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Si no cuidamos lo que tenemos, a pedir nos quedaremos

por Penélope Toro León
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Los trapos sucios se lavan en casa. ¿Pero quién los lava y con qué? La monstruosa industria capitalista es ciertamente la responsable directa de la creciente contaminación, ante la cual iniciativas individuales de incidir positivamente en el cambio climático son como una micropartícula de plástico flotando en el océano. Pero igual que millones de millones de micropartículas plásticas pululan incluso en nuestro torrente sanguíneo, como moscas leche, asimismo nuestra acción política es la que podría cambiar el sistema. No el modo de producción -capitalismo subproducto derivado del macro-sistema-. Cambiar el propio sistema: ser la piedra en la bota del patriarca.

¿Qué tan contaminantes pueden ser nuestros hogares? El espacio doméstico es ya un ambiente tóxico. Algunos hallazgos recientes sugieren que el mundo ha estado muy pendiente de las emisiones de combustibles fósiles y probablemente debería girar su atención a actividades básicas como cocinar y limpiar a lo interno de las casas en las cuales se liberan un buen número de toxinas al aire como el formaldehído, el benceno, alcoholes y cetonas.

El aire, el agua, los suelos, nuestros cuerpos, todo sufre con los tóxicos de los productos de limpieza que produce la industria y que compramos con sus respectivos recipientes. Los hábitos de consumo en materia alimentaria se señalan también como determinantes en la famosa huella de carbono. La preferencia por los vegetales frescos producidos localmente a los cárnicos o los alimentos procesados en lugar de realizar preparaciones caseras, el uso y abuso de las grasas en la cocina, entre otras elecciones.

Pero ¿Quienes realizan esas actividades domésticas incluyendo las decisiones que se toman en la lista de compras (gestión del hogar)?, ¿de cuánto tiempo disponen para las mismas y cuántas jornadas multitareas deben cumplir?, ¿les (nos) podemos exigir hacerlo de formas distintas?, ¿ha calculado el tiempo que toma cualquiera de las famosas 5, 7, 10 Rs?

Una encuesta que rodó como piedras en el río por las redes realizada en el Reino Unido dice que el 45% de los hombres solteros cambian las sábanas dos veces por año, mientras que el 62% de las mujeres que viven solas lo hace cada 15 días. En América Latina y el Caribe más de 2 millones de niñas, niños y adolescentes trabajan en el servicio doméstico. De esa cifra el 90% son niñas.

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Hace poco, en la misa de grado de mi hijo quien estaba siendo promovido de primaria para bachillerato, el párroco que la oficiaba ganó la simpatía de las madres presentes. Sus palabras giraron en torno a la responsabilidad, nada extraño para un sermón hacia adolescentes, pero esta vez en un sentido inesperado. Comenzando las vacaciones, esta era una palabra que volvería a ser prioridad aproximadamente en mes y medio. Sin embargo, “en el período vacacional también se tienen responsabilidades, (dijo el sacerdote): lavar su ropa, tender su cama, preparar los alimentos, cuidar de las mascotas, regar las plantas…. Esas también son sus responsabilidades, no solo el estudio”. En ningún momento hizo distinción de género para tales o cuales labores, ni utilizó la palabra “ayudar”. ¡Bien por el curita!

El cuidado de los espacios, bienes, mascotas, plantas, cuerpos (autocuidado), del planeta, es una labor ardua y eso de realizarlo con consciencia ecológica es más fácil decirlo que hacerlo. Limpiar con vinagre y bicarbonato resulta, no solo más costoso, sino que implica realizar el aseo con el triple o cuádruple de frecuencia que si lo hacemos con el súper cloro y amoniacos. Si su dieta es carnívora y realiza frituras, no limpie su cocina (estufa y parrillas) en un mes y pruebe si con una inocua mezcla de esas que son “tendencia” en tutoriales de YouTube podrá remover la grasa pegada. Necesitará derivados del petróleo o abrasivos. Lo mismo ocurre con los cuerpos, el buen “cadillo de perro” o “diente de león” probablemente no bastará para limpiar el hígado graso y deberá ingerir metformina y estaninas. Y así sucesivamente con el desodorante, los hongos de las duchas, el hollín que se pega del televisor, los tapones de las coronarias.

Debido a su naturaleza las sustancias amables con el ambiente funcionan cuando estamos todo el día con un trapito en la mano en lo que llamamos un “mantenimiento constante” y un cambio total de sistema de vida. De seguro, a lectores y lectoras esta imagen en sus cabezas no les sobrevino con una figura masculina, si no con la de una mujer, tal vez la de una tía de esas que en la familia le decían “maniática de la limpieza”. El imaginario despliega esta escena de forma automática por la misma razón por la que cuando conocemos a un hombre que está a cargo de algún familiar anciano/a, solemos acusar especial compasión. Lo mismo si es un padre solo con sus crías. En ese caso a la compasión se le unen consideraciones especiales en el ámbito laboral y un tanto de admiración. Pero toda la vida ha ocurrido esto con gran cantidad de mujeres a nuestro alrededor, muchas de ellas nuestras propias madres y abuelas, sin que ello marque alguna diferencia en permisos laborales o admiraciones extraordinarias. No, no es natural: está naturalizado, que no es lo mismo ni se siente igual. La naturalización de la violencia estructural que se ha dibujado por años en nuestros cuerpos, mentes y espíritus, dando como resultado una inequidad perenne en la asunción de la carga doméstica, ahora con su consecuente peso de eco-culpa y eco-ansiedad.

