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La locura del oro verde

por Teresa Ovalles
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Si uno está loco o tiene una “ensalada mental”, ésta debería tener aguacate para que sea deliciosa. A la Persea americana, el aguacate que comemos se le reconocen tres variedades: Mexicana o auácatl (var. Drymioflia), guatemalteca o quilauácatl (guatemalensis) y antillana o tlacozalauácatl (americana).

Todo es más loco porque su nombre deriva del náhuatl “ahuacatl”, que significa testículos de árbol. En otros países se le llama palta, proveniente de la palabra quechua “pallta” que refiere a una etnia que se radicó entre Perú y Ecuador. También se le conoce como abacate, cura y petro.

Su centro de origen fueron los bosques nublados de Mesoamérica durante el Plioceno y el Mioceno, de hecho el género Persea tiene unas 90 especies entre México y toda Centroamérica donde se expandieron durante el Pleistoceno, desde hace más de 2,6 millones hasta 12 mil años atrás, atravesando varias glaciaciones y cambios climáticos.

Los aguacates coevolucionaron con herbívoros gigantes como megaterios (más grandes que los elefantes), armadillos enormes, toxodones y mastodontes, estas últimas fueron criaturas inmensas parecidas a elefantes que arrancaban la fruta con sus trompas, enloquecían como nosotros al comerla, aprovechaban las grasas y energía que no ofrecían las hojas y pastos, pasaban las semillas por su tracto digestivo activando su dispersión y germinación al defecarlas.

Hay consenso sobre que el ser humano favoreció que el aguacate no se extinguiera como sus dispersores naturales. Las evidencias indican que debió pasar mucho tiempo para que pudiéramos domesticar su cultivo, varios miles de años hasta el 4.000 a.C, y es muy posible que el que devoramos ahora sea mucho más pequeño en tamaño que su antepasado original.

Actualmente hay árboles de más de 100 años que todavía producen frutos en California y árboles de 400 años en el centro de México. Los mayas y los olmecas seleccionaron los aguacates más deliciosos, se han hallado fósiles en la sierra de Nuevo León desde épocas muy antiguas; en el centro de México desde 16.000 y 8.000 a.C., y en la península de Yucatán desde 3.400 a.C.

La mezcla natural entre las tres variedades ha generado una gran cantidad de híbridos. En 1900 comenzó la selección con fines comerciales y varios híbridos dominaron los mercados hasta 1930. En 1935 se patentó la variedad comercial Hass en Estados Unidos, aunque su descubrimiento fue casual es el que domina la producción hasta la actualidad.

Además de ser un fruto fotogénico y divo de las redes sociales, se le reconoce como un superalimento, contiene más de 25 nutrientes esenciales, incluyendo las vitaminas A, B, C, E, y K, cobre, hierro, fósforo, magnesio y potasio. Para obtener el potasio de un sólo aguacate, tendrías que comerte dos o tres cambures, porque también contienen fibra, proteínas y fitoquímicos como beta-sitosterol, glutatión y luteína, que ayudan a proteger el organismo contra diversas enfermedades.

Beneficioso para la salud cardiovascular, previene inflamaciones, regula el azúcar en la sangre, cuida de los bebés en camino por sus niveles de ácido fólico, cuida de la piel y hasta del mal aliento. El té de su semilla previene tanto del exceso de colesterol y triglicéridos, como de enfermedades coronarias.

Todo es sano en este alimento hasta que llega el dios mercado y sus rituales. Su mercado global ha crecido hasta los 7 millones de toneladas producidas a un ritmo del 15% anual desde 2010, y los estadounidenses han pasado de consumir medio kilo por persona/año, a mediados de los 90, a más de tres kilos actualmente.

En 2015 el estado de Michoacán (México) tenía 160 mil hectáreas (poco más que el total del estado La Guaira), y casi se ha duplicado en los últimos 5 años: hay aguacate en el 90% de la superficie cultivada del estado.

La intensidad de esta actividad ha propiciado la contaminación de los suelos, la disminución de la biodiversidad genética, la vulnerabilidad de los cultivos a plagas y enfermedades y el fomento del monocultivo.

El uso indiscriminado de plaguicidas en la zona aguacatera de Michoacán permite que se apliquen 450 mil litros de insecticidas, 900 mil y 30 mil toneladas de fungicidas y de fertilizantes por año, respectivamente, lo que ha ocasionado, entre otras cosas, la contaminación del agua.

Sólo de 1974 a 2007 se contaron 28 mil 124 hectáreas deforestadas mientras que plaguicidas como el Paraquat, prohibido en al menos 40 países y usado en los procesos de fumigación de los cultivos, provocan lesiones pulmonares irreversibles, además de eliminar microorganismos del suelo que favorecen el crecimiento de las plantas.

Le llaman “oro verde”, eso lo dice todo, como la vida misma.

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