Inicio Semblanzas El hombre que siempre volvió a la patria

El hombre que siempre volvió a la patria

por Jose Roberto Duque
1.090 vistos

Va esta semblanza con datos, pasos vitales y controversias sobre el científico venezolano Humberto Fernández-Morán a los 100 de su nacimiento (que al parecer ocurrió el 19 de febrero de 1924, aunque esa es otra controversia)

Extractos de una investigación en conmemoración del centenario, realizada por el MinCyT / Fotografías: Fondo Documental Dr. Humberto Fernández Morán – Biblioteca Marcel Roche (IVIC)

________________________

Entre 1924 y 1999, fragmento de la historia en que le tocó vivir a Humberto Fernández-Morán, Venezuela experimentó miles de cambios cuantitativos y al menos uno cualitativo. El zuliano nació en un momento vergonzoso en el que Estados Unidos imponía y modificaba las leyes venezolanas según su hambre de hidrocarburos, y murió cuando despuntaba en el horizonte una Revolución emancipadora.

En semejante período de demolición de un país, de destrucción de nuestras muchas vocaciones productivas e implantación de un tipo de sociedad que de ninguna manera podía venirnos bien, Fernández-Morán fluyó por las entrañas de más de un monstruo (entre ellos Estados Unidos y la Alemania nazi, ni más ni menos) y logró una hazaña ética que la mezquindad de varios biógrafos le ha negado: recabar información y talento y ponerlos, o intentar ponerlos, al servicio de cierto ideal venezolanista. El hombre pudo haber huido en busca de un confort individual que Europa y Estados Unidos se peleaban por servirle en bandeja de cualquier metal precioso, pudo haber regenado de su patria y adoptar otra nacionalidad (cosa que nunca hizo, incluso cuando se le propuso como requisito para optar al premio Nobel), pero siempre se empeñó en volver.

Bach, el idioma alemán y el boxeo

Esa pulsión por el regreso comenzó o se empezó a macerar temprano. A sus cinco años de edad (1929) experimentó por primera vez el sabor de la partida, pues su padre debió largarse a toda prisa con su familia porque tenía conflictos con el dueño de Venezuela. Por oriente desembarcaba un puñado de héroes o mártires a bordo del Falke, embarcación emblema del ansia venezolana de libertad, y por occidente los Fernández-Morán Villalobos se iban al exilio.

Antes de ese año le iba bien al caballero Luis Fernández. Su fortuna, y un empeño obsesivo por darle a su hijo una educación de calidad, permitieron que el niño Humberto cursara sus primeros estudios (primaria y parte del bachillerato) en Nueva York. Luego la familia emigró a Londres y a Francia, y no hay que ser muy sagaz para entender que el padre andaba en labores exploratorias y no meramente de vacaciones, como se verá más adelante.

Después de un año 1935 en que la noticia diaria era la enfermedad de Juan Vicente Gómez, sobreviene el primer regreso de los Fernández. La obsesión por la necesidad formativa del joven Humberto hace que lo inscriban en el Colegio Alemán de Maracaibo, donde empieza a dar señales de una destreza poco común para el aprendizaje de los idiomas, y en general para absorber información y conocimientos.

Un año más tarde, cuando parecía que se encariñaba con el calor de su Maracaibo natal, se produjo el primer cambio realmente drástico en el muchacho de apenas 13 años: es enviado a Alemania, al Liceo Humanístico, Monástico y Militar “Schulgemeinde Wichersdorf”, una especie de cuartel militar que en sus ratos libres se convertía en monasterio, o quizá al contrario.

De semejante ambiente, que le hubiera destruido el ánimo y la psique a cualquier joven no alemán (empezando por el trauma que debe significar para cualquier maracucho intentar pronunciar correctamente el nombre del plantel) comentó Fernández-Morán muchos años después:

“Primero pasamos por Inglaterra y no me gustó. Fuimos a Holanda y me encantó. Francia me pareció un poco desordenada. Alemania me encantó, especialmente, cuando me llevaron a un colegio, más bien de tipo monástico, muy militar y, entonces, a la edad de 13 años, me hicieron el examen de admisión. Ya que yo sabía idiomas y tenía conocimientos por encima de lo normal, me tuvieron un par de meses en una clase y después me sacaron”.

