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El último telegrafista de Clarines

El 10 de octubre de 2024 dos reporteros de La Inventadera se disponían a entrevistar a César Rafael Amaral en Clarines. Justo el día en que se disponían a visitarlo el legendario telegrafista falleció. Un equipo con mejor suerte hizo esta reconstrucción a partir de la memoria de su hijo

por Roger Bastardo Sulbarán
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Roger Bastardo / Fotos Félix Gerardi

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En las tierras del estado Anzoátegui, descansa un pueblo bendecido por lo místico, calles pulcras, amplias, casas de hermosos jardines, sus fachadas son combinaciones entre las épocas coloniales, modernas y contemporáneas. Allí viven sus habitantes, almas generosas que habitan cada rincón con una amabilidad que les brota del corazón. Esa amabilidad que escasea hoy en día es un bien común en Clarines. En su trato gentil y pulcro se siente de igual manera la calidez de quien recibe al viajero no como un extraño, sino como un hermano esperado.

Entre la arquitectura colonial de la Plaza Bolívar, la Casa Natal de Monseñor Arturo Celestino Álvarez, la Casa Amarilla, el piso empedrado. Están las iguales casas coloniales de patio central y habitantes circundantes de la familia Amaral y la señora Paula.

Los primeros, la familia Amaral. Son descendientes de César Rafael Amaral Mogollón, cultor de un oficio extinguido: fue el último telegrafista de Clarines. Uno de sus tres hijos, el señor César Amaral Chacín, narró con marcada humildad la vida oficiosa de su padre, así como parte de la vida privada de la familia.

César Amaral fue telegrafista. Nació el 18 de mayo de 1937 y falleció el 10 de octubre de 2024. Él nos contaba que empezó a trabajar formalmente a los catorce años de edad, en Cantaura. Su vida laboral inició temprano, por ser el primer hijo y debido a la necesidad de la época su padre le asignó la tarea de colaborar en la manutención de sus hermanos menores. Debido a esto debió interrumpir sus estudios. Somos tres hermanos: Ernesto es el menor, Carlos el segundo y yo el mayor. Pero ninguno de los tres continuamos con el oficio de mi padre, ya que, él siempre se empeñó en que estudiáramos, que fuésemos a la universidad. Tal vez porque él tuvo que trabajar desde los catorce años y era un hombre que adoraba leer, sus ratos libres los dedicaba a la lectura.

El oficio de telegrafista lo había aprendido en Clarines, desempeñándose también en Valle de Guanape. Trabajó en Cantaura, luego en El Tigre, Aragua de Barcelona, luego en Puerto Píritu después de ser cambiado de Villa Páez. Creo que quizá mi hermano Carlos es quien se parece más en la personalidad a mi padre. Carlos estudió Antropología y Psicología, Ernesto Geografía y yo Agronomía, aunque nunca he estado en el campo ejerciendo. Todos somos egresados de la Universidad Central de Venezuela.

Última sede del telégrafo en Clarines, antes de la modernización de las comunicaciones

Unos días antes de su muerte le dije que no nos enseñó a escribir a máquina, a lo que contestó que ese era un acto de iniciativa propia. Yo pues, me quedé con la duda: ¿debía surgir de nuestra iniciativa o de la suya?

Mi padre también se involucró en actividades políticas, militando en el MIR, como cuando se dividió. Él participó en el año 1962 en el asalto a la Prefectura de Clarines, junto con cinco o seis compañeros más. Recuerdo algunos nombres: Enrique Armas, Felipe Chacín, Leopoldo Quiaro. De ellos sólo vive Leopoldo. A mi padre lo apresaron por ello, pero no en el mismo año, sino en los primeros años de la década del 70. Estuvo detenido tres veces, las dos primeras por espacio de cuatro y seis meses. Su privación de libertad la cumplió en la Cárcel La Pica, en la cárcel de Barcelona, el Hospital Militar. Ese hecho le trajo como consecuencia la interrupción en la carrera que estaba haciendo como telegrafista. Me refiero a que tuvo que salir del pueblo un tiempo. Al regresar, no viene directamente a Clarines, sino que va a Villa Páez, en el estado Táchira. Esa fue la condición laboral que le impusieron por el asalto a la prefectura.

Trípticos informativos. Cortesía familia Amaral Chacín

César recuerda otras ocupaciones de su padre: repartía la Tribuna Popular, la Revista Ciencia Al Día, el libro de Arístides Bastidas “El atómo y sus intimidades” también lo distribuyó, lo vendía al mismo precio o lo regalaba.

La sede del telégrafo quedaba en el casco histórico, en la calle Comercio, a unas tres cuadras de la casa, cerca del Museo de Clarines. “Me acuerdo que él recibía los mensajes en clave Morse e iba escribiendo a máquina en un papel; ese papel se metía en un sobre y se le entregaba al destinatario. Igualmente enviaba los mensajes a otros pueblos: le dictaban el mensaje y él lo transmitía en un equipo que ya está en desuso. Hoy en día me doy cuenta de la importancia de escribir los hechos, la historia. Si sus hijos hubiésemos escrito lo que mi padre hacía tuviese mucho que contar. Sin embargo, creo que hay algunas cosas de él, que iré recopilando”.

Luego de una investigación, la fecha 7 de abril fue declarada como fecha de fundación del pueblo de Clarines, ahora mismo en 2026. «Mi padre recibió un reconocimiento post mortem, como hijo ilustre de este pueblo. Obtuvo de igual manera, varios reconocimientos en vida por la Alcaldía».

Al jubilarse de su trabajo como telegrafista se dedicó a leer y estudiar. “Mi madre, Beatriz Celenia Chacín Caguaripano, fue Operadora de tráfico de CANTV, cuya sede también quedaba muy cerca de aquí. Ella era quien recibía la llamada de solicitud del emisor, para comunicarse con el receptor. Al momento de jubilarse vendía helados acá en la casa. Me acuerdo que mi padre la ayudaba en la elaboración de los helados, pero no le complacía, porque manifestaba que su deseo era leer. Leer todo lo que no había podido durante su vida. Especialmente la psicología, para él era una gran pasión. En esa actividad económica estuvieron alrededor de dos o tres años.

Siempre decía: el día que me jubile me olvidaré del trabajo y me dedicaré a las cosas que tengo que hacer. Le apasionaba la investigación.

El aparato de telégrafo. Foto cortesía familia Amaral Chacín

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