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Imposición de manos y secretos ancestrales en Dominga Villarreal

por Jose Roberto Duque
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Sobandera jovial, ha sabido combinar un saber antiguo con técnicas modernas como el drenaje linfático, los masajes antiestrés y reductores. Viene de familia de agricultores y mujeres “con el don”

Penélope Toro León / Fotos: Candi Moncada

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Sus ojos amielados brillan como cocuyitos cuando menciona a Gavidia, pueblo donde nació y dice que es el único lugar para encontrar las plantas necesarias para los ungüentos que aprendió a preparar con su tía Eugenia, comadrona.

Sus manos dan cuenta de ser una mujer fuerte, pues también fue agricultora, con cuyo trabajo crió a sus tres varones y a su hija Diana, actualmente su aprendiz. María Dominga Villarreal Rangel le atribuye algunas de sus cualidades a la forma en que nació: “Yo no nací en un hospital. A mí me cortaron el ombligo con un cuchillo y me lo amarraron con un hilo de torno, porque la comadrona, que era mi tía Eugenia, que en paz descanse, no encontró nada porque se puso nerviosa, entonces mi mami se atendió ella misma el parto. Y por eso es que yo digo que yo soy una mujer muy guerrera, trabajadora, humilde, me gusta trabajar con la gente, con los niños. Yo todo el que llega lo atiendo”.

Dominga ejerce la práctica de la “soba” tal y como es costumbre en la mayoría de personas que curan con las enseñanzas ancestrales: reza, soba e impone las manos. Cuando menciona su “tendencia” se la atribuye principalmente a sus abuelas materna y paterna, Asunción y Luisa. “El primer mal de ojo que yo sobé fue a los 20 años, una niña que llegó muriéndose. Yo no sabía nada, no tenía conocimiento y nunca había puesto las manos en un bebé o en un cuerpo. Le hice la oración que mi abuelita me enseñó y esa niña se curó. De ahí para acá yo empecé a sobar el mal de ojo, el cuajo caído, la tronchadura, la partidura, las cuerdas encogidas… me gustó mucho ese trabajo y yo dije: por algo mis abuelos me enseñaron. Eso es un don, Dios tiene un don para cada uno, una inteligencia. Todos somos muy inteligentes, pero todos no tenemos la misión por lo menos de sobar”.

Su trabajo comienza por los rezos y la encomienda a las deidades. Aprendió que el rezo del “sellamiento”, es lo primero, y cómo debe ser la soba para cada dolencia, si hacia abajo, hacia arriba, si se recoge o se suelta. 

La ciencia popular

Por región hay un sistema de conocimientos compartido por quienes practican un saber. En él hay un lenguaje que incluye, como en toda ciencia, denominaciones y características de los padecimientos, sus peligros, sus causas y los tratamientos indicados.

Dominga comparte el suyo con mucho detalle y sin prácticamente ninguna reserva. Trabaja bajo el principio de la integralidad; toma en cuenta como base fundamental de las dolencias, la acumulación del líquido corporal, enfocándose primeramente en la columna y el comportamiento del mismo alrededor de los discos. Dice que la mayor parte de la gente acumula la presión por los contornos del cuello a causa de que ese líquido porque se “corre” alrededor de la cervical. En consecuencia, por allí comienza a trabajar, va bajando a la columna, observando, diagnosticando el estado de los discos y del líquido a su alrededor. 

También utiliza, como en la reflexología, algunos puntos en los pies y manos para determinar cuáles son los órganos internos que se encuentran inflamados y así recetar bebedizos o cataplasmas. Explica que la acumulación de la tensión y las cargas emocionales ocasionan diversos problemas de salud.

Padecimientos y sus curas

La mal de madre: le ocurre a las mujeres y se debe a “algo que uno tiene por dentro y que desprende, al desprender hace para nacer como un niño o sube a ahogar”. La causa es la debilidad y para la cura se establece un circuito que va desde la base del cráneo al vientre. En ambos extremos se coloca un ungüento llamado “confortativo” más una cataplasma de tortilla de huevo para fortalecer, con todos los aliños dulces (canela, clavo y guayabita) y matas aromáticas. El objetivo es evitar que “se riegue”. La soba es recogedora, hacia el centro (útero). A su vez se da a tomar un bebedizo de malta y aliños dulces, para expulsar. Esta se trata en la casa de la paciente por tres días. 

El padrejón: Es igual al mal de madre pero en el hombre y se trata de una pelota que “da a ahogar”, la persona quiere vomitar, no puede y siente que se ahoga. La causa es por un antojo (capricho), por un susto o una rabia. La soba es hacia abajo para recoger. 

