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Al encuentro del celacanto, a 84 años de su “reaparición” (Ruta Marina II)

por Jose Roberto Duque
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Hoy (16 de febrero de 2023) se cumplen 84 años de un hito importante para la ciencia: la identificación de un animal que se creía extinto hace 65 millones de años. En Cumaná se conserva un ejemplar; es el único de su especie en América Latina. Las niñas y niños del Semillero Científico pudieron y pueden verlo allí en el Museo del Mar

Nelson Chávez Herrera / Fotos: Félix Gerardi / Foto de portada: niñas y niños del estado Sucre observan al celacanto

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Las niñas y niños de la Unidad Educativa Don Rómulo Gallegos esperan expectantes en la entrada del Museo del Mar, para la segunda etapa de la Ruta Marina, etapa importante del programa Semillero Científico, en el estado Sucre. 

Este museo fue fundado el 12 de octubre de 1984 por los profesores José Luís Naveira y Julio Eduardo Pérez, con las colecciones del Instituto Oceanográfico (IO). Empezó funcionando en las instalaciones del antiguo aeropuerto de Cumaná. Dato curioso: el taxidermista, Pablo Figueroa, hacía su trabajo en la torre de control. Luego del terremoto de Cariaco en 1997 estuvo cerrado. Desde 2005 empezó a funcionar aquí, en el Complejo Cultural “Luis Manuel Peñalver”, conocido popularmente con el nombre de su teatro, “María Rodríguez”, perteneciente a la Universidad de Oriente (UDO). 

Las niñas y niños que lo visitan tienen entre siete y nueve años. Ya han pasado la primera etapa de la Ruta Marina, titulada “Del agua a la tierra: un mundo de adaptaciones”; han cursado su clase en aula, aprendido sobre la tipología de los peces, sobre su evolución y adaptación hasta originar los primeros anfibios y vertebrados. También han realizado su práctica de disección de animales en el laboratorio móvil del CENIPA (Centro Nacional de Investigaciones de Pesca y Agricultura). En esta segunda etapa podrán observar de cerca cientos de especies marinas existentes, animales amenazados de extinción y especies posiblemente desaparecidas. Busca sensibilizarles hacia la conservación y protección del ambiente, complementar los conocimientos, cooperar con su formación académica y estimularlos hacia el estudio de las ciencias, fin y misión del plan Semillero Científico.

La directora del museo, doctora Johanna Fernández, da la bienvenida. Manuel Centeno, tesista de la licenciatura en biología, será su guía. Se les pide ir despacio. El ambiente interior es oscuro, la luz apunta sobre las vitrinas; dos enormes esqueletos de ballenas colgados en medio del inmenso salón son la primera gran impresión.

Una clase en movimiento

Manuel Centeno capta y fija la atención de niñas y niños. Les hace pensar sobre las especies, les hace preguntas, les hace reír, les recuerda los animales de las películas infantiles y les muestra cómo son en realidad.

–Los dinosaurios de la película aquella… ¿cómo se llamaba la película?

– ¡Parque Jurásico!

– Sí, esa. ¿Creen que los anfibios son familia de los dinosaurios?

– ¡Síiii!

–¡Pues no! Aunque no lo crean, los dinosaurios están más emparentados con las aves que con los reptiles.

Los niños y niñas observan los reptiles que habitan las costas de nuestro país. Manuel les enseña a diferenciar un caimán de un cocodrilo: la diferencia más clara está en el hocico; uno es redondeado, el otro en forma de herradura. “El problema está en que en muchos lugares del país al caimán le decimos baba y al cocodrilo caimán”, bromea.

Ven tortugas marinas. “En el mundo hay seis especies de tortugas marinas, y en nuestro país, en el estado Sucre, anidan cuatro: la tortuga Verde, la tortuga Cabezona, la tortuga Oliva y la tortuga Laúd”. Ven una tortuga con piel y otra sin piel. Observan un caparazón gigante de tortuga Verde, roto por la propela de un bote.

–¿Qué creen que le pasa a la tortuga si se le rompe el caparazón?

–¡Se muere!

–Sí. Si no tenemos cuidado con los botes podemos matar muchos animales.

