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Cuyagua: bosque, ciencia, cooperativismo y lo simbólico concreto

por José Luis Omaña
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José Luis Omaña

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En Cuyagua, cada fin de semana los turistas se adueñan de la costa; imponentes camionetas y uno que otro cacharrito instalan sus baladas románticas frente al mar. Allí se conforma una economía al margen del pueblo, a la que una parte de las y los pobladores de Cuyagua asisten. Una economía efímera, transitoria. “Antes nosotros vivíamos de los turistas, ahora los turistas viven de nosotros”, me dijo una señora.

Los turistas también van a Cuyagua en busca del río y del chocolate. El manjar del cacao es casi la única razón por la que llegan hasta el pueblo, si no es que van a dormir en alguna posada. Lo que casi nadie ve es lo que hay detrás de ese intenso ecosistema y del propio chocolate: unas ciencias y unas tecnologías tan poderosas como invisibilizadas. En este texto hablaremos sobre esas técnicas, cuáles son, para qué sirven, cómo se usan, y sobre los desafíos que enfrentan.

Las llamaremos técnicas y ciencias, y no oficios sin fundamento científico o “saberes” pseudo científicos, como suelen ser etiquetadas. Porque es evidente que son ciencias con todas las letras de esa palabra. Su fin y su sentido es producir y reproducir conocimientos fundamentales para eso que llaman “buen vivir”.

Buen vivir no es igual a “vivir mejor”, “calidad de vida” o a “estado de bienestar”. El buen vivir es el ubuntu bantú: “existo si tú existes”, o “yo soy porque tú eres”, o el también africano “ama al prójimo como a ti, tú eres él”. Toda técnica y ciencia que se derive de estos principios es reproductora y productora de vida, y no maximizadora de ganancias). Cierro paréntesis.

Aquellas técnicas, decíamos, las resumiremos en el concepto de agri-cultura, o “cultura de la tierra”: en el sentido estricto de conocimientos científicos para reproducir el bosque tropical a través del conuco de origen africano e indígena. Pero un conocimiento que reproduce el bosque conlleva una cultura del bosque. Es decir, unas cotidianidades, unos hábitos, unas formas de pensar y sentir que, necesariamente, derivan en una política, una ética y una economía al servicio del bosque, y no al servicio del capital o del Vaticano, o de cualquier poder irracional o colonial establecido o por establecerse.

Sembrar tierra, cosechar bosque Cuando uno se come un chocolate de Cuyagua, hecho por Tibisay Martínez, por ejemplo, uno está comiendo en realidad cultura: el cuerpo se llena de un conocimiento milenario de la agroforestería del cacao, que se siembra junto a diversos árboles frutales y plantas medicinales. Te empieza a correr por la sangre el resultado del cuidado “agroecológico” de suelos, el resguardo celoso de los germoplasmas locales, la construcción y mantenimiento de las acequias, esas maravillas acuíferas que despliegan el poder del río entre las arboledas.

La cultura del conuco entra por la boca; la incorporamos en el cuerpo comiendo lo que en él se cosecha. Me refiero a los hábitos, a costumbres cotidianas, materiales y espirituales que reproducen la diversidad biocultural en todo su esplendor. Esos hábitos se materializan en la existencia misma del bosque, que simplemente no existiría sin la cultura conuquera.

He visto en Cuyagua cómo la gente de la Empresa Campesina recupera una parte de la hacienda a punta de conuco. Primero despejan el área con machete y guadaña. Luego siembran cacao junto a arbolitos para la sombra y la madera, y también árboles frutales como aguacate, guamo, ñamepalo, coco, cítricos, entre otras maravillas tropicales. Mientras todo eso está chiquito, siembran caraotas, ocumo, plátano, cambur, maíz, locho, locho plátano, auyama, ají, entre otras delicias. Así, mientras crece el bosque de cacao, aguacate, guamo y ñamepalo, ceibas, samanes y jabillos, la gente se va alimentando de cultivos de ciclo corto, al mismo tiempo que se alimenta el suelo y toda clase de seres vivientes con tal variedad de especies simbióticas.