Los estudiantes se levantaban a las 5 de a mañana a ducharse, trotar, montar caballo y escuchar música (específicamente sonatas de Bach, que no es una abreviación de bachata). Como era el más flaco y el más pequeño del liceo aprendió a boxear. Lo de “me sacaron” significa que el joven aprobaba en pocos meses lo que a los demás les llevaba todo un año, así que a los 15 años entró a estudiar en la Universidad de Munich.

Lejos de su país natal y de su familia, el joven Fernández-Morán fue amoldándose a las nuevas circunstancias. Pero “amoldarse” no significó en su caso adoptar afectos ajenos a Venezuela. Su padre le escribía a diario y lo visitaba eventualmente; a esas conversaciones y al férreo tesón del viejo para inculcarle el amor por la patria le atribuyó después el propio científico el ingrediente fundamental de su conciencia: “A mi padre le debo la orientación determinante hacia Bolívar. Sin eso hubiera perdido una parte muy fundamental en mi vida”.

El ojo del huracán

De pronto ese lazo comunicante debió romperse, temporal pero violentamente: los preparativos de guerra y la guerra misma dejaron al joven sin contacto con Venezuela. Las cartas, que eran casi diarias, ahora no llegaban, lo mismo que los recursos monetarios del padre. Estalló el conflicto y en 1939 lo dieron por muerto en su casa paterna.

El haber pasado todos esos años en la ciudad que era objeto de todos los comentarios y de la atención mundial, en un momento de dolor y de postración de Europa ante los designios de un sujeto como Hitler, permitió que se propagara uno de los insultos favoritos en contra de Fernández-Morán: ha sido llamado nazi. El propio científico se cansó de rebatir el dictamen con un dato que sus detractores ignoraron olímpicamente: “el colegio en que me formé era anti nazi; era de la nobleza alemana que fue degollada por Hitler”.

Cortado el vínculo con su familia, Humberto debió echar mano de la única filosofía capaz de hacerlo entender de manera precisa y correcta su situación: “En un huracán, el lugar más seguro es el foco del huracán”, comentó alguna vez. Quince años tenía cuando estalló la II Guerra Mundial. En ese momento era estudiante del primer año de Medicina y debió aprender a lidiar con la enfermedad y con la muerte en la sala de los hospitales, rodeado de mutilados y malogrados por la metralla. “La muerte se llevó a todos sus compañeros de estudios” (dice alguna biografía, aunque sin confirmar o comprobar el dato) y él con los años se hizo médico cirujano.

En 1941 cursó estudios de Física y Matemáticas, simultáneamente con los de Medicina, en la Universidad de Munich. Se graduó en 1944, a los 20 años de edad, de doctor en Medicina, con la distinción Summa Cum Laude.

Cuando regresó a Venezuela se encontró que no tenía edad suficiente para obtener la reválida de su título en la Universidad Central de Venezuela, así que pudo estar un rato en Maracaibo y en La Puerta (Trujillo), episodio y poblado del que habló muchas veces con gratitud. Pero el afán o el compromiso de formarse académicamente interrumpió sus vacaciones y se fue a Caracas a estudiar Medicina Tropical, mientras cumplía la mayoría de edad. Aprovecha los ratos de ocio para escribir “Vida y obra de Arturo Michelena”, para que no digan que no le interesaba el arte venezolano.

Transformaciones

El período transcurrido entre 1946 y 1953 es de dramático reacomodo geopolítico en el mundo de la posguerra, y de violenta transformación de la sociedad venezolana. El joven científico experimentó también, por esos mismos años, su particular conmoción personal. En 1946 entabla comunicación o amistad con Albert Einstein, quien le recomienda irse a Suecia a estudiar Biofísica. Fernández-Morán acepta la recomendación y va a parar a Suecia.

Se convierte en Asistente Extranjero en el hospital de Serafimer mientras estudiaba Biofísica en la Universidad de Estocolmo. Se mete de lleno en los estudios de la estructura submicroscópica del tejido nervioso; es el apogeo del microscopio electrónico, cuyo desarrollo y perfeccionamiento ha de ser otra de sus obsesiones.

