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Barinas, viaje a la semilla (I)

por José Roberto Duque
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Un programa de Bancos Locales de Semillas prospera en Barinas, con el músculo y la cultura de campesinos orgullosos de sus saberes ancestrales. Primera de tres entregas sobre un diseño y experimento agrícola en plena marcha

José Roberto Duque / Fotos Nathan Ramírez

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Tú vas por la autopista José Antonio Páez y te desvías en el puente Páez hacia el sur, hacia Apure. Ruedas unos 20 minutos, pasas frente a la entrada del pueblo de Sabaneta y avanzas unos poquitos kilómetros y minutos más. En algún momento, a tu derecha, verás un letrero que dice: “Los Rastrojos”. Pudiera ser cualquier caserío más en la resolana a fuego lento de mayo (todavía no habían entrado del todo las lluvias). Pero no es cualquier caserío: el eje Los Rastrojos-San Hipólito tiene un significado político y cultural formidable, que te contamos en este otro enlace; léelo en otro momento para no distraer la atención de lo que vamos contar acá, que también se las trae.

Pero ya va, que tú no vas para Los Rastrojos sino al eje La Chancleta-Charal. Te paras ahí en la entrada y le preguntas al primer caminante por dónde se entra al sector, y el caminante apuntará más adelante en la carretera, a unos 500 metros o más, y te dirá: “¿Estás viendo aquel samán? Por ahí a la izquierda”. Desde ese samán hay que rodar cerca de un kilómetro y medio, por una trocha que en tiempo de lluvia debe ser angustiosa e imposible, hasta la casa y parcela de Elena Mendoza, espacio humilde con sabor a cultura llanera.

En contraste, a la entrada de la parcela hay una camioneta de esas que encandilan; el rótulo informa que pertenece a la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO).

Yamila Castillo Dáger, ingeniero agrónoma pero sobre todo activista y activadora de un programa de Bancos Locales de Semillas (y antes, de lo que fue el germen de esta experiencia, unas Escuelas Itinerantes Campesinas), indica que, en efecto, la FAO está allí para dar inicio a la fase práctica de una experiencia cuyo resumen promete: la comparación entre el método industrial o convencional de siembra y los métodos ancestrales, para el cultivo del maíz y otras especies comestibles. Los detalles del impulso institucional al programa se describirá en venideras entregas. En esta primera hemos querido darle voz a los campesinos.

La siembra a coa y otras claves perdidas

Así que la casa de Elena Mendoza es la sede del Banco Local de Semillas de La Chancleta-Charal, mide 10 hectáreas su terreno cultivable. A veces la llaman también Casa de Semillas, nombre que, para ser honestos, le cuadra mejor que esa referencia tan lamentable a ese asunto de banqueros y tramposos (valga la redundancia). El recelo se le quita a cualquiera al oír el nombre de ese Banco Local de Semillas: “Corazón de mi Patria”. El resto del parcelamiento consta de 59 casas con su respectivo terreno, hay 195 habitantes según el último censo local.

Hay voceros o activadores de otras tres Casas de Semilla en esta actividad, que incluye siembra de maíz y sancocho. La presencia de la FAO tiene un objeto: el registro del momento en que se sembrará maíz empleando dos métodos diferentes o antagónicos: el agroindustrial y el ancestral. Pudimos registrar la siembra, pero no probamos el sancocho porque había otras experiencias por visitar.

Elena nació en ese mismo caserío o parcelamiento en 1973. Su papá y su mamá (Hilarión Ortega y Adolfina Guevara) eran dueños y herederos de esa tierra; Elena nació a pocos metros de su casa actual, en una casa de barro y palma que hubo que abandonar porque la carretera pasa ahora por su lugar.

Aquí el ensemillamiento no es solamente de rubros vegetales; las vedettes del espacio son las muchas e interesantes variedades de gallos y gallinas que recorren el patio y picotean fluyendo entre los visitantes, acompañados de unos cuantos patos. Las aves de corral son una cantera casi inagotable de proteínas; “donde hay gallinas no hay hambre”, dice una sentencia popular cuyo significado no hay que andar preguntando mucho, porque se ve y se siente.

Había una forma de vivir y de sembrar que Elena cuenta con una reciedumbre y una ternura que valen la pena:

La forma en que sembrábamos y criábamos animales, eso era demasiado bueno, ahorita me estaba recordando con los otros muchachos. Eso se ha perdido, todo ese conocimiento. Se sembraba directo a la tierra. Para la yuca no se hacían bordas, sino que iban directamente a la tierra. Y no se usaban ni machetes, sino que uno mismo hacía las palas, las mismas coas de sembrar, las ganchas, y ahí mismo uno como podía metía la yuca. En un ciclo se sembraba la caraota de año, el maíz, la yuca, el quinchoncho, los ocumos, menos el frijol porque siempre el frijol es para el verano. El maíz se daba primero, ese se doblaba. Encima se le enredaba la caraota de año para que se agarrara. Se sacaba la yuca, los quinchonchos, los ocumos, y quedaban los plátanos, los topochos, que esos sí quedaban, esa era la producción, todo completo, para el sustento de uno, de los animales, del vecino.

