La comida cara

por Jose Roberto Duque
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Los precios de los alimentos están por las nubes. Eso parece un lugar común, y de hecho lo es, pero también es cierto. 

Y no hablo de los alimentos que todavía podemos comprar en una feria del barrio, en un mercado del pueblo o en una vereda de campesinos y conuqueros. Me refiero a lo que el común de la gente entiende por alimentos: eso que está exhibido o empacado en un supermercado.

Colombia, nuestro vecino de al lado y referente, para lo malo y lo bueno, es un país productor de alimentos. De las dos clases de alimentos, los que salen del “encadenamiento productivo tradicional”, y los que salen de un conuco directo a la cesta o al bolso de alguien que salió a buscar un kilo de yuca “con los centavos estrictos”.

Todavía colecciono los mensajes de muchos amigos venezolanos que se fueron a Colombia cuando Polar escondió la harina PAN, y se tomaron fotos en los anaqueles repletos de los supermercados de Cúcuta, al lado de peligrosas pilas de harina, de pastas, de arroz, de mayonesa, y otros “alimentos”.

Bueno, hoy ese país hiperproductivo vive uno de sus procesos de carestía más aterradores de los últimos tiempos. Un kilo de queso a 12 dólares, un kilo de carne a 15 dólares, huevos, en una de las industrias avícolas más grandes de Suramérica, a 6 dólares el cartón.

¿Y qué pasa? Si la hiperinflación está es en Venezuela, no allá, donde son tan amigos del dólar que hasta tienen dos tasas de cambio.

Pues pasa que la agroindustria está cobrando sus compromisos. Pasa que todo lo que nos dijeron que lograría el Tratado de Libre Comercio, por allá por el 2005 cuando la policía uribista nos desbarató a palo, a plomo y a gases toda nuestras manifestaciones contra el TLC, está sucediendo, pero al revés.

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El departamento de Córdoba, uno de los rebaños de ordeño más grandes del país, tiene el queso más caro del mercado. Y el queso blanco, el popular, el de comer con yuca o rellenar una arepa.

¿Qué está pasando?. “La producción nacional tiene que cumplir sus compromisos internacionales, porque Colombia es un país que cumple”. Traducción: los grandes consorcios lecheros como Colanta, propiedad de Álvaro Uribe, o Codegan, propiedad del paramilitarismo costeño, o la federación de ganaderos en general, están mandando la leche cruda para los Estados Unidos y Europa.

Y no sólo la leche, también los plátanos, para que hagan fécula para alimentación animal, la yuca para producir biodiesel. Y lo poco que queda está a merced de un sistema de comercio anacrónico, desligado del campesino, pendiente de la cotización en la bolsa de sus franquicias. 

Un sistema de comercio que sólo sabe revender, que es cómplice de la banca, y que no tiene la menor intención de convertirse en alguna cosa un poco más humana. Eso es lo que pasa.

Ya en Venezuela, el día que el presidente Maduro le presentó a la Asamblea Nacional venezolana, y al país, su memoria y cuenta del año anterior, escuché de alguien a quien le cedieron la palabra, algo triste: que “…el 2018 había sido el peor año para la agricultura nacional venezolana”.

Que afirmación más triste para mi familia y para mí, que estábamos en el konuko, pendientes la alocución presidencial.

¡Ese año decidimos dejar la ciudad e irnos al monte a sembrar! Ese año conocimos a una Venezuela que resistía sembrando hasta en los balcones y a diario el Sistema perdía hombres, mujeres, niños, familias enteras que encontramos en la tierra el punto de partida que estábamos creyendo perdido.

Ese año no puede ser el más triste para la agricultura, me pareció una afirmación hecha para que los cuenta habientes de los grandes fondos agrícolas, que estaban muy cerca, movieran la cabeza afirmativamente y dijeran después lo mismo que dijeron los agroindustriales colombianos en 2005: es que la producción masiva de alimentos es la solución al problema de la carestía y la especulación. 

Y sabemos que no es así. Colombia es sólo un ejemplo de muchos. Una solución es el minifundio, el conuco, la tecnificación, los procesos de encadenamiento más humanos y reales, la ciencia para vencer al capitalismo. 

Producir nuestra comida es parte de la solución, porque hacerlo es el principio de la derrota del Sistema, porque cuando producimos yuca, caraota o maíz, no sólo estamos produciendo nuestra comida, estamos produciendo el inicio de nuestra verdadera libertad.

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