Anomia

por Teresa Ovalles
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A Maryclen

En mis años de paso por la UCAB tuve la fortuna de ser estudiante de la investigadora y socióloga Maryclen Stelling. Pienso que el mejor homenaje que se le puede hacer a alguien que ha partido dejando semilla es compartir sus frutos y adjudicarlos a su cepa. 

Ella daba sus clases haciendo analogías con la vida cotidiana y más aún con su vida íntima. Se distinguía por entre un cuerpo docente acartonado, era señalada por ser simpatizante del chavismo y por la agudeza con la que desentrañaba las redes del tejido social, en sus propias relaciones, revelando las controversias con su esposo, sus errores como madre, los desatinos de la generación de “Mayo del 68”, con la que se identificaba. 

Hace poco viví una situación que me ha tocado muchas veces y de seguro a ustedes también. Me topé con personas anómicas. Está de moda acuñar el término “personas tóxicas”, pero este es un estereotipo que considero banal dado su origen de autoayuda. Están en todas partes. Son personas que no saben acatar normas o acuerdos. No logran comprender que las normas existen tácitas o explícitas, en procura de la armonía y la convivencia. Tal parece que les cuesta establecer la relación de conjunto y saberse partes de un todo, lo que en criollo se traduce en: no pueden ver más allá de sus narices. 

Maryclen Stelling

Esta falta de empatía, incapacidad para ponerse en los zapatos de las otredades y que causa la anomia, es frecuente. ¿Quién no se ha topado con estudiantes que obstaculizan el desenvolvimiento de una clase buscándole cinco patas al gato para sobresalir en el grupo?, ¿recuerdas las veces en que no se avanza en un proyecto por aquella persona que busca el conflicto en lugar de la solución?, ¿cuántas veces huimos de esos vecinos, vecinas que se encadenan y no son capaces de escuchar? Y la clásica del transporte público: “¡ruédense!, que atrás hay espacio”. 

Más allá de los factores individuales que puedan incidir en comportamientos tan chocantes, estos rasgos egocéntricos puede que tengan una raíz en nuestra historia. Mucho se ha dicho, en este juego perverso y siempre superficial de los estereotipos:  “el venezolano hace lo que le da la gana y por eso es que estamos como estamos”. Paradójicamente el aparente caos en el que se convierte el devenir social a partir de las formas de la irreverencia es una vieja queja de la misma gente que no es capaz de esperar la luz verde para cruzar. 

De la investigación historiográfica se coló al imaginario colectivo la idea de que esta forma de ser y que nos distingue de otros países de configuración más andina, se debe a la movilidad social ocurrida en el periodo de la Guerra Federal, hacia mediados del siglo XIX. También se le ha adjudicado a la incorporación por parte de Bolívar de sectores populares al Ejército Libertador. El mestizaje en la milicia, eje importante de la anatomía de nuestras sociedades, aparentemente no se dio de la misma manera en otros países latinoamericanos y por ende las estructuras jerárquicas son más fijas, las personas más sumisas y menos altaneras, pero no menos rebeldes. 

Puede que estas características de la andinidad marquen una diferencia entre dos tipos de anomia que no dejan de convivir en el territorio: la caribe, frontal, llana y la andina “por debajito”. En Oriente se infringe una norma y se suelta la carcajada; es como un juego. En Caracas se cruza la línea, se mira de frente y si no gusta, “peor pa tí papá”. En Los Andes las personas no dicen nada, no confrontan ni advierten, pero terminan haciendo lo que quieren, a su manera, haciéndose “el policía e´ Valera”. 

La profe Maryclen siempre decía que el pueblo venezolano se parece más al brasileño, querendón y desenfadado. Se lo atribuía a ese mestizaje. La clásica anécdota del Presidente Chávez abrazando afectuosamente al mandatario japonés era traída a colación en su locuaz discurso. Pero ¿por qué seremos gente tan confianzuda, atrevida y de romper los protocolos? Ponía entonces la Stelling la guinda roja en la torta, con un factor que jamás va a meter la McGraw Gil en sus textos universitarios, ni tampoco iba a mencionar ninguno de sus colegas: la lucha de clases o más bien la tensión de clases. 

En el podium de las amplias aulas de la Católica, frente a una audiencia de no menos de treinta estudiantes, en donde un porcentaje importante pertenecía a la colonia judía, (la cual ella conocía muy bien), explicaba la movilidad social con un ejemplo revelador: una mujer de clase alta nunca iba a asistir a un velorio si no era vestida de negro, portando indiscutiblemente accesorios de perlas blancas, (mientras más alta menos fantasía se admite) y sin tan siquiera pasarle por la cabeza otra alternativa de atuendo. En las clases más pudientes las jerarquías están más marcadas, las opciones más restringidas. Todo está dado, los símbolos que dan cuenta del sistema de valores, hilos que arman la urdimbre de la red sociocultural deben ser notorios y reconocibles. A propósito de esto recomiendo la película mexicana “Las niñas bien” (2018), dirigida por Alejandra Márquez Abella. 

Esta es la tensión dramática que ha movido al mundo desde la caída del matriarcado y de la imposición del pensamiento racional (nacimiento de la tragedia griega). Sigue siendo por mucho la fuente de las historias del cine y de la industria del entretenimiento. Hace poco disfruté la serie mexicana “El encargado”, cuyo papel protagónico es interpretado por el extraordinario actor Guillermo Francella. El personaje, quien es conserje de un edificio de clase alta, teje múltiples redes de mentiras y manipulaciones para lograr sus objetivos. El estilo anómico de Eliseo, es sin duda el no confrontativo llegando a extremos peligrosos. En una sociedad en donde aún existen ascensores exclusivos para la “servidumbre”, a la frontalidad siempre le va a ir mal, hay que trabajar desde la clandestinidad. 

Tal parece entonces que en Venezuela se han ligado los hilos de arriba y los de abajo creando un despelote trajicómico donde todo el mundo cree tener la razón, todo mecánico es médico y los “presidentes” se autoproclaman en las plazas. Yoísmo infantil del que nos quejamos, pero que ha servido para que los abultados egos de la oposición nunca se puedan poner de acuerdo. 

Ese aparente caos, no es tal. La sociedad se compone de un entramado, una red de valores, costumbres y normas que dan un sustento firme y un sentido propositivo a la misma, formando un todo coherente. Eso que creemos caótico y el famoso “bochinche, bochinche” no solo es parte de nuestra esencia, sino que obedece a causas también sociales y va para alguna parte.  ¿A dónde? Es difícil determinar, pero tal vez se trate de una deuda social con el auto reconocimiento que nos ha faltado como pueblos sometidos, excluidos y afectados en el amor propio. Puede que esta anomia sea un fogaje que expresa, sí, una especie de egocentrismo adolescente no superado, pero que bien pudiera estarse refrescando en la medida en que nos reconfiguramos como sociedad, establecemos nuevas formas de relacionarnos, de normar, de consensuar. Aunque haya especímenes resabiados, creo que estamos por fin abandonando el deseo de figurar y envidiar las perlas. De construir de manera serena y abierta a partir de un ser cultural propio una sociedad en donde podemos alcanzar la conseja rodriguesiana: “piensa en los demás para que los demás puedan pensar en tí” y tal vez ir como Maryclen y Penélope, (la de la Odisea) destejiendo la urdimbre que nos impusieron.

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