La conservación de las especies poco a poco se abre espacio en su sensibilidad.

Ahora tienen enfrente a los vertebrados superiores. Manuel les muestra unas barbas de ballena expuestas allí y les recuerda la escena de una película infantil donde unos peces extraviados terminan en la boca de un gigantesco cetáceo, como éste. Los niños y niñas saben cuál es la película, la mencionan, recuerdan la escena, opinan.

–¿Han leído Moby Dick?, -pregunta Miguel. Dos o tres responden que sí. Enseguida ven el esqueleto de un delfín. El parecido de los huesos de las aletas del delfín con los huesos de la mano humana es asombroso.

–Los delfines son mamíferos como nosotros los humanos, somos un poco familia —dice Manuel. –Su cabeza es igual a la nuestra, pero sin ese largo pico.

Pasan a observar el esqueleto de un manatí o vaca marina, otro mamífero.

–¿Qué comen las vacas? –Pregunta Manuel.

–¡Pasto!

–¿Qué comen las vacas marinas?

–¡Algas! ¡Pescado!

–No: comen pasto marino. El pasto marino se llama Thalassia testudinum. –La vaca marina –explica Manuel–, es una especie protegida y en el estado Sucre hay un parque dedicado a su conservación. 

El recorrido continúa. Se avanza en grupo, como un cardumen. En un salón ven la historia del buceo, escafandras de buscadores de perlas, trajes de los primeros buzos, aparejos de pesca: nasas, redes, anzuelos; un pequeño submarino capaz de descender a cuatro metros de profundidad.

En el salón contiguo encuentran una recreación de la cuenca del río Manzanares con las especies que allí pueden hallarse: búhos o chaures, tortugas, nutrias o perros de agua, rabipelaos, serpientes, marsupiales.

Manuel aclara que muchos de estos animales no pueden verse en el río cuando éste pasa por la mitad de Cumaná, pero sí más arriba, en las nacientes, hacia la Sierra de Turimiquire, porque los animales para protegerse prefieren evitar a los humanos. Si quieren verlos en su hábitat tendrán que ir a buscarlos, caminar sigilosamente por las riberas del río, vivir una experiencia que ni el mejor de los videojuegos podrá proporcionarles. Ganarle al sedentarismo infantil promovido por los videojuegos es una batalla difícil, pero actividades como ésta lo intentan.

Por fin, el celacanto

En la sala siguiente Manuel les recuerda la clase de la profesora Tania Ramírez y pregunta por los tipos de peces. Las niñas y niños responden: “¡tiburones, carites, ballenas!” Manuel se lleva las manos a las sienes, cierra los ojos y anuncia que les va a transmitir mentalmente la respuesta. Después les entrega una letra, una silaba, luego otra.

–O… Ose… 

–¡Óseos! –gritan.

–Sí. ¿Óseos y?… Car… carti… cartilagi…

–¡Cartilaginosos!

–Bien.

Ahora pueden observar el animal que dio el nombre al submarino del capitán Nemo en la novela Veinte mil leguas de viaje submarino: el Nautilus. Uno de los animales más rápidos de la naturaleza. 

Redoble de tambores y ante todas y todos aparece el Celacanto. El pez prehistórico de aletas lobuladas que constituye un eslabón en la cadena evolutiva entre los peces y los vertebrados, el mismo del que les hablaron en la primera etapa.

El celacanto “cumanés”

Manuel les pregunta a quién, cuando lo vio, se le ocurrió que con ese pescado podía hacerse un buen sancocho. Seis manos se levantan. Manuel les dice que esta idea la han tenido muchas personas. Les recuerda que el celacanto fue descubierto en 1938 luego de haber estado desaparecido por sesenta y cinco millones de años, y comenta que después de hallado el primero, la gente empezó a cazarlo para comérselo como plato exótico o venderlo porque había quien quería ponerlo en acuarios. Y hoy, dada la irresponsabilidad humana, no se sabe si quedan ejemplares vivos. 

