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Los refrescos caraqueños

por Penélope Toro León
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Penélope Toro León

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Cuando escuchamos la palabra “fresco”, esta puede hacer alusión a varias cosas en Venezuela. Una, es ese aire refrescante que aplaca el calor, que hace que en los pueblos la gente salga a recibirlo, sentadas en los porches de las casas o en sus “frentes” a horas vespertinas, echando la conversada y la chismeada del día: “vamos a agarrar fresco”, dicen. Otra, hace referencia a una preparación que surge de la necesidad de refrescar el cuerpo e hidratarse ante los agobiantes calores del trópico. De este, precisamente, es que vengo a contarles, como parte de las gastronomías (casi) olvidadas.

Anteriormente en las casas populares caraqueñas y del resto del país no existían las licuadoras. Por lo tanto, la costumbre de tomar jugos de frutas para acompañar las comidas, es un hábito que trajo consigo “el progreso”. Estamos hablando, por supuesto, tiempos en que aún no había invadido los hogares venezolanos la industria de los “alimentos” envasados y sus venenos. El término fresco o refresco, se mantiene vigente, pero en una tergiversación producida por el mercado alimentario injerencista. Esta bebida no consistía para nada en un líquido embotellado ni mucho menos gaseoso. Los frescos caraqueños se hacen de cereales, pero en muchas partes del país se usa este término para cualquier bebida con el potencial refrescante mencionado, ejemplo: papelón con limón, agua de panela o jugos naturales no espesos.

Las abuelas caraqueñas echaban en remojo cereales como avena, cebada, arroz o ajonjolí. Ponían a cocinar sus granos con azúcar y dejaban enfriar a temperatura ambiente para que la familia bebiera, puesto que tampoco existían las neveras. Ya popularizado el uso de los refrigeradores, seguían siendo comunes estas aguas refrescantes dentro de los mismos, que además son nutritivas y se distinguen de los atoles, (elaborados también con cereales), en su espesor y forma de consumirlas. Se trata de unas agüitas ligeras, dulzonas, pero no en exceso, que por lo general llevaban una conchita de limón de refilón.

Se sirven en vaso y no en plato, por lo general no llevan especias dulces, (canela o vainilla), ni tampoco leche, como sí lleva la chicha de arroz, por ejemplo, bebida también muy caraqueña. Por supuesto, los frescos de arroz, avena, ajonjolí y cebada, se toman fríos. También se puede escuchar quienes le digan “agua”: agua de cebada, agua de avena, agua de linaza. Era muy común el uso del agua de cebada como tetero. Cuando había bebés en casa, las cocinas olían, a cierta hora de la tarde, a tetero de cebada y “caldo” de pañales de tela hervidos con jabón azul.

También era usual el refresco de avena sin cocción. Se trata de remojar avena en una jarra, dejar que esta largue su sustancia por un rato e introducir una cascarita de limón para aromatizar. Una gran jarra con este refresco yacía en las neveras de los hogares caraqueños. Incluso se podía recargar de agua y azúcar un par de veces más y revolver, sin necesidad de agregar el cereal, ya que la avena abajo sedimentada continuaba soltando su sustancia.

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El agua de linaza: la bebida de la sinvergüenzura

El agua de linaza es otro clásico de las regordetas neveras de escarcha de los años 60 y 70. La linaza se ponía a cocinar sin necesidad de remojarla. Esa cocción se dejaba enfriar, se le agregaba azúcar y se le exprimía un limón.

Como dato curioso, este cristalino e hidratante líquido era la bebida de la sinvergüenzura. Los fines de semana estaba normalizado que “los hombres de la casa”, (ya fueran los maridos, los hijos, hermanos); bebieran alcohol a discreción. Al día siguiente, evidentemente sufrirían el famoso “ratón” (término coloquial que en Venezuela hace referencia al proceso de deshidratación y malestar físico posterior a la ingesta e intoxicación por alcohol).

Ya que la linaza es altamente desintoxicante y refrescante, las abuelas hacían una gran jarra de esta bebida para los “pobres varones de la casa”, junto con el infaltable sancocho e’ gallina, para aliviar la desazón del día siguiente de la pea. El micromachismo en las clases populares discurría hasta en una gastronomía con privilegios de género y alcahuetería.

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1 comentario

Maribel Arias 8 noviembre 2023 - 12:12

Que bonita nuestra historia, ya sea de gastronomía , los juegos y muchas cosas más. ¿cómo se lograría que se masificara la información?

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