Practicábamos la mano vuelta (colaboración contrabajo entre vecinos), y como se dice ahorita, los trueques. Por lo menos usted tenía caraota y yo tenía por lo menos arroz, entonces yo le cambiaba a usted por caraota, o si no estaba la cosecha suya, yo le prestaba. Y si yo no tenía, usted me prestaba, o hacíamos mano vuelta. Para empalmar una casa se llamaba cayapa; para quemar un arroz, igualmente. Eso se ha perdido mucho la tradición.

Siembra a coa: herencia y tecnología ancestrales

Y ahorita es todo con químico, todo, y antes no se utilizaba eso. Antes se aporcaba con escardilla. No se sembraba caraota negra sino caraota de año, la capirana, la blanca. Había la tradición de hacerlas con chigüire en Semana Santa, hallacas de caraotas con su chigüire y su pescado.

Antes la semilla se guardaba en conchas, en tarros, en totumas o en camasas. La semilla se secaba y la metía ahí con ceniza y no le caía ni pico. Había que cosechar en luna menguante.

La agricultura industrial rinde más pero rinde menos

Pero estos de ahora son otros tiempos, el modelo industrial ha impuesto otros cultivos y otros funcionamientos, y en este formato las comunidades han sabido adaptarse y aprovechar lo mejor de cada modelo. Con una humildad digna de nuestra gente, absorben los conocimientos de ahora sin dejar de honrar los primigenios y primordiales.

Elena, jefa de comunidad y de la UBCH (Unidad de Batalla Hugo Chávez) en La Chancleta-Charal, es la responsable de la juntura de cuatro Consejos Comunales que se aplicaron a recibir formación e información de técnicos de la FAO y el Ministerio de Agricultura y Tierras, específicamente de la UTICEX: Unidad Técnica de Investigación, Capacitación y Extensionismo. Sobre esto se hablará en otras entregas. Pero ahora es preciso decir lo central: que el proceso de ensemillamiento de esta comunidad dotará de semillas a esta y a otras cercanas, en una red de semilleristas con buenos criterios de agricultura limpia.

Elena Mendoza

Quien ha servido de enlace entre el programa de la FAO y esta comunidad ha sido José Luis Torres, productor campesino que tiene una parcela en el sector y además es ingeniero agroindustrial, investigador Tipo 3 (UPS Sabaneta) y ahora Extensionista en el programa de la FAO. Elena se encargó de convocar a la gente para las primeras reuniones, y José Luis se encargó de informar que el interés del programa era también promover las prácticas ancestrales para el ensemillamiento autóctono, de variedades nativas y otras nuevas.

José Luis Torres nació en Sabaneta y toda su vida y sus recuerdos de la infancia están poblados de la enseñanza y el aprendizaje de la agricultura en el sistema conuco con sus padres, José Victoriano Torres y Ana Jiménez.

Aquí hicimos parcelas demostrativas: las que FAO exigía contra las parcelas demostrativas que artesanalmente nuestros padres nos enseñaron. Las parcelas demostrativas eran de 14 hiladas de 15 metros de largo por 10 de ancho. Se sembraron lotes de maíz blanco, lotes de maíz con su distancia de 300 metros para que no se hubiera casamiento (mezcla de las variedades de maíz) y el maíz INIA 7, que nos donó el INIA (Instituto Nacional de Investigaciones Agrícolas) aquí a la comunidad. Hicimos dos parcelas: una para trabajarla con agroquímicos y la otra con insumos orgánicos, para hacer la comparación de unos con otros, sus rendimientos por kilos. Los resultados fueron: la agroquímica dio 17 kilos, y la ecológica dio 15 kilos.

A los productores les dije: es verdad que el agroquímico dio más producción, pero ¿para ustedes cuál es la ventaja del agroquímico? ¿Que produce más? ¿Pero qué estamos comiendo? Veneno. En cambio con el método orgánico y campesino tenemos maíz limpio, y vamos a hablar del rendimiento: ¿cuánto gastaste en esta parcela entre abono y todo eso? Por ejemplo, si con el método con agroquímicos se invierten 100 dólares, con el método ecológico gastamos de 5 a 10 dólares, haciendo gastos de horas de trabajo, horas de trabajo de producción, es una diferencia enorme.

