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Veinte años de ventaja le sacó Walterio a la muerte

por Teresa Ovalles
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Anoche mismo, antes de la batalla decisiva en un campo de bisturíes y aparatos quirúrgicos, confirmó cuál era su deseo en caso de no pasar la prueba: que incineraran su cuerpo y que sus cenizas fueran a mezclarse con la inmensidad del Orinoco. Así será cumplido y acatado.

También ha dicho: “Cuando yo nací la esperanza de vida era de 50 años. Ya tengo setenta y pico; le llevo una morena de veinte años a la muerte”.

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El dato más formal que podemos difundir sobre Walterio Lanz Gómez (Walter, para mucha gente del pueblo), es que nació el 3 de marzo de 1950, y su cédula informa que era casado. Vino al mundo en el pueblo de El Tigre, aunque su “tumbao” al hablar delataba una mezcla de sonoridades larenses y llaneras con eventuales incrustaciones andinas. Así que Walterio era de Venezuela. Salvados esos números y referencias que atestiguan legalmente su paso por un país y un planeta con instituciones y registros, todo lo que vale la pena decir y recordar de Walterio viene recubierto por las carcajadas y la limpia admiración de la gente que lo conoció.

El homenaje a su memoria y a su obra no debe ser formal, oficioso o apegado a documentos, sino purito aguacero de remembranzas, chistes de un humor violento y prístino, y serios desafíos. Alguna vez quiso barnizar de formalidad sus creaciones más metódicas, la Escuela Popular de Semillas y la Escuela Popular de Piscicultura. Les puso esos nombres, a sabiendas de que esas iniciativas nunca serían reconocidas por la Academia, pero consciente de un dato que no es prepotencia sino orgullo y altivez: la escuela era el pueblo y el maestro y estudiante era él mismo. No se busque entonces ningún registro formal de esa construcción de métodos y propuestas para la soberanía alimentaria, porque no es formal el alcance ni el impacto de esa insólita iniciativa.

Su aporte central a las luchas del ser humano por un planeta habitable y más justo estuvo relacionado con la semilla campesina y la proteína animal. Era un propagador de semillas y en esa faceta se le puede comparar con los pájaros; no había pueblo de Venezuela adonde mucha gente no recordara haber recibido de sus manos germoplasma en físico, información sobre lo que ese puñado de granos significaba para el acervo cultural e histórico de Venezuela, e instrucciones sobre el manejo y el tratamiento que esa semilla merecía o requería. Maestro de maestros, su interés central era enseñar pero además asegurarse de enseñarle cosas a gente que pudiera enseñar y formar a otros más adelante.

Lo mismo con su obsesión de varios años, la reproducción y el fomento del cultivo de cachamas y otros peces comestibles por todo el territorio: te entregaba los alevines y junto con los alevines la explicación de qué significaba eso para la cultura, para la vida, para la guerra y para el futuro.

Así como se multiplican el maíz, la tapirama y los muchos frutales en peligro de extinción y olvido; así el relato sencillo y clarito, y desmesuradamente profundo, de la enseñanza del gran Walterio, ha cogido carretera y se seguirá propagando por los pueblos de Venezuela, que al final son los mismos pueblos de gente oprimida y segregada de todo el planeta.

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En sus tareas de enseñanzas con el cultivo de la cachama.

Como a todo sujeto de su calidad energética, para llevárselo de este plano debieron confabularse varios enemigos mortales: la diábetes, algunos achaques producto de la edad y de su manera un poco o bastante silvestre de encarar la vida. Mucha gente no comprendió o no logró la debida conexión con sus enormes convicciones, y por eso interpretaba mal, e incluso se espantaba, de su decisión de no hacerle ni un milímetro de concesiones a la industria de los cosméticos o la industria textil. Walter se vestía con lo que encontraba o le regalaban y olía a ser humano en estado de rebelión. Muchos confundieron esta decisión y esta condición vital con abandono y pobreza, cuando en realidad era la batalla del hombre contra las convenciones.

Alguna vez tuvo una casa “propia” en Yaritagua. Pero como su vena viajera, su misión formadora de pueblos (de los que también aprendía a cada rato) era torrente indetenible, una vez andaba por el hato Marisela y alguien le recordó que tenía aquella casa abandonada. Hacía cinco años que no regresaba a ella. Su dictamen al respecto fue: “Si uno no sabe lo que es una casa se le puede convertir en una cárcel. Esa es una responsabilidad que o la dejas o la asumes completa. Si vas a andar por ahí preocupado porque tienes que ir a atenderla entonces ya eso es una prisión, así no vale la pena”. Su casa era entonces las múltiples casas adonde fue un honor y un privilegio tenerlo de huésped o de pedagogo.

Walterio nunca dejará de sonreir.

Sus últimos meses los pasó en las instalaciones del IVIC, institución que lo acogió con dignidad; por algo y para algo estamos en Revolución. Allí mismo varios de sus amigos más entrañables crearon un voluntariado de apoyo para que el hermano tuviera al alcance cuanto necesitara. No murió desvalido ni en el abandono; se dio más bien el lujo de abandonarnos a nosotros, el gran carajo. Se marchó en luna plena, llena, como llenos de pescaoʼs están los raudales y el viaje para siempre del Orinoco, adonde iremos a depositar sus cenizas según su última voluntad.

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1 comentario

Freddy Orea-Lanz 12 marzo 2023 - 09:01

Un gran hombre, un gran maestro, un gran ser incomprendido por muchos. Hizo lo que quiso y lo hizo bien.

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