Inicio Opinión y análisis La agricultura según Kerry (y según los detractores de Kerry)

La agricultura según Kerry (y según los detractores de Kerry)

por José Roberto Duque
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John Kerry, excandidato presidencial “demócrata” (perdón, sólo me estoy ateniendo a la jerga partidista de Estados Unidos) y ahora funcionario de la administración Biden para asuntos climáticos, perdió una oportunidad crucial para que los ciudadanos sensatos del planeta manifestaran algún acuerdo con su propuesta, o al menos con su reflexión, respecto a las acciones urgentes que es preciso emprender para mitigar la catástrofe climática mundial.

Kerry ha participado en un evento llamado “Cumbre sobre el Clima”, organizado por la Misión de Innovación Agrícola. Allí causó una especie de conmoción al decir que la agricultura es causante de 30 por ciento de las emisiones de gases de efecto invernadero, y por lo tanto (dicen que dijo) “La destrucción de la agricultura es esencial para lograr las cero emisiones de carbono”. Al menos así han traducido su discurso los interesados en destrozar ese punto de vista, y miren que, dicho de esa forma, es bastante fácil e incluso agradable el destrozarlo.

Va con video incluido:

Si lo que ha dicho Kerry suena o efectivamente es un disparate, la ristra de reacciones que le han seguido superan sus palabras en estupidez. Uno de los efectos colaterales, que a su vez es comprobación de que todo anda mal en los alrededores de la posición kerriana, es que en el acto de despedazar al burócrata yanqui se han unido varias izquierdas y la ultraderecha más momia. No es que el espectáculo sea nuevo o extraño, pero definitivamente hay algo que no anda bien con el origen del escándalo.

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Hay que repetirlo varias veces: no está en el ánimo nuestro (ni en el de nadie) defender a Kerry o a lo que representa, de ninguna manera. Pero estas cosas hay que decirlas: el problema con su presunta declaración (“hay que acabar con la agricultura”) es que el declarante y quienes le han respondido llaman agricultura a algo que no es agricultura. “Eso” a lo que se refieren Kerry y sus lapidadores es una industria caracterizada por el monocultivo, la esclavitud, la depredación y desertificación de los espacios naturales; esa seudoagricultura, que sí es reponsable de la alta emisión de metano y otros gases exterminadores, que exige altísimas dosis de venenos fertilizantes e insecticidas, pues… eso no es agricultura. No debe, no puede, no merece llamarse así, porque en efecto no lo es.

La furiosa reacción de cierto imbécil, que en su aparentemente sólida lógica indica que “100% de los aproximadamente 8.000 millones de personas del mundo” obtienen su sustento de la agricultura, se cae a pedazos cuando uno verifica que lo que él entiende por “agricultura” es lo mismo que entiende el Kerry. Ambos están de acuerdo, ambos están equivocados y ambos pareciera que tienen diferencias. “Eso” en lo que Kerry ve una amenaza y una legión de escandalizados un asunto por defender, no se llama como esos personajes decidieron que se llama.

Como a muchos les gusta rebatir cifras con otras cifras, habrá que poner una en la mesa: 80 por ciento de la producción de alimentos en el planeta proviene de la agricultura familiar (contra 20 por ciento de la producción industrial).

Que se sepa, las agriculturas limpias, las originales, la agricultura para el sustento de quien la practica y no para el enriquecimiento de grupos y corporaciones, es un asunto de comunión del ser humano con la tierra. No habría cultura ni vida en sociedad de no ser por la agricultura; la agricultura es el detonante o acompañante original del acto de juntarnos como gente.

Este es el párrafo en que nos toca parecer jipis; el agricultor es una persona que mete las manos en la tierra, y esa forma de decirlo lleva todas las segundas intenciones y chinazos que quieran: le metes mano a la tierra y la excitas, la preparas para el acto de la fecundación, le implantas la semilla y al cabo de unas semanas la pones a parir. Eso no es lo que ocurre en una gran plantación o monocultivo de lo que sea: millones de hectáreas fumigadas desde una avioneta, que previamente fueron sembradas por hordas de tractores y maquinarias; inmensas sabanas de un solo rubro en las que no camina jamás ser humano alguno, porque a la industria no le hace falta: eso no es agricultura, eso es industria. Y los señores que trabajan en “eso” no son campesinos ni agricultores sino señores obreros esclavizados para esa faena tóxica, asesina.

Sobre los enormes cultivos no se ha escrito ni un sola canción, ni un solo poema, ni una sola obra que celebre la hermosura, porque en los monocultivos no hay afecto, no hay belleza, no hay juego erótico ni afectuoso con la tierra. Todos los conucos, casitas, campos abiertos, huertos floridos han merecido melodías risueñas y letras amorosas; en los sembradíos de la vergüenza histórica de la humanidad sólo han proliferado lamentos y gritos de horror, y en el menos triste de los casos, llantos de resignación o de rebeldía.

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¿Pueden vivir las grandes ciudades capitalistas prescindiendo del monocultivo, del uso de venenos industriales y todo el circuito vicioso y viciado que esto exige? No, no pueden. Por eso son grandes ciudades capitalistas.

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Aunque parezca rebuscamiento, apenas detalle lingüístico accesorio, el gesto mínimo necesario parece ser y seguirá siendo el llamar a las cosas por su nombre.

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1 comentario

Aldemaro Barrios 2 junio 2023 - 08:00

Concho Poeta este texto tiene categoría bíblica pero de la mejor, la erótica. Los extravagantes como Kerry pareciera no conocer del amor campesino a la tierra ni tampoco conocen un origen etimológico alemán antiguo de cultura: inclinarse, sembrar una semilla, levantarse y cosechar el fruto.

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