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Comprensiones, incomprensiones y la misión de Delcy

por José Roberto Duque
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José Roberto Duque | Monte y Culebra

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Estas líneas las escribo bajo el impacto, tan potente como los misiles aquellos, que me están causando algunas reflexiones de amigos, camaradas, militantes, a quienes he decidido no confrontar en esos espacios viciados que son las redes y los grupos de telefonía (wassap, Telegram). Quizá un poco tarde, me he percatado de que esas dinámicas agotan más de lo que enriquecen cuando te ves rodeado de gente que no quiere escuchar sino simplemente imponerte a gritos su lógica. No hablo necesariamente de gente equivocada: hablo de gente tan convencida de sus posiciones que ni siquiera acepta asomarse a otros ámbitos de la discusión o la coñaza.

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Ya lo he contado antes. Lo he contado tantas veces que ya los pocos panas que me quedan sospechan que es lo único que tengo que decir sobre los inicios de mi conciencia clasista. Así que repito: aparte de las canciones de Alí Primera, la obra que me hizo estallar en pedazos la noción que tenía de la pobreza y de la opresión, no fue un libro, ni un discurso, sino un mural, una creación efímera con motivos electorales, del MIR. Yo tendría cerca de 10 años de edad, así que ese encuentro ocurrió hacia 1975. En el dibujo o cosa proselitista un carajito cadavérico pero con una gran barriga (la estrofa de la canción: “niños color de mi tierra, con sus mismas cicatrices, millonario de lombrices”) le dice a un viejo que está frente a él, casi tan flaco pero sin la panza: “Papá, tengo hambre”. Y el viejo le responde: “Yo también, hijo”.

Con el tiempo comprendí que ese mural pudo haberlo mandado a hacer cualquier partido, AD o Copei. Y que si ese mural no me hubiera estimulado a averiguar un poco más, no me habría enterado de que la propuesta de los comunistas de entonces (no sé los de ahora, porque como ahora cualquiera se hace llamar comunista entonces no hay forma) no era decirles a ese viejo y a ese niño que la solución era volverse rico y pasar un día Pepsi, sino acabar con un estado de cosas del que, un cuarto de siglo más tarde, nos habló más claramente Chávez desde su mentalidad venezolana, rural y también universal.

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De las claves o prédicas sobre la Revolución o las revoluciones que escuché, leí o presencié antes de la llegada de Chávez al poder, hay una que a veces pasamos tiempo sin recordar: la Revolución es algo que haces, o hacia lo cual arrimas el cuerpo y las brasas, cualquiera que sea la condición del entorno en que te toque vivir. Es decir, el impulso vital hacia la Revolución debe permanecer en ese lugar ubicado entre ceja y ceja, en el norte o el sur de las utopías posibles, incluso en la clandestinidad, bajo torturas, bajo fuego, con todo en contra.

Cuando Chávez llegó al Poder y se dispuso a formar Gobierno, comenzó a llamar Proceso y Revolución a todo lo que hacía y a mucha gente se le formó el consabido mondongo en el cerebro: mondongo en el que se revolvieron los conceptos Revolución, Gobierno y Proceso, y ahora mucha gente que no se enteró de lo que había antes de Chávez cree:

Que la Revolución es un acto de Gobierno;

Que el Gobierno está en la obligación de hacer la Revolución y llevársela ya hecha a la gente a su casa;

Que la única tarea del pueblo en una Revolución es votar por la gente que está en el Gobierno;

Que el día que el chavismo cese en funciones entonces se hará acabado la Revolución.

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Cierto fatalismo mezclado con vocación para el llanto y el lamento, combinado con una ignorancia desesperante de la historia y sus procesos, está llevando a sectores del chavismo a creer que Delcy Rodríguez está en la obligación de no retroceder ni un milímetro ante las amenazas de muerte y destrucción por parte del sicópata que gobierna Estados Unidos. También los está llevando a creer que cualquier decisión que se tome ahora, después del ataque criminal del 3 de enero, es definitiva y que nos llevará al fin de la historia, de la Revolución y de todo lo que se ha logrado en 26 años.

La precaria y limitada visión de eso que llaman “los poderes creadores del pueblo” ha hecho que esa referencia poética se haya reducido a las canciones y a la poesía, y no a la agricultura, la albañilería, la herrería, la mecánica automotriz, las artes y oficios que construyen cosas físicas. Parece un tema distinto pero proviene de la misma tara: creer que el revolucionario es ese señor que viene a echarme discursos y no la señora que se parte el lomo para poner un plato de comida sobre la mesa.

Entre los escenarios que se vislumbran en el horizonte hay uno del que a unos camaradas no les gusta hablar, y es la posibilidad de que vuelvan los tiempos de confrontación, de fomento y estímulo de la violencia por parte de una derecha que ahora sí siente que puede adueñarse del hemisferio, apadrinada por su amo del Norte. Querrán desalojarnos del poder y eso no suena a proceso manso o armonioso. La militancia ha programado y organizado muchas formas de reacción, resistencia y respuesta. Pero siguen tardando las propuestas más pedestres y concretas: de qué se van a alimentar y de dónde va a obtener energía corporal y logística esas entidades resistentes, cuando ya no nos quede sino el Proceso (histórico) y la Revolución (ahora en etapa de rebelión).

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Aquí se apoya a Delcy Rodríguez y a su proceso de reacomodo y navegación en las aguas más turbulentas de la historia venezolana de este siglo. Ninguna culpa debe achacársele a esa compañera cuya misión es evitar que colapse la República, evitar que colapse la paz social y evitar que los gringos se apoderen de todo. Ni una gota de duda ni de reproche para esta mujer a la que le tocó defender a Venezuela, no a punta de consignas sino a punta de acciones concretas sobre un terreno movedizo e intoxicado como nunca. Se le acompañará hasta que los fuegos de la historia nos presenten otra situación.

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Periodista, escritor y editor

1 comentario

Katania Felisola 1 febrero 2026 - 20:26

Excelente, camarada. Lo suscribo y lo comparto. Gracias por este análisis situacional y político.

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