Entre 1947 y 1954 acepta otras responsabilidades: es Agregado Cultural y Científico de Venezuela en Suecia, Noruega y Dinamarca. En 1951 ya es Investigador en el Instituto Nobel de Física Nuclear, bajo la dirección de Karl Siegbahn, premio Nobel de Física en 1924. Es también investigador y médico en hospitales suecos en el área de Neurocirugía, sin dejar de estudiar y de obtener grados: Licenciado en Biofísica y Maestro en Ciencias, Biología Celular y Genética. En 1952 es doctor en Filosofía, mención Biofísica, y en 1953 ya dicta cursos de Microscopía Electrónica en el Instituto de Neurología e Investigaciones Cerebrales.

Es este, además el período de creación y expansión de su aporte más celebrado en el mundo de la ciencia y la tecnología: el escalpelo o cuchilla de diamante, que patenta en 1955. Es su estandarte más visible y triunfal en el campo de la microscopía electrónica, junto con la crio-ultramicrotomía. Con este invento fue posible la observación de estructuras macromoleculares.

Capaz de realizar cortes ultrafinos de tejidos biológicos, metales (e incluso, a petición de la NASA, de rocas lunares) el deslumbramiento de sus biógrafos ha permitido que se propague una imprecisión que puede ser microscópica o gigantesca, según sea genuino el interés de quien lea el dato: de esa cuchilla se dice que puede partir un cabello longitudinalmente en 40.000 partes, mientras otros autores dicen que “solamente” puede dividir ese cabello en 20.000.

Dice otra descripción:

“El filo del diamante, que apenas mide unos 30 átomos, permite rebanar un eritrocito en 2.000 secciones, un solo virus polinucleico en 3 cortes, e incluso cortar las macromoléculas de los ácidos nucleicos portadores del código genético en segmentos menores a bajas temperaturas (…) El bisturí de diamante es el más agudo instrumento cortante del mundo hoy día, tiene un filo cortante inerte de 20 a 50 angstroms de grosor, aproximadamente el diámetro de un átomo. La anchura de una célula de sangre roja, por comparación, es de 8.000 angstroms. Por esta razón, el cuchillo de diamante es utilizado desde hace muchos años en forma amplia y acertada en las operaciones de cataratas de los ojos; para afinar los discos magnéticos de las memorias de las computadoras modernas; para cortar y pulir cualquier substancia; para practicar biopsias en los hospitales; para cirugía del sistema nervioso; en los laboratorios del microscopio electrónico para ultramicrotomía y para muchos usos en la industria en general”.

En el mundo de la ciencia se habla con asombro y admiración de este artefacto, y del marabino universal que apenas roza los 30 años de edad y ya es una celebridad solicitada en universidades y centros de investigación. También ha creado este muchacho insaciable el micrótomo, aparato giratorio que dota a la cuchilla de diamante de un mecanismo que potencia su capacidad de corte.

Pero de pronto vuelve a manifestarse su vocación primera, que es volver, siempre volver a la patria.

Tropiezo en su propia tierra

En 1954 acude a Caracas, animado por una serie de cambios políticos que pudieran permitirle desarrollar en el país alguna experiencia modelo; esto le abriría algunas puertas dentro de Venezuela pero con el tiempo le cerraría otras.

Es designado Miembro de Número de la Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales, y consigue el apoyo para la creación de una institución que soñaba a la altura de las mejores del mundo, que ya conocía desde sus hilos y motores: el Instituto Venezolano de Investigaciones Neurológicas y Cerebrales, IVNIC. El mismo año es nombrado Jefe del departamento de Biofísica de la UCV, y encabeza la delegación venezolana a la I Conferencia de la ONU sobre usos pacíficos de la energía Nuclear. En sus ratos libres escribe su “Entrevista con Albert Einstein”.

Fernández-Morán creó la estructura del IVNIC, que resultó ser el antecedente del actual Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas, aunque la transición no fue para nada apacible o amable, y en el cénit de su entrega a esta institución fue nombrado ministro de Educación por Marcos Pérez Jiménez, cuyo gobierno naufragaba sin remedio.