Otra que les digo yo a ellos: nuestros ancestros, ¿con qué sembraban? Sembraban a coa (método artesanal: con un artefacto que puede ser una vara, se abre el hueco en el suelo y ahí se depositan las semillas), vamos nosotros a sembrar a coa, con el método antiguo. Algunos se asustaron, “¿cómo vamos a sembrar 10 hectáreas a coa?” (recordar que el método industrial nos acostumbró a mecanizar la siembra). Sí se puede, les dije, si antes se hacía, ¿por qué ahorita no? Hoy en día, la meta de este año es sembrar 15 hectáreas; el primer año de prueba era una parcela pequeña de 10 metros por 15, hoy en día la meta de este año es sembrar 15 hectáreas. “¿Cuánto vamos a durar?”, preguntaron, y sacamos la cuenta: si somos 10 personas podemos sembrar 5 hectáreas por día, entre 10 personas. Cinco hectáreas por día es la previsión. Y se va a sembrar a coa, matica por matica, a hilada que se llama, no se va a sembrar, sino la siembra trasplantada”.

El objeto del Banco Local de Semillas es sembrar, multiplicar y almacenar semillas de maíz, de arroz, de caraota y otras leguminosas. En esta temporada de lluvias que acaba de comenzar se van a sembrar cereales: arroz y maíz, y todo lo más se sembrará de agosto en adelante.

José Luis Torres

Las variedades nativas

Una de las misiones importantes de estos Bancos Locales de Semillas es la multiplicación de leguminosas nativas, llamadas también caraotas de año, capiranas, chinatas y una larga lista de nombres según la región; el pueblo las ha bautizado de diversas formas a lo largo de los años, y sin embargo siguen siendo un patrimonio nutricional semiolvidado para la mayoría de la población. Sus ventajas con respecto a las populares caraotas negras (Phaseolus vulgaris) son innumerables; José Luis Torres comenta algunas:

La caraota normal siempre se siembra en el ciclo de verano, mecanizada. El año pasado se sembró un kilo de caraota negra, que es de ciclo corto (se cosecha en 90 días), y las caraotas de año son ciclos largos, son perennes. La de ciclo corto se cosecha una vez, se recoge y listo; la perenne va floreando y se va cosechando todo el año. Comercialmente es más rendidora la caraota negra, que usted la sembró y a los 90 días y ya la cosechó. La otra te dura años, por eso se dice que es perenne. Se cosecha todos los días durante todo el año, por eso que le dicen caraota de año. Una mata promedio de caraota normal puede dar 100 gramos de caraota por mata, en cambio que una mata de año es difícil registrar cuánto da, este año vamos a registrarlo.

Elena, José Luis, Alirio Leal y Rafael Ángel Gil, parceleros y productores, le dedicaron una buena conversa a recuerdos y situaciones inolvidables, en los que la caraota de año salvó almuerzos y mitigó la escasez en todas las épocas; recuerdan el ritual de ir con una totuma o camasa grande a recoger las vainas ya secas, a desprenderlas del laberinto de bejucos en que se convierte la mata, y ese era el “supermercado” sin anaqueles donde ya no cabía hablar de hambre o desabastecimiento, sin necesidad de venenos, intermediarios o cadenas comerciales.

Es entonces una de las tareas pendientes al menos en el parcelamiento La Chancleta-Charal. La señora Rafaela, quien vive en la entrada del parcelamiento, tiene una buena cosecha de cinco variedades: desde la roja o morada, la vaquita y las mezcladas de varios colores, hasta la capirana blanca, la negra (que no debe confundirse con la caraota comercial), y más allá el quinchoncho blanco y el negro: leguminosas ancestrales para el futuro.

“Las vamos a sembrar entre las cercas paralelas que hay acá”, informa José Luis. Es una cerca tipo alfajor, pero es plástica que le donaron aquí al banco local.

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4 comentarios

Eduardo Mariño 10 junio 2024 - 17:20

Estimado, siempre estamos expropiando el material de acá para su publicación en Ciudad Cojedes, pero podemos hacer la vaina entre amigos y me los envias a ciudadcojedes@gmail.com?

Respuesta
José Roberto Duque 11 junio 2024 - 21:39

Estimado, pueden seguir tomándolo de acá citando el origen, sólo eso. Hay otra forma: pon esa dirección de correo aquí abajo donde dice “¡Suscríbeme a la lista de correo!”, y así te llega todo a ese correo.

Y somos panas de todos modos. Gracias por eso pues, saludos

Respuesta
Soriana Durán 9 junio 2024 - 22:11

Excelente texto y excelentes fotos.

Respuesta
José Roberto Duque 10 junio 2024 - 10:53

Igualmente, gracias!

Respuesta

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