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El llanero que domesticó la electricidad en el siglo XVIII

por Julián Márquez
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De los inventores venezolanos olvidados o ignorados, Carlos Del Pozo merece un especial vistazo. Poco se sabe de sus artificios de generar electricidad en el siglo XVIII

Julián Márquez

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Tantas veces los ojos curiosos de los habitantes de las antiguas calles coloniales de Calabozo, Villa de Todos los Santos, contemplaron el aire reflexivo de la figura de Carlos del Pozo y Sucre, un reposado paisano, de gestos cordiales, aplicables capacidades y sobresaliente inteligencia. Tenía una contextura delgada, largas piernas y una piel blanca, algo lampiña. Así lo describen los biógrafos, añadiéndole un aspecto quijotesco. A media distancia de la villa poseía un modesto rebaño de ganados, criados en un pequeño fundo conocido con el nombre de “Cálvis”. Esta propiedad agrícola de menguado lujo constituía todo su conjunto de bienes de fortuna. 

No obstante, el apacible parcero ocultaba arraigadas inquietudes científicas, apoyadas en una formación envidiable lograda por sí mismo. Sentía cosquilleos por los fenómenos físicos, especialmente por las investigaciones en el campo de la electricidad, algo todavía incierto en la Venezuela del siglo XIX. Su modesta vivienda fue la primera en disponer de luz eléctrica en la región, y seguramente en el país, gracias al dominio de las aplicaciones de la fuente de energía todavía misteriosa.

Seguro de sus aptitudes para la ciencia, había desarrollado diversos instrumentos que asombraban a la mayoría de los paisanos de Calabozo. El asombro incrementó cuando sus coterráneos, sin comprender claramente las útiles intenciones del imaginativo paisano, lo vieron por primera vez colocar en estratégicos sitios del poblado una serie de extraños aparatos, destinados al control de los estragos causados por las tempestades eléctricas durante las recias tormentas llaneras. La mayoría de los guariqueños que lo veía pasar con aquellos artefactos ignoraban que se trataba de pararrayos, los primeros de estos dispositivos inventados en el país.

Catedral de Calabozo, de las construcción beneficiadas con un pararrayos de manufactura venezolana a finales del siglo XVIII o principios del XIX

Los conocimientos científicos no le cayeron así “nomás” del cielo; el despertar del interés por los fenómenos de la electricidad fueron producto del encuentro con dos importantes libros, Elementos de física teórica y experimental, de Joseph-Aignan Sigaud de Lafond y Memorias de Benjamín Franklin, según se afirma en bibliografías consultadas. Los libros quizá los obtuvo por intermedio de su hermano José del Pozo y Sucre, ingeniero militar, quien recorrió parte de los Estados Unidos en 1779 como comisionado oficial al servicio de la España imperial. 

El asombrado viajero 

Los inventos de Del Pozo no pasaron inadvertidos fuera de la región natal, además de los lugares circunvecinos al Guárico, también se conocía de ellos en los círculos científicos e intelectuales caraqueños. Incluso, cuando Alejandro Humboldt, en compañía de Aimé Bonpland, visitó el país en el año 1799, tan pronto escuchó en Caracas hablar del inventor guariqueño manifestó el interés de conocerlo, apenas comenzara a recorrer los llanos centrales.

Una vez llegado a Calabozo en 1800, Humboldt no tardó en dirigir los pasos hacia el fundo “Cálvis”. En presencia del contento inventor, mostrando orgulloso sus artefactos, el naturalista alemán observaba con asombro las ingeniosas máquinas. Ambientado en el cálido y lluvioso clima intertropical del llano central, el científico calaboceño había construido máquinas eléctricas de cilindro. Empleando grandes frascos de vidrios, a los que había cortado el cuello, hizo Botellas de Leyden para almacenar cargas eléctricas. Con la aplicación de métodos propios logró rediseñar y armar sus instrumentos, en especial los pararrayos, siguiendo las especificaciones de las láminas impresas en las escasas guías que podía consultar.

Testigo cercano de estas maravillas, Alejandro Humboldt reconoció la construcción de “…un material casi tan completo como el que poseen nuestros físicos en Europa”. Algunos instrumentos portados por Humboldt parecían copias de los inventados por el ingenio de Carlos del Pozo.

Humboldt y Bonpland en Venezuela

El pararrayos del llanero no difería de cualquier otro de la época. El mecanismo consistía en un dispositivo compuesto básicamente por tres elementos: un mástil metálico (cobre, acero y aluminio) con un electrodo captador de la descarga, una varilla electrificada y un cable para conducir la electricidad del rayo a una toma en tierra. La capacidad del pararrayos es aplicable únicamente para controlar los temibles impactos de las descargas eléctricas que dañan edificaciones, deshacen árboles y fulminan gente y animales.

El inventor y político norteamericano Benjamín Flanklin, el mismo que aparece en el billete de cien dólares, había inventado en 1753 el primer pararrayos. El construido por Carlos del Pozo no debió ser muy diferente. Aunque actualmente existen variados modelos de pararrayos, continúan hechos con los mismos elementos de los antecesores.

La doble vida del inventor

Además de construir pararrayos, otros instrumentos científicos y de ocuparse de las faenas del fundo, Carlos del Pozo jamás dejó de preocuparse por el beneficio de la colectividad. Una de sus brillantes ideas, acogida con entusiasmo por el Ayuntamiento de la ciudad de Calabozo, consistió en proporcionarle a la villa la construcción de un canal de regulación de agua de lluvia, distribuido entre este, sur y oeste, con el objetivo de proteger al poblado de las fuertes inundaciones de las lluvias copiosas de cada año, ganándose aún más el aprecio, el respecto y la admiración que daban sus inobjetables invenciones.