La Revolución de los cuidados: una revolución silenciosa que debería hacer más ruido

Este trapito viene a propósito de la conmemoración del Día Internacional de las Trabajadoras Domésticas, 30 de marzo, es decir de todas las mujeres, pero más aún de mujeres como mi abuela materna quien fue trabadora del hogar en su propio hogar y también en casa ajena.

Un informe ejecutivo denominado El Trabajo, los cuidados y sus trabajadores del Departamento para la Igualdad de Género de La Organización Internacional del Trabajo (OIT) refleja que las mujeres realizan el 76,2 por ciento de todo el trabajo de cuidados no remunerados en el mundo, dedicándole 3,2 veces más tiempo que los hombres. Revela también que, en 2015, había 2100 millones de personas necesitadas de cuidados, de éstas 1900 millones de infancias menores de 15 años, entre los cuales 800 millones menores de 6 años, y 200 millones de personas mayores que habían alcanzado o superado la esperanza de vida saludable requerían de otras personas que las atendieran.

Una definición de amor predica: “Ver con claridad y responder con cuidado”. El término “cuidado” según la Organización Mamíferas de Venezuela (@mamiferas.ve) va más allá y se interna dentro de un sub-sistema complejo: “El sistema de cuidados representa las distintas formas de organización de trabajo ejercido por las mujeres, que sostienen la vida, y que no son remunerados”. La esencia de la subsistencia como especie es el cuidado.

El cuido se le ha adjudicado culturalmente a las mujeres por vía de una asociación con lo puramente biológico. Los seres más vulnerables de la especie son las crías. Los patrones de apego de la cría a la madre en nuestra especie, como en los de cualquier mamífero, son largos y determinantes para que ésta pueda sobrevivir y crecer sanamente. El sistema patriarcal ha hecho una conveniente generalización de esa circunstancia innegable, aprovechándose de ella para imponer todos los roles de cuido a las mujeres, sometiéndonos a la esclavitud de labores desgastantes, invisibilizadas y no valoradas, pero que representan, léase bien: el sostén del sistema económico capitalista. Para ahondar más en este tema recomiendo ver el film belga: “La Fuente de las Mujeres” (2011).

La Revolución de los Cuidados es el nombre del libro de la feminista María Llopins con el cual se generó un debate que comenzó con cuestionamientos sobre de los mandatos de los cuidados maternos. ¿Qué significa cuidar?, ¿se puede cuidar a otras (os) sin cuidar de sí misma…? Esta discusión se amplió hasta un punto que el término Revolución de los Cuidados es ya un movimiento que busca hacerle ver al mundo que si no re-evaluamos nuestra visión de lo que significa cuidar (nos) y con ello cuidar a la Tierra, entre-cuidarnos; simple y llanamente se hará insostenible la vida en este planeta y nos quedaremos sin chivo y sin mecate, viendo a ver cómo migrar al K2-18B para irlo contaminado también.

Tal vez nuestro efecto mariposa hoy tenga límites frustrantes, pero una generación de profesionales de la ingeniería, por ejemplo, está en nuestros moldes hoy. Influir en los críos para invertir la lógica del capital la cual atiende a los mercados y a la acumulación, por la lógica del cuidado que atiende a la vida, solo es posible desde casa. Bajo el lema “Actúa con cuidado, transforma la realidad”, la propuesta invita a reemplazar el valor de cambio por el valor de uso y a comprender que somos interdependientes, ecodependientes y no autosuficientes en cuya mentira (no) nos enriquecemos individualmente. La vida en sus distintas formas requiere también distintos tipos de cuidados y que no solo todas las personas, sin distinción de género y clase son capaces de hacerlo, sino que es obligatorio, urgente e inaplazable dicho aprendizaje. Y más que un simple aprendizaje se trata de cambiar la lógica de la dominación. Ya no es posible sostener el cuido bajo las espaldas de un segmento de la población, como lo ha sido durante los más de 8 siglos de sistema patriarcal.

Una meta realizable: cambiar el “patrón” relacional

Hay una realidad detrás de las dietas vegetarianas para toda la familia, la teta a libre demanda, la lavada de los pañales de tela… Son solo algunas de las metas de la utopía conuquera que tiene un coste muy alto para la salud integral de las mujeres. Lo dice alguien que hizo todo lo anterior y está viva por milagro divino. Nos “liberarnos de la esclavitud” de dichas labores que nos consumen usando “las maravillas del progreso” de asistencia doméstica que hoy repudiamos por su alto consumo energético. Nos encontramos entonces en una encrucijada en que nos metió el sistema patriarcal, riéndose macabramente a la vuelta de la curva, con el capitalismo como su hijo pródigo tomado de la mano.

“Cambiar nuestra relación con el medio ambiente”, eso sí que es dejarse cortar con un vasito de cartón, una prédica que no posee ningún fundamento. La primera relación a cambiar es la relación binaria básica femenino – masculino, dejando de lado el establecer la predominancia de lo uno (a) sobre lo (a) otro (a). Una frase que sí tiene mucho sentido: “no cambies el clima, cambia el sistema”, aplica para los cuidados. No cambies el producto, la dieta, la ropa, el carro de gasolina por el eléctrico o la bicicleta: son mercancías. Cambia la lógica de las relaciones. Todo el mundo a hacer de todo en casa y hacerlo bien. Hacerlo bien significa hacerlo con cuidado, hacerlo con amor, tal como lo hemos hecho nosotras las mujeres durante siglos.

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