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Mastodontes en el semiárido

En territorio de guaros de este tiempo y gayones de todas las épocas un observatorio o repositorio de megafauna espera por mejores condiciones para mostrarse al mundo

por José Roberto Duque
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José Roberto Duque / Fotos Fabricio Martorelli

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En una época cercana al alba de nuestras sociedades humanas, quizá 10 mil a 12 mil años antes del presente (nótese que el margen de error es del tamaño de la llamada Era Cristiana) una buena cantidad de animales gigantescos deambulaban o abrevaban en un charco, laguna o sistema de pantanos, en un lugar ubicado aproximadamente a 10 grados, 1 minuto y 49.5 segundos de latitud Norte, y 69 grados, 27 minutos y 55.9 segundos de longitud Oeste, según el actual sistema de orientación planetario basado en coordenadas geográficas. Métete en el Google Maps y pon esas coordenadas (así: 10°01’49.5″N – 69°27’55.9″W) a ver para dónde te llevan.

Esa especie de oasis en el que se congregaban esas moles vivientes, mugientes y trepidantes se fue secando a un ritmo muy violento. Los animales no se percataban exactamente de qué estaba ocurriendo; quién los manda a no entender que estaban atrapados en pleno cambio climático. El planeta abandonaba una glaciación y entraba en un período que ustedes los expertos han llamado Holoceno, este mismo período en el que vivimos ahora.

La Tierra se recalentaba a un ritmo mortal. Y mortal fue el momento en que aquellos miles de animales (cualquier pendejo de esos pesaba sus buenas tres toneladas), que a causa del calorón pasaban más tiempo que de costumbre en los charcos que se iban secando, quedaron atollados y murieron en masa. Tú debes haber visto las imágenes de las reses que se quedan pegadas en los pantanos llaneros cuando pasa exactamente lo mismo: las pobres vacas de 400 kilos intentan salir del barrial y, a causa de su peso y de lo espeso del charco, no lo logran. Imagínate ahora un animal diez veces más grande y más pesado (y más torpe) que una de esas vacas, tratando de despegarse de una trampa de arcilla. Lo que vino fue la larga agonía, los gritos de la muerte lenta y la putrefacción en la larga noche de los siglos.

Huesos como piedras

Diez mil (o doce mil, o quince mil) años transcurren.

Armando Medina, agricultor y criador de cabras y ovejos, suele llevar a pastorear a sus animales en las resequedades del sector El Bonito, hacienda El Crao, en las afueras de Barquisimeto (coordenadas: 10°01’49.5″N – 69°27’55.9″W). Un día de 2014, mientras sus animales comían de la ruda vegetación del semiárido, se fijó en un detalle inusual en una zanja o canal que había hecho una máquina con fines agrícolas. Se le antojó que era o se le parecía a una especie de alcantarilla de concreto de buen calibre, pero por mucho que lo analizaba no terminaba de encontrarle lógica; nadie nunca había hecho trabajos de alcantarillado en ese sector. Hasta que la intuición y las muchas conversaciones que había tenido con Juan José Salazar, director del Museo Arqueológico de Quíbor y altísimo referente de la arqueología del estado Lara, lo hicieron concluir algo imposible de obviar: aquel objeto se parecía más a un grupo de huesos de gran tamaño que a cualquier cañería.

Armando les hizo fotos a las piezas y las envió al Museo de Quíbor; en pocos días llegó una comisión para hacer la recolección del material, y sí, efectivamente, Armando había encontrado osamentas de algún gran animal extinguido. Bastó que Armando se fijara con más atención en aquella zanja para que se percatara de la dimensión del hallazgo: ese sitio cerca de donde pastorean sus cabras y ovejos, y donde hay actividad agrícola, es el mismo sitio donde aquellas especies gigantes agonizaron y murieron en el cambio de período geológico.

Se comunicaron con el Instituto del Patrimonio Cultural, y el paleontólogo Jorge Carrillo terminó de arrojar luces sobre la calidad y tamaño del yacimiento: allí había huesos de mastodontes, cliptodontes, megaterios, toxodontes, una gran variedad de especies que ya no existen. Apenas se ha explorado una zanja de 6 metros de ancho por un kilómetro de largo. Es lógico que en los alrededores se encuentre otra cantidad indeterminada de osamentas. «Hasta ahora se han encontrado grandes herbívoros; no han aparecido todavía los depredadores», informa Armando Medina.

El sitio queda dentro de una hacienda (El Crao) cuyo actual propietario le permite a Armando la entrada y exploración del territorio sin poner ninguna objeción. Armando va casi todos los días a pie hasta ese lugar, desde El Bonito; nosotros llegamos en carro y aun así sentimos el rigor del calor, el clima calcinante (recordar que estamos en pleno Holoceno). La belleza de esos parajes donde gobiernan los yabos, tunas, cardones y cujíes es conmovedora.