Electróforo, ingenio para producir electricidad patentado en el siglo XVIII

Sin embargo, no todo fueron notables inventos, canales y ganados en la vida de Carlos del Pozo. Años antes de instalarse definitivamente en Calabozo, había sido un eficaz Teniente de Justicia Mayor, acérrimo defensor de la corona española. Participó en la ciudad de Trujillo en contra de la insurrección de los comuneros de Trujillo, un movimiento revolucionario impulsado por esclavos, campesinos, pequeños comerciantes y algunos blancos criollos, que hastiados de los atropellos y desmanes del gobierno colonial, buscaban independizarse de la dominación de España. Visto desde la posición de los insurrectos podría pensarse que el hombre era una plasta condensada, cuando se trataba de defender España, y de su presencia se debía huir.

Permaneció en la región andina el tiempo necesario con el cargo de visitador del estanco del Tabaco, institución monopólica de la producción y distribución de bienes comerciales. Al parecer, en esas tareas públicas resultó un eficiente servidor. Una vez terminada las funciones para el gobierno monárquico, Del Pozo regresa a Calabozo donde desarrolla toda su habilidad mecánica y su afición constante por la física destinada a la generación de electricidad. 

Por efecto de los dramáticos episodios de la guerra por la independencia, presente en todo el territorio nacional, en el país no se conoció entonces, sino tiempo más tarde, ningún ejemplar de Viaje a las regiones equinocciales del nuevo continente, escrito al alimón entre Alejandro Humboldt y Aimé Bonpland, editado en francés en París en 1814. Las circunstancias posteriores de la guerra dieron motivos para que durante años permanecieran ignorados los criterios que el ilustre viajero alemán había vertido en su valioso libro del encuentro sostenido en Calabozo con Carlos del Pozo.

Artefacto eléctrico francés del siglo XVIII

Pasados los años, otro alemán, el médico Carl Sachs, en 1876, tras leer la obra de Humboldt, movido por el entusiasmo hizo maletas y embarcó con destino a Venezuela, con la mira puesta en el estado Guárico, en pos de las huellas del inventor venezolano. Cuando Sachs estuvo en Calabozo, en ciertos puntos del poblado descubrió algún que otro de los pararrayos de Del Pozo todavía activos, elevados en largos postes de madera, enlazados a la tierra con resistentes cadenas de hierros. Después de la partida de Carl Sachs, el interés despertado en ese período por los artefactos y los experimentos de Carlos del Pozo se fue desvaneciendo.

Escribir contra el olvido 

Al cabo de un tiempo, un intelectual de clara mentalidad nacido en Mérida, Tulio Febres-Cordero, influenciado a su tiempo por la lectura de Humboldt, se revela como el primer escritor venezolano en ocuparse de escribir sobre Carlos del Pozo, cuando –en contra de las mañas del olvido– publica un breve comentario resaltando las virtudes científicas del guariqueño. La reseña publicada en 1891 en el periódico El Lápiz, fundado por el merideño, contiene una sana semblanza del científico llanero. Se habla ahí de él con honesta intención.

Electricidad en Venezuela, finales del XIX. El Cojo Ilustrado

Posteriormente, el periodista Luis Antonio Díaz, siguiendo el ejemplo de Febres-Cordero, se hizo eco de la existencia de Del Pozo al publicar en 1910 un artículo sobre el temperamento de éste. Desde entonces continúan esporádicas y escurridizas las referencias históricas de este controversial inventor venezolano. Desafortunadamente, no se encuentra ningún rastro de sus pararrayos, máquinas, laboratorios ni notas de su labor científica. 

Nacido en Calabozo el año 1743, sus padres fueron el siciliano José del Pozo y Honesto, y María Isabel de Sucre y Trelles, de Cartagena de Indias (pariente de Antonio José de Sucre, el Mariscal de Ayacucho). El fallecimiento del inventor acaeció en 1814 –supuestamente en Camaguán– sin suscitar mayor conmoción en la prensa de entonces. Se desconoce si tuvo descendencia. En 1870, cinco cartas autógrafas suyas, presumiblemente con valiosa información científica sobre física experimental –basado en noticia publicada en el diario El Federalista, el 4 de febrero–, fueron donadas por el licenciado Francisco Cobos Fuentes a la Biblioteca Nacional de Venezuela, dirigidas al doctor Alejandro Echezuría y fechadas en Calabozo en 1805 y 1806.

Por sobre los restos humanos, artefactos eléctricos y papeles de Carlos del Pozo pasaron todos los gobiernos venezolanos posteriores a la Guerra de independencia y la Guerra Federal, asimismo los del devenir petrolero, sin haberle prestado la merecida atención a sus méritos científicos, quien debería ser considerado el iniciador de la electricidad en Venezuela. Contrariamente, ese honor lo ostenta el químico Vicente Marcano, encargado del alumbrado eléctrico de la plaza Bolívar de Caracas en 1873. 

Según, José Rafael Viso Rodríguez, primer cronista de Calabozo, fallecido en 1967, todavía para 1964 podían observarse restos de los pararrayos de Del Pozo en el sector Banco de los Pararrayos. En ese lugar ahora se encuentra el aeropuerto. Alguna publicación en internet asegura que todavía en 2019 podían verse pararrayos del inventor en las iglesias de la ciudad (dato no confirmado).Sin ningún tapujo, las razones por las cuales el científico guariqueño se convirtió por largo años en un fantasma de nuestra historia científica y social, radican en su obcecada obediencia colonialista, entregado a las órdenes de la monarquía española. Sin embargo en Calabozo, su ciudad natal, algún espacio público, un colegio, una avenida, comparten el nombre de Carlos del Pozo y Sucre.

Generador de electricidad en Maracaibo, 1895. El Cojo Ilustrado

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