tan importante para el mantenimiento de la vida en el planeta, que su desaparición marcaría nuestra extinción en poco tiempo. En los años 90 ese pulmón asimilaba dos mil millones de toneladas de gas carbónico que nosotros, la vida inteligente, vivimos lanzando al aire.

Hoy no es capaz de asimilar ni la mitad de eso, y el sueño aquel del protocolo de Kyoto, según el cual los grandes emisores de CO2 reducirían sus vertidos a la atmósfera, se diluyó en un par de sanciones impuestas a Rusia, que suministraba gas natural para frenar el uso del gasoil y el carbón como energéticos industriales.

La industria maderera no se detiene y cada año destruye más de 22 mil kilómetros cuadrados de selva.

El mundo se ha calentado aceleradamente, los niveles de evaporación suben en los trópicos y se convierten en fuertes temporadas invernales que parecen dispuestas a borrar toda obra humana de la tierra. Lluvias con capacidad devastadora se están presentando ahora mismo en Venezuela, Colombia, Brasil y el Caribe insular.

En Colombia Gustavo Petro asumió el poder con una determinación casi religiosa, de trabajar para detener la destrucción amazónica. Igual lo dejó ver Lula en su discurso minutos después de haber ganado las elecciones por la presidencia el 30 de octubre pasado.

No es casual que Petro visitara a Lula a las pocas horas de su promulgación como ganador de la presidencia para los próximos cuatro años en Brasil.

Algunos seres humanos han encontrado la forma de vivir en la Amazonia sin destruirla.

Ambos se identifican en el discurso, pero Petro sabe que Brasil  ya recorrió un camino inicial de gestión ecológica que dio resultados, y al cual la comunidad internacional reconoció con financiamiento para seguir adelante.

Pero ambos tienen como enemigos al capital, a los grandes inversionistas en el cultivo industrial de soja que no genera alimentos sino biodiesel para maquinarias utilizadas en otros grandes negocios. Dinero, dinero y dinero.

El congreso brasileño es mayoritariamente bolsonarista, por no decirle otra cosa. Ya están levantados contra la bandera de la protección amazónica que levantó Lula en su regreso.

No le creen a nadie: no le creen a la FAO cuando les advierte que si continúan convirtiendo la selva en pastizales, el cambio climático se llevará sus haciendas ganaderas río abajo. No creen lo que advierte Greenpeace sobre el efecto invernadero que sobreviene a la poca absorción del gas carbónico, que debieron asimilar lo árboles que hoy están convertidos en pisos de parquet, ventanas señoriales y bibliotecas de ensueño en Europa y los Estados Unidos.

El capital no cree en ninguna de estas cosas, sólo cree en los mercados bursátiles respondiendo al alza cuando se concede un nuevo terreno para la explotación forestal, o la cría extensiva de una ganadería que ni siquiera los brasileños disfrutan, pues su orientación comercial es la exportación.

Por su parte en Colombia, con la “guerra contra las drogas” declarada un fracaso por el nuevo presidente, la DEA mira impaciente qué guerra nueva instalar para que se le permita seguir administrando, en medio de la destrucción, las más de 200 mil hectáreas de cultivos de coca destinados al mercado de la cocaína.

“Desmatamento zero” grita Lula. Mientras las Naciones Unidas nos recomiendan cambiar de vida, dejar de comer carne, adoptar formas sostenibles de trabajo, relaciones públicas y descanso.

Y yo trato de encontrar una más apropiada que ésta que llevo en el konuco sin luz, con las tuberías de riego destrozadas por el desastre invernal, y una gallina que insiste en poner sus huevos en la cama del vecino.

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2 comentarios

Mario Quilambaqui 13 noviembre 2022 - 17:57

Algo habrá que hacer, antes de que sea demaciado tarde. En Ecuador el expresidente RAFAEL CORREA, creó un proyecto llamado SOCIO BOSQUE, que conciste en conservar los bosques primarios a un valor de 30 $/ha/año. A mi parecer es demasiado bajo el pago, si se considera que con 50 has en el programa y 1500 $ anuales de bonificación no se puede sostener.

La literatura dice que una ha de bosque retiene 200 Tn de CO2, Si talaria mi bosque, para otros fines, 10000 tn de CO2 irían al espacio. Es justo lo que me paga el estado?

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Odilia León Ramírez 14 noviembre 2022 - 18:27

El horror del Capitalismo salvaje. ¡Ojalá nuevos gobiernos lo puedan detener ! aún, que sea demasiado tarde.

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