Armando Medina y José Cortez muestran los restos con una naturalidad que desconcierta. “Eso que está ahí es un pedazo de hueso”, informa el primero con una tranquilidad que es casi desdén; le caemos a fotos, lo tocamos, verificamos que, en efecto, parece una piedra blanca pero su textura es evidentemente ósea. Armando no lo recoge; eso se queda ahí.

Explica de manera muy pedagógica uno de los detalles del terreno que indican que tal o cual trozo de material está asociado a restos paleontológicos: la tierra alrededor es rojiza y granulada, señal de que allí hubo un proceso de oxidación. Muestra la zanja que abrió la máquina y señala los estratos claramente visibles. “Los expertos Carrillo y Arturo Jaimes nos explicaron que en este estrato, en el sedimento de este color, se encontraron todos los restos de animales. Ahí fue donde se quedaron atollados, de ahí no pudieron salir”.

José Cortez, quien es el encargado del Museo Paleontológico “Juan José Salazar” (bautizado así en honor de aquel amigo y orientador de Armando y de muchos arqueólogos, paleontólogos y antropólogos del país, fallecido precisamente en 2014) muestra en el museo las piezas recolectadas. Es entonces cuando uno entiende por qué no se lanzaron de cabeza para recoger aquel trozo de hueso prehistórico: ya no representa sorpresa alguna encontrar estas osamentas colosales, ya han recogido centenares de ellas y, cuando se den las condiciones, las seguirán recolectando. Allí están, en vitrinas o en cajas, identificados, catalogados y organizados los huesos, para que los visitantes los aprecien y se informen de su origen.

En un rincón de la sala principal yace un gran terrón, de un metro y medio de largo y medio metro de altura; no hay que esforzarse mucho para ver la forma de los enormes colmillos de un mastodonte, especie de elefante que pobló estos parajes, y algunas de sus muelas de calibre respetable.

Están la cadera y el fémur de un megaterio (una pereza gigante), una cantidad de trozos de aquellas osamentas de diversos animales. Hasta hace menos de un siglo se creía que esta megafauna eran los únicos animales vivientes en esa época, hasta que unos hallazgos en el actual estado Falcón, a cargo de Josep M. Cruxent, revelaron que nuestros antepasados indígenas ya debieron organizarse en ese entonces para cazarlos, y (probablemente) alimentarse de ellos. El hallazgo consistió en proyectiles o puntas de flecha en el mismo lugar donde yacían restos de megafauna.

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La soledad se percibe en el ambiente, así como la necesidad de apoyo para la infraestructura. Las visitas de estudiantes e interesados deben programarse y anunciarse con tiempo; el responsable del espacio atiende y explica cada detalle por pura pasión militante, no recibe remuneración alguna por esto y su único comentario al respecto es que alguien más debería ocuparse de esa tarea de manera remunerada. A cada momento los guardianes de este museo declaran su agradecimiento por la guía y el acompañamiento de la gente del Museo Arqueológico de Quíbor, cuna y motor de esta y otras experiencias.

Bastante historia hay aquí

“Por aquí pasaba el Camino Real, que así lo llamaban los españoles pero en realidad eran caminos de indios”, dice José Cortez señalando la calle de Villa Guadalupe a cuyo costado se encuentra la sede del museo. El recinto antes fue sede del Instituto para la Defensa de los Niños, Niñas y Adolescentes (IDENA) y luego fue donado por la alcaldesa Amalia Sáez a la comunidad para que hicieran ahí su museo arqueológico y paleontológico. Hasta ahora solo resguarda los restos de megafauna encontrados en El Bonito, pero el proyecto y la previsión es organizar también los restos en riesgo que todavía permanecen en varios cementerios indígenas.

En sucesivas exploraciones de las lomas y valles que van a llegar a Pavia se han encontrado los siguientes sitios con restos de cementerios, comunidades y culturas, muy probablemente del pueblo gayón: la Hoyada del León, Los Caballos, Cerro Los Zamuros, Cerro ‘e Monte, Zanjón de los Carapachos. La idea es seguir rescatando piezas de allí y ponerlas bajo resguardo en el museo. Las excavaciones habían comenzado una década atrás, pero el trabajo quedó interrumpido por la pandemia de Covid 19.

En este punto del relato es inevitable conectar esa historia semioculta con la historia personal de Armando Medina. Hay al menos un dato que hace que esa indagación en su trayectoria y su circunstancia valga la pena: la escuela de la comunidad lleva su nombre. Armando nació en ese mismo sector en 1971; tenía 54 años de edad en el momento de nuestro encuentro y entrevista.

