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Los fertilizantes orgánicos y la agricultura necesaria  

por Jose Roberto Duque
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Hace menos de un año, el 15 de noviembre de 2022, ocurrió un evento al cual se le ha dado poca publicidad luego de su anuncio: la población mundial alcanzó los 8.000 millones de personas. Desde el 2010, se sumaron mil millones de seres humanos más a nuestro planeta en sólo 12 años, y las proyecciones actuales estiman que llegaremos a los 9 mil millones en el año 2037. Las zonas urbanas absorberán la mayor parte de este crecimiento demográfico.

En este contexto surgen ciertas interrogantes, pero la principal está relacionada con el consumo de recursos que implica sostener una población cada vez mayor, en un entorno que detonará las visibles desigualdades del sistema de producción y consumo actual, que se encuentra en manos de menos del 1% de la población, mientras el restante 99% observa expectante la rapiña de las grandes corporaciones. Todo esto aliñado por la crisis civilizatoria, que se expresa en el cambio climático, la extinción masiva de especies y la contaminación.

Entonces, ¿Qué hacemos? Existe un proverbio bíblico que reza así: “De todo hay en la viña del señor”, y suele usarse para hacer referencia a que pueden existir personas o acciones de cualquier naturaleza y condición. Situaciones extremas pueden originar precisamente que esa “viña del señor” sea cada vez más amplia. 

En el año 2022 tuve la oportunidad de leer una reseña de Agence France-Presse (AFP) bastante curiosa: “Los franceses descubrieron que la orina era un fertilizante”. Interesante “descubrimiento” que tiene miles de años, y que no tuvo su origen en Francia.

En ningún momento la iniciativa de algunos sectores en Francia es cuestionable, por el contrario, podríamos catalogarla como perentoria en muchos casos, pero lo curioso del hecho en sí, es el momento en que ocurre, en 2022, cuando el índice de costos globales de los alimentos, publicado por la FAO, indicaba el mayor costo promedio de la historia reciente, incluso mayor que los alcanzados entre 2010 y 2011 a raíz de la inestabilidad general en los mercados de alimentos que coincidió con el desarrollo de la denominada “Primavera árabe”, periodo convulso vivido por naciones como Libia, Siria, Egipto, Túnez, y otros países árabes, donde a través de los servicios de inteligencia occidentales se trató de promover en estos países, cambios de gobierno o guerras para posicionar en ellos grupos favorables a Estados Unidos.

El desarrollo de la Operación Militar Rusa en Ucrania, por demás necesaria, para hacer frente a las agresiones contra la población civil en las Repúblicas independientes de Donestk y Lugansk, por parte del gobierno abiertamente nazista y anti-ruso de Kiev, condujo a la restricción de la exportación de fertilizantes a Europa, con el consecuente aumento de los precios, y originó en los productores la necesidad de fertilizantes alternativos, disponibles y económicos.

Es entonces cuando la orina pasa a ser la estrella, y salvadora de los campos franceses. Hacer mano de un fertilizante ecológico, conocido no desde hace décadas, sino siglos y milenios, no es una acción a favor del ambiente, sencillamente, se colocó la vista sobre un suplente barato y disponible, a los fertilizantes químicos, que no están en el mercado como consecuencia de la guerra. El sistema irracional capitalista hace eso, en muchas situaciones disfraza la piratería moderna, la incompetencia diplomática, con un ecologismo pragmático, pero no todo son espejismos. 

En los últimos 15 años la agricultura orgánica o ecológica ha aumentado de forma rápida y continua, sumando unas 46,5 millones de hectáreas en dicho periodo y para el año 2021, este tipo de agricultura ya abarcaba más de 76 millones de hectáreas en todo el mundo.

En América latina, como ejemplo, podemos tomar a Chile, donde los productores de abonos orgánicos se han conformado en la Red Chilena de Bioinsumos, dando pasos importantes hacia la certificación y normalización de este tipo de prácticas. Igualmente Costa Rica y Cuba han impulsado modelos agrícolas basados en los componentes orgánicos como el compost, bioles, entre otros.

Entre las bondades de las agriculturas orgánica, y agroecológica, se encuentra la reducción del uso de fertilizantes y agrotóxicos sintéticos, lo que repercute directamente en una mejor salud para los agricultores, el agua y los suelos. Desde el punto de vista económico, también han demostrado una importante rentabilidad, ya que los productos orgánicos certificados son exportados a mercados como la unión Europea y Japón, donde son cada vez más demandados.

La FAO también reconoce el papel de la agricultura ecológica en la lucha contra el cambio climático, ya que la agricultura es responsable del 14% de las emisiones de gases de efecto invernadero, y si se incluye la deforestación y los cambios de uso de la tierra, este número asciende hasta un 30%, por lo cual la agricultura agroecológica, y orgánica poseen el potencial de mitigar una parte importante de las emisiones, ya que los enfoques basados en sistemas agroforestales, uso múltiple del suelo y técnicas de conservación de los suelos pueden hacer una importante diferencia en esta lucha estructural.

Por tanto, lo que nos queda es seguir impulsando el uso de una fertilización natural, orgánica, basado en compost, bioles, estiércol, la permacultura, etc., no de forma coyuntural, sino como respuesta estructural necesaria para hacer de nuestro cada vez más poblado planeta, un lugar con mayores posibilidades para la supervivencia de nuestra especie y de todos los seres vivos con quienes la compartimos.

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