El cuajo caído: los niños y las niñas tienen un huesito en la parte baja de la barriguita, cuando se asustan o pegan brincos fuertes éste se les desprende, se les hincha el estómago, da fiebre y diarrea. Hay que recoger y se colocan cataplasmas de huevo batido a suspiro. Se le da a beber aceite de comer con un poquito de sal. Cuando tienen mucha fiebre se recomiendan las plantillas (cataplasmas en las plantitas de los pies) de distintas matas.

El mal de ojo: existen varios tipos y se trata de la absorción por parte de un niño o niña de una energía muy fuerte. El más común es el de la misma familia. “La madre cuando está dando de mamar no puede estar asustada, no puede agarrar rabias, no puede estar calurosa y tiene que estar bien alimentada para que al niño no le caiga nada de eso”. Una persona que admira al bebé sin encomendarlo a Dios, le puede echar mal de ojo. Otra forma de adquirirlo es de cualquiera le profiera rabia o envidia a una persona cercana, si esta última se le acerca, la o el bebé puede absorber esa energía venida de un tercero (su enemigo). 

En este sentido se encuentran el mal de ojo tapao, el negro, el bobo y el cruzao. El mal de ojo negro es el más fuerte: el bebé se hincha mucho y le brota un sarpullido como el sarampión. El bobo es cuando los bebés están decaídos y se dice que “viene de mujer”. El tapao es que el bebé no excreta. A veces se cruzan viniendo de hombre y mujer y es cuando se dice que es cruzao. Las sobas del mal de ojo son tres y se hacen recogiendo en el sentido de las agujas del reloj, hablándole al bebé con suavidad.

La culebrilla: de esta también hay varios tipos y se debe a una persona que le hace maldad a otra de forma intencional a través de prácticas de brujería. Si la persona está fuerte y no la recibe puede agarrarla alguien cercano que esté más débil. La culebra que da la vuelta y se cierra alrededor de la cintura, es trabajada de manera sistemática por la persona que ejerce el maleficio: “Nosotros que rezamos la culebrilla, tenemos que saber por dónde empezar haciéndole las cruces por donde ella va para que no pase”, (para que no cierre). La yerba mora, con pólvora y miche, son los remedios indicados en estos casos. Aquí en esta parte de la conversa Dominga se puso más seria y dijo que el resto de las técnicas: “…sí es secreto”. Explica la mística del secreto, que es también indicado por los ancestros y ancestras, qué se puede revelar y qué no.

Tronchaduras (torceduras de articulaciones): estas y las fracturas se soban y se drenan, incluso cuando llegan con los clavos ella drena el líquido que se acumula a su alrededor.

Los “ingüentos” o ungüentos: su tía Eugenia le enseñó a hacer el “unto de azahar” y “los confortativos”. Dominga los prepara solo en Gavidia, no solo porque la materia prima está allá sino porque es el ambiente propicio. Las mantecas, son el cebo de ovejo, de res y de cochino. Las hierbas son las matas aromáticas, romero, yerba buena, mejorana. Otras son desinflamatorias, como la uña de gato que también se puede consumir y es un antibiótico, el diente de león para desinflamar el colon, el perejil lo indica para el hígado. El diente de león se toma nueve días y el perejil se toma licuado con limón y pepino, para que “eso vaya soltando, es como un drenaje para limpiar las venas”. 

Difícil de creer, pero en ese ungüento ya no permanece ningún resabio de olores animales. Es realmente un aroma delicioso y poderoso.

La contra para bebés: se pone a hervir en agua bendita, tres cruces de palma bendita, un punto de oro y tres clavos de acero bien lavados. Se le da a tomar tres veces con tres sobas.

Gavidia: magia de altura

De las poblaciones del Páramo, Gavidia tiene algo especial. Siempre da que hablar y Dominga reiteradamente se refiere a la magia y al potencial que encierra esa población. Su gente pareciera preservar sabia y celosamente las enseñanzas que la dominación colonial ha querido desaparecer. Allí vivió gran parte de su vida. Cuenta que desde pequeña vivía pegada a los hombres y mujeres que se dedicaban a las sobas en su familia, que eran bastantes, por cierto. Habla de su pueblo natal con añoranza y lamenta no poder vivir allá, pero la pérdida reciente de padre y madre hace que se entristezca con los recuerdos. También la fuente de trabajo ahora está en Mucuchíes. Vive allí con su hija y sus nietos.  

Las tarifas de Dominga también están modernizadas. Actualmente y con mucho entusiasmo vive de su don. Cobra por su trabajo y cuenta que antes las abuelas también lo hacían, pero con el método del trueque: “…nunca se llegaba con las manos vacías a las sobas. Usted me da, yo le doy”.

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