Inicio Opinión y análisis Lavando ropa ajena… pero, ¿quién inventó la lavadora?

Lavando ropa ajena… pero, ¿quién inventó la lavadora?

De eso se trata, al final: de inventar para que otros no tengan que cargar con lo que ya no hace falta cargar. Aunque el crédito se lo lleve otro

por Roberto Malaver
25 vistos

Roberto Malaver | InventANDO

_____________

Hay quienes creen, cuando escuchan que están lavando dinero, que seguramente la lavadora debe ser especial. Sin embargo, fue otra forma, mucho más original, que encontraron los narcos para lavar todo el dinero de la droga. Por ejemplo, lean este diálogo de cómo lavar dinero en una prisión. Está en una novela negra, “La ley de los cerros”, de Chris Offutt:

–¿Y cómo se lava el dinero que metes en una prisión?– preguntó Mick

–Se deposita en las cuentas de los que cumplen condenas cortas. En cuanto los sueltan nos firman un cheque y ¡bingo!, Ingreso legítimo.

Lavado y secado

El invento de la lavadora fue una de las cosas que evolucionaron rápidamente para bien de todos, y sobre todo de las mujeres, que siempre fueron las más afectadas por el lavado y engrase: a mano, en la batea, y en el río.

Resulta que la lavadora no tiene un solo padre, tiene varios. Como esas familias nuestras donde el chamo tiene papá, padrastro, tío que lo crio y abuelo que lo malcrió. Todos reclaman un pedazo de la paternidad.

El primer intento serio del que se tiene noticia viene de Alemania, nada menos que de un teólogo. Jacob Christian Schäffer, hombre de Dios y de la mecánica, publicó en 1767 un tratado llamado “Máquina de lavar cómoda y ventajosa”. Imagínese usted: un cura que en vez de estar escribiendo sermones se puso a diseñar un tambor giratorio para lavar ropa. Le añadió un barril británico y, en nombre de Dios, le metió mano al invento. Ahí nació, técnicamente, la criatura. Pero no era eléctrica ni mucho menos. Era un artefacto manual, para gente con paciencia y buena manos.

Después vinieron los ingleses. En 1782 Henry Sidgier armó un tonel de madera con una manivela. Más práctico, menos teológico. Luego los estadounidenses metieron su rodillo: James King patentó un tambor giratorio en 1851, y Hamilton Smith le agregó engranajes para que girara en ambos sentidos en 1858. Cada quien puso su granito de arena, como en las reuniones del cualquier partido político, donde abundan los granitos de arena.

Llegó la revolución

Pero el salto grande, el que de verdad cambió la historia, llegó en 1901. Un tal Alva Fisher, en Chicago, creó la primera lavadora eléctrica. Un motor haciendo rodar un tambor metálico. Suena fácil ahorita, pero en esa época era una revolución. Claro que había problemas: la electricidad era cara, el aparato perdía agua por todos lados y solo giraba hacia un lado. Hay que decir que la electricidad llegaba, y eso es muy importante, porque ahora hay lugares donde se va, se va y se va. Fisher siguió trabajando, y en 1910 ya tenía un modelo con puerta y tambor bidireccional. La Hurley Machine Company se encargó de comercializarla.

Hay quienes dicen que el verdadero inventor fue Louis Goldemberg, también estadounidense, y que a Fisher le dieron el crédito por cuestiones de patente. Como siempre, la historia tiene sus vencedores que escriben, y sus vencidos, que leen.

¿Y por qué nos importa saber quién inventó la lavadora? Porque ese tambor giratorio, ese motor que hace el trabajo sucio, fue una de las cosas que más hicieron por la liberación de la mujer en el siglo XX. Lo dicen los estudios, lo dicen las feministas, lo dice cualquiera que haya tenido que lavar a mano la ropa de una familia entera. El tiempo que se dejó de gastar restregando camisas se fue para el trabajo, el estudio, la política, y el amor, es decir, la vida.

Así que la próxima vez que meta la ropa en la lavadora y le dé al botón, acuérdese de Schäffer, el cura alemán. De Sidgier, el inglés de la manivela. De Fisher, el de Chicago. Y de todos los que, sin saberlo, lavaron ropa ajena para que nosotros pudiéramos tener las manos libres.

Porque de eso se trata, al final: de inventar para que otros no tengan que cargar con lo que ya no hace falta cargar. Aunque el crédito se lo lleve otro.

Autor

Compartir:

Periodista, internacionalista.

Deja un Comentario