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Walterio y las batallas del cuerpo

por José Roberto Duque
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Fui a ver a Walterio Lanz, el gran Walter, ahora golpeado por dos o tres enemigos, activados en sus propios adentros, que se empeñan en doblegarlo. Lo encontré de buen humor y con ganas de hablar de uno de esos enemigos: la diábetes. Se pregunta el viejo sabio cómo es posible que sigamos rindiéndole culto masivamente a una sustancia o producto que nos está envenenando, como el azúcar, pero que además (y aquí su mayor amargura, que no es el abatimiento corporal) tiene un origen y una vocación esclavista.

“Yo agarro un mapa del Caribe y de Brasil y me da una arrechera”, confiesa el pana, haciendo un recuento mental de cuánto genocidio y segregación de nativos locales, cuánto secuestro de gente de África y cuánta devastación de naturaleza virgen debieron perpetrarse durante siglos, sólo para difundir por el planeta la droga más letal de todos los tiempos, el veneno más apetecido, el destructor por antonomasia de la salud y de las sanas costumbres gastronómicas anteriores al actual modelo “civilizatorio”.

La fiebre de la caña de azúcar, en efecto, estalló en América a partir del siglo XVI, cuando la Europa hambrienta de experimentos comerciales (el juguete nuevo del capitalismo estaba cortando fino) consiguió adaptar variedades de la planta, originaria de Asia y La India, en estos territorios. Para cubrir la “necesidad” de poner a funcionar grandes plantaciones para satisfacer el hambre hemisférica de la nueva droga, fue preciso secuestrar masivamente al ancestro africano. A esa perversa “lógica”, a esa “racionalidad” se debió el mayor holocausto sufrido por la especie, y la difusión de una industria que destruyó el paladar humano antes de destruir la calidad de su sangre y sus procesos orgánicos.

El resto de la pelea se produjo y se produce cotidianamente en el cuerpo de nosotros, los adictos al azúcar: ¿cómo entender y cómo explicar que, a pesar de saber que estamos consumiendo un veneno mortal, lo seguimos consumiendo? Una cosa es el proceso industrial, que ya sabemos que se mueve porque el flujo de capital es otra adicción planetaria indetenible. Pero, ¿qué nos mueve a nosotros, personalmente, a no rechazar ese elemento destructor de vidas?

Tal vez la mayor eficacia de esa arma de destrucción de cuerpos reside en su lentitud; el azúcar te jode tan lenta y silenciosamente que pareciera no dañarte, e incluso pareciera hacerte bien, porque su consumo es un disfrute.

Lo mismo podemos decir del capitalismo, como sustancia pegajosa y difícilmente extirpable: así como no hay proceso capaz de sacarte el azúcar del cuerpo (y de las ganas) tampoco hay dispositivo para sacarte de ahí, de los adentros, al enemigo mayor. Porque el capitalismo ya no es un sistema económico, ni una ideología ni un puñado de empresas, ejércitos y gobiernos: el capitalismo es una cosa que se ha instalado en nuestros cuerpos, reside allí, aquí, profundamente, casi indisolublemente. Quitarse algo del cerebro o matar algunos vicios y tentaciones del pensar y del decir, a punta de conciencia, es bastante realizable. Pero sacarse del cuerpo lo que ya es costumbre y alucinación colectiva es prácticamente imposible. He oído y leído a personas muy conscientes y defensoras de los principios revolucionarios defender, con el mismo ahínco y mayor naturalidad, su derecho a tener vicios.

Le rendimos culto a los alcoholes industriales, a los placeres gastronómicos más fatuos y a sustancias deplorables, con el argumento de que rechazarlos es ridículo y retrógrado. Hay gente que habla como el Che Guevara pero vive como un súbdito de Pablo Escobar. O de cualquier empresario de los que se llenan con la venta de alcoholes y otros desmanes: eso es tener al enemigo instalado, atornillado, incrustado en el cuerpo, en niveles muy profundos de la materia física que nos integra.

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A Walterio, uno de los sujetos más geniales que he conocido, le ha dado por reflexionar sobre ese tema ahora, porque tiene tiempo de sobra para ese análisis. Tal vez lo pensó también cuando andaba disfrutando de mejores condiciones físicas, pero el tiempo del desenfreno y el disfrute no nos permite calcular los riesgos y mucho menos en ahondar en ellos. El Walterio anda librando ahora mismo una batalla personal y seguramente la ganará, pero si multiplicamos esa batalla por los millones de combatientes que nos estamos dejando ganar el panorama general no se ve bueno, por ninguna parte.

¿Cómo entender y cómo explicar que, a pesar de saber que estamos consumiendo un veneno mortal, lo seguimos consumiendo?

Lo escribe ahora, empujado por unas pocas palabras de Walter, alguien que también está consciente de haberse atiborrado, durante más de medio siglo, de esa y otras lentas bombas de tiempo, que algún día estallarán. Pero mientras estallan, pues le sigue (le seguimos) rindiendo culto al azúcar esclavista y colonial mientras hablamos de descolonialidad, y emborrachándonos cada vez que se puede así nos caiga horriblemente mal la caña, porque la propaganda nos convenció de que los abstemios son una parranda de güevones que no saben disfrutar de la vida, “así como la disfruto yo”.

Habrá que analizar cuánto daño nos ha hecho enterarnos de que los grandes referentes de la literatura, las artes e incluso del deporte han sido una cuerda de borrachos y adictos a cualquier cosa. Crecí en una generación que pareció estar convencida de que para escribir como Allan Poe, Dostoievski y todo ese ranking de malditos “inmortales” con obra excelsa había que ser alcohólico y autodestructivo como esos tipos y sus personajes. Todavía conozco a varios que se autodenominan “bohemios” porque les gusta beber y escuchar música mientras beben. Pero ni de vaina les gusta la idea de dormir en un container de basura, quedar inutilizados por la sífilis y tener que defender a cuchillo el derecho a comerse un pan encontrado en la basura: creen que ser bohemio es beber mucho y recitar poesía y encontrar putas que leen. Qué mal nos hizo Rayuela.

Y después hablamos del monte: ahora hay un discurso loco y estúpido que sostiene que si no fumas marihuana entonces estás contra el aborto y contra el matrimonio igualitario, y entonces no puedes llamarte revolucionario.

Puro autogol al que no vale la pena ni intentar encontrarle sentido.

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3 comentarios

Freddy Orea Lanz 26 mayo 2023 - 16:21

Y todavía la gente me dice loco cuando me ven tomando café sin azúcar. Mi tío Walter siempre tuvo razón.

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Vladimir Manuel Mujica 19 enero 2023 - 14:06

Excelente..!!

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master 26 noviembre 2022 - 16:35

Excelente. Me parece que es uno de los pilares de la esclavitud desde el metabolismo de cada sujeto, varios andamos en ese estudio bien cuestionador.

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