El nombramiento, que Fernández-Morán aceptó, fue el 13 de enero de 1958; el día 23 triunfó la rebelión y Pérez Jiménez se largó del país. Pero Fernández-Morán se quedó, con la esperanza de que su prestigio internacional iba a influir de alguna manera en la estima de las nuevas autoridades, y que su jefatura al frente del IVNIC iba a resistir o al menos a retoñar una vez descabezada. Pero una comisión de científicos, algunos conocidos suyos, se ocupó durante todo un año de revisar y analizar su trabajo en el IVNIC, y los informes que enviaron a la nueva Junta de Gobierno fueron demoledores e insultantes.

“La institución fue concebida como un centro de ocupación para científicos extranjeros, con la desestimación total de la ciencia venezolana”. “Injustificada es la creación de este instituto para beneficio del prestigio de una persona”. “No dudamos en rechazar la capacidad de una persona de moralidad tan discutible como la del Doctor Fernández-Morán para la dirección de un instituto de investigaciones científicas”.

Mariano Picón Salas, en su columna del diario El Nacional, quiso rebajarle aun más la estatura endosándole un apodo muy a tono con el estilo del presidente que se encargaría en breve de los destinos de Venezuela: lo apodó “El Brujo de Pipe”, ante la carcajada acciondemocratista en pleno.

La atmósfera se le hizo irrespirable y optó otra vez por el camino del exilio voluntario, rumbo a Estados Unidos. Allá lo esperaba otra temporada de logros personales: fue Investigador del renombrado Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, siglas en inglés), participante del programa espacial norteamericano (la NASA lo nombró investigador y con el tiempo le confió el análisis de las piedras lunares traídas a Tierra por varias misiones Apolo). En la silla profesoral Pritzker de la División de Ciencias Biológicas de la Universidad de Chicago, cátedra ocupada antes por el genio Enrico Fermi, concibe y desarrolla el ultramicroscopio con lentes superconductores, o microscopio electrónico de alta resolución.

Y volver, volver, volver

En los años que siguieron no dejó de visitar Venezuela, desde donde lo invitaban para participar en eventos puntuales. Alguna vez propuso la creación de centros e instituciones; aunque lo escuchaban era sistemáticamente ignorado. En 1983 fue invitado a la entrega de los premios a la ciencia de un emporio empresarial (Polar) y allí debió presenciar el discurso central del evento, a cargo de Marcel Roche, un antiguo colega y amigo que, en el momento crítico de 1958, había formado parte de aquella comisión que lo había degradado; Roche fue, de paso, la persona que lo sustituyó en el IVNIC y uno de quienes comandaron la transición hacia el IVIC.

Inesperadamente, Roche le dedicó unas palabras de reconocimiento a Fernández-Morán: le atribuyó el mérito de haber propiciado la formación o la creación de condiciones para que los científicos se ocuparan de asuntos de importancia nacional, como el petróleo y la electrónica. El científico le agradeció personalmente el gesto a quien años atrás había ayudado a echarlo del IVNIC: “Por primera vez en 25 años alguien habla bien de mí públicamente en Venezuela”.

Lo cual no era del todo verdad: de 1969 data la gaita que le compusieran Eugenio Paz (letra) y Alfonso Huerta Bracho (música) en su natal Maracaibo:

“Con sumo agrado y afán / la gaita maracaibera / le canta por vez primera / al gran Fernández-Morán / un sabio que donde quiera / glorias y honras le dan”

En una singular libreta de anotaciones escrita en letra pequeñísima, anotó en el mes de marzo de ese 1983, en páginas enfrentadas, dos versiones de El Cuervo, de Edgar Allan Poe: una en inglés (la original del bardo norteamericano) y otra en castellano, traducción de Juan Antonio Pérez Bonalde. En su exploración de la poesía y sus laberintos dejó constancia, entonces, de su obsesión por el volver, por el regreso, por lo que significa la Vuelta a la Patria.

Al finalizar el siglo XX, el genio que dedicó años y esfuerzos a la investigación de la neurología y los procesos cerebrales sufrió un Accidente Cerebro Vascular. El evento fue asociado a una condición lamentable de salud que terminó con su vida en 1999, en Estocolmo, Suecia.

La Universidad de Harvard lo menciona en la lista de los 100 científicos más importantes del siglo XX.

En 2011, una exposición de libros y objetos del sabio venezolano fue denominada: “Obsesión por lo invisible”.

Invisible, como todas las cosas esenciales.

Compartir:

Deja un Comentario