Omar Pérez / Fotos Nelson Chávez
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Mientras los ecos del doblete sísmico del pasado 24 de junio de 2026 aún nos sacuden, las entrañas del Panteón Nacional viven hoy una conmoción de andamios y sudor: más de cincuenta obreros se encuentran en plena faena diaria blindando las estructuras del máximo camposanto republicano.
Esta restauración no es meramente técnica; es la prolongación directa del gesto fundacional de la ermita Nuestra Señora de la Santísima Trinidad que, el 5 de agosto de 1744, emprendió el maestro de albañil pardo Juan Domingo del Sacramento Infante.
Hoy, cada hilada de mortero que levantan estos cincuenta trabajadores restituye la verdad profunda de un monumento que, nacido de la exclusión estamental colonial y devastado por la tectónica de los siglos, insiste en latir al ritmo de la clase obrera.

Este templo, erigido en el zanjón del Catuche en la zona norte de la ciudad de Caracas durante la colonia, representa una profunda contradicción estructural: el esfuerzo sobrehumano, el capital privado y la fuerza de trabajo de un pardo liberto, hijo de doña Leocadia de Ponte, puestos al servicio de una fábrica monumental que un siglo más tarde sería expropiada por el Estado liberal para consagrarse como el Panteón Nacional.
Levantar un templo de mampostería en la Caracas del siglo XVIII no era tarea sencilla. En una sociedad estamental cruzada por prejuicios de casta, Infante tuvo que bregar contra las restricciones institucionales de la Corona, el Cabildo y el clero. Para financiar los materiales y sostener la obra, el alarife (albañil) Infante no contó con chequeras reales ni con grandes arcas eclesiásticas en su génesis; tuvo que autofinanciarse mediante la liquidación de su propio patrimonio.

Así se relata con contundencia documental en testimonios compilados:
Yo he sido fundador del templo de la Santísima Trinidad de esta ciudad que aún se está construyendo situado en la sabana del mismo nombre, y que cuando comencé esta obra tenía por bienes propios míos cuatro casas tiendas, las que vendí y enajené para convertir sus productos, como lo convertí en dicha fábrica, como también el ingreso de varios negocios que con mi propia agencia adquirí y así […] mismo todos aquellos jornales personales que como maestro de albañil debiera devengar sin deducir ni apropiarme otro interés que un corto alimento para mi persona y un honesto vestido, como es constante al público»
Pardo Stolk, El Panteón Nacional, pp. 27-28.
Las dificultades materiales no se limitaban a conseguir cal, piedra y ladrillos. El entorno geográfico presentaba enormes barreras físicas. El hondo zanjón del Catuche interrumpía violentamente el tránsito desde la ciudad consolidada hasta la sabana de la Trinidad, aislando la obra.

Ante la inercia institucional, fue el propio Infante quien levantó los cimientos iniciales de un puente para salvar el obstáculo. Esta infraestructura vial sería continuada y culminada años más tarde por las autoridades coloniales —bajo los proyectos del ingeniero Manuel Clemente de Francia y los mandatos de los Capitanes Generales José Solano y Carlos José de Agüero hacia 1775—, evidenciando cómo el esfuerzo técnico popular terminaba subordinado a la racionalidad administrativa de la corona.
La proeza de la mampostería abovedada
Frente a la arquitectura doméstica y modesta de bahareque y tapia liviana predominante en el período, levantar aquella ermita exigió un dominio riguroso de la mampostería resistente al fuego y al colapso, todo un reto para la ambición constructiva de Infante.

La visita pastoral del Obispo Mariano Martí realizada en 1772 describe con precisión milimétrica la materialidad alcanzada por el templo:
Toda de calicanto y mampostería, cubierta de bóveda, con cuatro órdenes de columnas y arcos que forman tres naves y dos pasadizos de igual longitud por delante de los altares; los cuales deben ser quince según los huecos formados en las paredes. En el frontispicio tres puertas hacia el mediodía, con buena fachada y dos torres campanarias a los lados, todavía sin concluir. Tras la capilla mayor la sacristía, con varias piezas altas y bajas de igual material que la iglesia y cubiertas de bóveda…»
(Pardo Stolk, El Panteón Nacional, pp. 26-27).
Esta solución abovedada de calicanto —mezcla de cal, arena y piedra— representaba un desafío mayúsculo en una zona de alta sismicidad como el valle de Caracas.
Soportar los empujes laterales de semejantes bóvedas requirió muros perimetrales de gran espesor y una cimentación profunda, movilizando hornos de cal, canteras locales y una cadena de trabajo artesanal sumamente compleja.

El destino del templo estuvo marcado por las sacudidas de la tectónica y de la historia política. El 26 de marzo de 1812 un devastador terremoto redujo a escombros las naves y bóvedas de la ermita, dejando en pie únicamente los muros perimetrales exteriores. Muerto Infante en diciembre de 1780 —sepultado por su propia voluntad al pie del altar mayor en la bóveda que construyó— el edificio atravesó décadas de ruina y reconstrucciones parciales.
El punto de inflexión definitivo sobrevino el 28 de marzo de 1874, cuando el Presidente Antonio Guzmán Blanco decretó la transformación radical del espacio mediante la «caridad pública»: se ordenó desmantelar los restos del templo católico, concluir la torre faltante y reconvertir el recinto en el Panteón Nacional.

A este espacio fueron trasladados solemnemente los restos de próceres y ciudadanos eminentes (como el decreto de traslado de 253 próceres de la Independencia en febrero de 1876, la exhumación de figuras como Juan Crisóstomo Falcón y Pedro Manuel Rojas, y la consagración definitiva del mausoleo para los restos de Simón Bolívar).
La ermita de la Santísima Trinidad es síntesis de nuestra historia. Lo que nació como un acto de afirmación espiritual, técnica y social por parte de un alarife pardo que vació sus bolsillos y su fuerza de trabajo en cada hilada de ladrillo, terminó siendo absorbido por el Estado liberal.
El esfuerzo de Juan Domingo del Sacramento Infante —convertido hoy en los cimientos pétreos del Panteón Nacional— nos recuerda que detrás de cada gran monumento de nuestra memoria oficial late siempre el sudor anónimo y creador de las clases trabajadoras.

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Referencia bibliográfica
Pardo Stolk, Edgar (1973). El Panteón Nacional. Ediciones del Ejecutivo.
