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El arañero comió algo parecido a las arañas en Carora

por Jose Roberto Duque
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La casa de Hermes Chávez, en la calle Carabobo de Carora, es célebre por varias razones. Una de ellas es la larga tradición de fabricación de cocuy que cultivó en vida don Hermes. Incluso en tiempos de persecución y criminalización de la bebida ancestral el macerado y destilado por Hermes fue un cocuy intachable, orgullo de una cultura

Roberto Malaver

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Retrato de Hermes Chávez, obra de Chanita Colombo (Foto Ángela Peroza)

Pero hay algo más, mucho más con esa casa, con la gente que la habita y que la abre al público para ofrecer algunas delicias gastronómicas. Los mondongos de chivo o de res que se ofrecen aquí los domingos son de una contundencia indescriptible. También otros manjares que Providencia y Juliette (esposa e hija de Hermes) ofrecen a los paisanos y visitantes; si uno tiene suerte, la aventura de sentarse a comer puede venir aderezada con los cuentos de las anfitrionas, de Neybis Bracho (especie de cronista y promotor de todo lo que sea cultura caroreña) y los poemas recitados por un chamo pequeñito e histriónico, Simón.

Pero todavía hay más con esa casa. Ese refugio torrense tiene Historia, además de historias.

Habitación donde durmió Hugo Chávez, casa de Hermes Chávez (Foto JRDuque)

Es fama que en abril de 1994, pocas semanas después de haber salido de su reclusión en la cárcel de Yare, el comandante Hugo Chávez fue a casa de Hermes (con quien compartía apellido y militancias) y allí dejó unos cuantos recuerdos gratos, frases para la historia, unas cuantas anécdotas. Providencia, quien ya en ese entonces se aplicaba con el fogón, cuenta de esta manera la forma y el momento en que tuvo el impulso de brindarle a Hugo Chávez un postre que lo impactara:

“Mi esposo me dijo que Chávez venía para la casa y que quería sorprenderlo con algo. Yo le dije que lo iba a pensar. Necesitábamos prepararle un dulce que estuviéramos seguros de que le iba a gustar. Se me ocurrió hacer un dulce de lechosa, yo diría que ese es el dulce más especial que he hecho en mi vida.

Recordé una receta que me había dado una buena amiga de la familia, quien me dijo que ese dulce de lechosa era tan especial porque había que serenarlo y asolearlo, más o menos hasta las diez de la mañana, que no pasara de allí. Bueno, y así se hizo, como ella me dijo. Cuando ya teníamos la lechoza lista la llevamos a cocinar para darle el cocimiento pertinente y colocarle el dulce, el clavo de especie, los aliños. Pero antes de hacer el dulce así, de esa forma, se le coloca una pizca, una cucharadita mínima de bicarbonato, con el fin de endurecer un poquito, y que se cristalice la lechosa y lograr la textura adecuada. Luego lo corté en lonjas finas.

Así se hizo. Ese es un proceso como de media hora, no se puede pasar de ahí, porque si no se endurece demasiado.  Y se logró. Ese dulce quedó espectacular. Cristalizó por completo.

Me dicen a mí que tengo que entregárselo al Comandante, y para mí es una sorpresa muy grande. Y cuando yo llego y le digo: ‘Comandante,  aquí tiene un pequeño obsequio, la verdad es que se lo hice con mucho cariño y con mucha dedicación. Espero que lo disfrute’. De una vez destapó el frasco, así, sin cuchara y sin nada, y lo agarró con los dedos, y lo probó y me dijo: ‘Muchas gracias, señora, me hace recordar mi infancia, y aparte de eso, me hizo recordar a ese ser tan amado para mí, como fue mi abuela Rosa Inés'”.

Providencia de Chávez (Foto Ángela Peroza)
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