Manuel ha dicho es verdad, pero la cuestión es todavía más complicada. Luego de registrado y tipificado como un hallazgo científico, el 16 de febrero de 1939, la cabeza del celacanto empezó a tener precio cual si fuera un criminal peligroso, fue perseguido para cazarlo vivo o muerto y cobrar una jugosa recompensa. No se sabe cuánto pagaron por este celacanto que puede apreciarse en el Museo del Mar de Cumaná Bruno Baldassini Marchessi y el doctor Luis Delfín Ponce Ducharme, quienes lo trajeron desde las islas Comores, en 1978.

Se sabe que fue preparado por el taxidermista del Instituto Oceanográfico, Pablo Figueroa, en la torre de control del antiguo aeropuerto de Cumaná y que es el único ejemplar existente en el continente nuestroamericano. En el Museo del Mar de Margarita tienen el esqueleto de uno, pero no un ejemplar completo.

Hoy 16 de febrero se celebra algo así como un fatídico cumpleaños para el celacanto porque fue “descubrirlo” e iniciarse de inmediato su proceso de exterminio. Aquí, en otra crónica de esta misma página, pueden leer pormenores de ese extraño acontecimiento, muy celebrado por la ciencia, o por “cierta ciencia”.

Tras este asombroso viaje a la prehistoria y el presente del abuso humano, las niñas y niños pasan a conocer esponjas marinas, corales cerebro, corales de fuego, llamados así porque queman la piel cuando te rozan; corales cacho de venado, abanicos de mar. Manuel sorprende a su audiencia con una pregunta: “¿Qué son los corales: animales, plantas, piedras?”

–¡Las casitas de los peces! ¡Piedras! ¡Algas! ¡Animales!

–Sí. Los corales, aunque se parecen mucho a las plantas, son animales. No cualquiera sabe eso. También aprenden que hay corales duros y corales blandos. 

Siguen con los crustáceos. Ven los distintos tipos de langosta: la punteada, la espinosa, la enana, la verde. Los cangrejos: el azul (porque tiene la sangre azul), el cangrejo real (porque tiene una corona), el cangrejo ermitaño (porque se mete dentro de las conchas de caracol); cangrejos moros, que, muerden duro y te pueden quitar el dedo. 

Hay una maqueta del golfo de Cariaco donde pueden identificarse sus capas geológicas, niveles de profundidad, la enigmática y célebre fosa con más de un kilómetro de profundidad. Manuel les señala dónde se hundió el ferry Santa María y comenta, misterioso, que jamás se encontró. Para ilustrar su profundidad señala que si el edificio más alto del mundo, el Burj Khalifa, se hundiera en el golfo, quedaría totalmente sumergido porque tiene ochocientos veintiocho metros de altura y la profundidad del golfo de Cariaco en ciertas zonas, llega a mil ochocientos metros. 

Ven maquetas de barcos: carabelas, barcos piratas, un velero mercante, una fragrata estadounidense que tiene cañones porque es un buque de guerra. La maqueta del Guaiquerí II, el buque del IO que sirvió a la UDO para realizar sus investigaciones oceanográficas y actualmente yace hundido, varado en Carenero. 

El premio de cierre es una maqueta del buque Escuela Simón Bolívar. El buque más importante del país, donde se forman las y los cadetes de la Escuela Naval de Venezuela. El barco que más vueltas le ha dado al mundo y más países ha visitado. 

Así termina la visita al Museo del Mar, la segunda etapa de la Ruta Marina. Todo un viaje en el mar y en el tiempo, lleno de conocimientos que las niñas y niños no tenían y ahora tienen. Las caras de satisfacción dicen todo. Una foto grupal junto a los esqueletos de las ballenas cierra la actividad en medio de sonrisas. 

¿Qué aprendiste, qué te gustó?

Isabela Ortega: “Lo de los barcos, porque yo no sabía eso de que el barco estaba hundido, yo pensaba que todavía seguía rondando”.

Diego Ramírez: “Me interesó lo de los delfines, porque no sabía que las manos eran casi iguales a las de nosotros, y también el celacanto”.

Max Sebastián: “Me gustaron muchas cosas. Las estrellas de mar, los peces y la ballena. Aprendí sobre los peces, sobre el pez león, aprendí que unos no tienen dientes o tienen dientes muy pequeños y no se ven.

Fabiana Rivero: “Aprendí sobre la Orca. Me gustó todo”. 

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