En su propia voz, secundada por la de José Cortez, el porqué de esa quizá inédita decisión de la comunidad: ponerle a la escuela el nombre de un vecino viviente:

Su interés por la historia de su pueblo, de su familia y de su ancestro tiene varias vertientes. Una es que su tatarabuelo fue Pedro Pablo Romero, oficial de la Guerra Federal (conserva el documento original de su ascenso a coronel, firmado por Guzmán Blanco). Otra: a su abuelo José Bernardino Torrealba lo buscaron expresamente en los años 70, a petición de Pedro Pablo Linares, cronista de El Tocuyo, para hacerle estudios genéticos. Estos determinaron que era descendiente, casi sin mezclas, del pueblo ancestral gayón. Armando lo dice con orgullo y sus facciones se empeñan en respaldarlo: su rostro es el de los pobladores originarios de este paisaje.

Recuerda que en su niñez mucha gente pasaba por su casa antes de emprender la caminata rumbo a los cementerios indígenas; era una costumbre muy del eje Carora-Barquisimeto que en Semana Santa fueran personas a rescatar olicores (tiestos, restos de vasijas, herramientas y cerámicas de pueblos indígenas extintos). Según la creencia, daba buena suerte recogerlos en esa época y conservarlos. Buscaban con avidez las piezas verdes, que según el decir de todos servían para curar el mal de ojo, era una “contra” o protección para los niños.

Esa práctica, que en términos estrictos es un ejercicio de rescate de la herencia del pueblo por parte del pueblo, en algún momento derivó hacia el saqueo de los cementerios indígenas; sacaban las osamentas y se llevaban las prendas, las vasijas ceremoniales, incluso los recipientes funerarios. Así que de joven Armando participó en más de un recorrido, y así comenzó su interés por esa forma primitiva de rescate de piezas y vestigios de culturas pasadas. Luego fue vinculándose con el Museo de Quíbor, y en esta relación aprendió, quizá tarde, que esa tarea de recolección de piezas debe hacerse con un método, que es tarea de profesionales y arqueólogos y no de cualquier curioso o buscador de amuletos. A los 20 años ya había entablado amistad con Juan José Salazar.

Esa comunidad que hoy se llama Villa Guadalupe era antes, junto con otras zonas, La Concordia. En su infancia para hacer las compras había que irse a pie hasta Barquisimeto; las poblaciones de El Tostao y El Pandito eran entonces un puñito de casas que no llegaban ni a caserío. Para ir a estudiar tenía que caminar largo hasta Tintín (otra comunidad que se las trae; hablaremos después sobre ella), pueblo también de indígenas gayones. Su abuela Flor de María fue allí partera o comadrona; un gentío de esa comunidad todavía le pide la bendición.

La abuela los “alunaba”: les preparaba un remedio y un ritual para que no los afectara el sereno, un mal que puede afectar a los niños cuando alguien viene de la noche (del sereno) y entra en la habitación del recién nacido. La doña esperaba la luna correcta, preparaba un sahumerio con palitos de su patio, rezaba y le dirigía unas invocaciones al muchacho. Había una frase ceremonial de particular belleza que la mujer les dirigía a los niños en el alunamiento:

“Mirá la luna, pero no es pa tú”.

Con ese equipaje sanguíneo y vivencial a cuestas Armando Medina se puso a estudiar Historia en el Pedagógico de Barquisimeto; se graduó en el año 2000.

Ese territorio de La Concordia – Villa Guadalupe era propiedad de la familia de Armando Medina desde hace 400 años, según escrituras y según el uso de la tierra. En el año 2003 la comunidad de Valle Verde tenía necesidad de ampliar su jurisdicción para aspirar a la asignación de servicios públicos, así que la líder de la comunidad, Olga Contreras, conversó del tema con Armando y éste comenzó a parcelar y a adjudicar terrenos. La propiedad privada comenzó entonces a convertirse en comunidad; la de José Cortez fue una de las familias fundadoras. Con el tiempo, el comandante Chávez visitó varias veces ese sector, del que aspiraba que se convirtiera en una vitrina modelo para otros sectores: una comunidad con escuela, simoncito, liceo, aldea universitaria; llegó a tener también una Escuela del Magisterio.

En este nuevo tiempo las aspiraciones tienen que ver con el mejoramiento de los servicios y la vialidad, el mejoramiento de las condiciones de los docentes, la contratación y formación de nuevos guías y anfitriones del museo, y con el acondicionamiento de la sede para que puedan alojarse estudiantes e investigadores interesados en la enorme riqueza arqueológica y paleontológica de la zona.

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Periodista, escritor y editor

2 comentarios

María Lovera 20 marzo 2026 - 07:15

Excelente trabajo mi muy querido amigo Armando Medina, que Dios te dé mucha salud y vida para que continúes con este trabajo invaluable de rescatar nuestra historia ancestral y proteger ese valioso patrimonio paleontológico que encontraste y valoraste desde un principio… Dios te bendiga siempre!

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Laura Diaz 31 agosto 2025 - 09:43

Aplausos por la crónica, por aproximarnos a lo que nos pertenece como adn nativo, a los custodios y portadores de esa invaluable memoria y testimonio de otros tiempos.

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