Félix Martínez nos ha mostrado en detalle las técnicas que emplean. Las cáscaras de las mazorcas de cacao, acumuladas después de la jornada de despulpado, se convierten en tierra fértil, usada para abonar la arboleda, que también es abonada por el propio policultivo. Las caraotas ayudan a fijar el nitrógeno en el suelo, mientras que la siembra de rubros asociados al cacao ayuda a integrar una diversidad importante de micro-organismos al sustrato en el que crecen la arboleda y el bosque. La recuperación del bosque comestible sucede en poco tiempo, gracias a la técnica de injerto que la Empresa usa. Félix demuestra que, injertando, en año y medio las plantas de cacao ya están productivas. E insiste en que esas plantas son tan perdurables como las que no son injertadas, si se cuidan bien.

Esto le permite a la Empresa Campesina, además de contar con un bosque sano, resistente, adaptado y resiliente a los embates de la crisis ambiental global, mantener la productividad del cacao y, sobre todo, resguardar las semillas originarias, lo que la agronomía llama “los materiales originales de germoplasma”. Y lo hacen de manera quizás más eficiente que los bancos de germoplasma. Estos últimos, como ya vimos desde 2017, son vulnerables a la crisis energética y a la guerra económica. El bosque, en cambio, se mantiene en pie.

Uno observa en Cuyagua lo mismo que en Amazonas: que el conuco es una fase del proceso de siembra del bosque comestible, del que no sólo se alimentan los humanos sino la otra fauna que lo puebla, así como insectos, bacterias y hongos benéficos sin los cuales usted no sabría a qué sabe el chocolate. ¿No es esa acaso la verdadera cultura de La Tierra?, en el sentido planetario: la cultura del planeta Tierra. Me refiero al hábito y la costumbre del sujeto del campo de reproducir suelo, sembrar tierra, y así seguir haciendo posible la vida en el planeta.

Esto es importante porque la literatura oficial, vigente incluso en la propaganda escolar, insiste en que el conuco es una técnica destructora del sagrado bosque, cuya sacralidad está sólo destinada a la contemplación estética o a la conservación biológica convencional, que generalmente confluyen en sus agendas. Por suerte, hoy una biología comprometida con la vida nos informa que el conuco, cuando es tradicional, cuando se hace en policultivo de especies locales, reproduce la diversidad biológica y fortalece los ecosistemas. Eso es lo que hacen la Cooperativa y la Empresa Campesina Cuyagua: incorporan más vida al ecosistema.

La Empresa Campesina Cuyagua intenta lo que podría entenderse como una “autorreparación” (el término lo plantea Zenobia Marcano), es decir, en lugar de extraer vida del bosque, le incorporan una potente biodiversidad de cultivos, que a la vez atrae y reproduce una poderosa biodiversidad de insectos, animales, hongos y bacterias benéficas. Así resguardan un territorio ancestral que por derecho les pertenece. Lo que esta gente produce es, literalmente, suelo, tierra, humus, capa vegetal. La ecología contemporánea le llama a eso “agroforestería”, y está de moda ahora entre los lobbies internacionales del mercado del “calentamiento global”, que para nosotros es una crisis ecosistémica y energética producida por el proyecto civilizatorio de la modernidad, que incluye el capitalismo, claro, pero también incluye el proceso de conquista y colonización, que no es cosa del pasado, por cierto.

De la tierra al procesamiento

Como se ve, en Cuyagua el cacao no se siembra solo, ni es la única fuente de vida. Es, sin duda, una forma de acceder al capital. Precaria, por cierto, limitada; porque el trabajo de la naturaleza y el de la gente que la cuida y la cría es la fuente del plusvalor que absorbe el que termina vendiendo el chocolate, bien sea en alguna tiendita de Caracas, en Suiza o en Japón. Si sacáramos una estructura de costos básica, la Empresa Campesina vería, aproximadamente, sólo el 2% del precio de cada barra de chocolate vendida en el mercado mundial. Es decir, que si un suizo compra en Ginebra una barra de chocolate en 10 dólares, a los productores del cacao les tocan sólo 0,2 dólares, de los cuales al jornalero le queda un mínimo porcentaje. ¡Si es que corre con suerte!

Por eso en Cuyagua no están con cuentos: venden las semillas fermentadas y secas, sí, pero no dejan de alimentar su bosque, que no es sólo fuente de cacao para la venta, sino también fuente de comida para la gente. Aquí los cultivos asociados al cacao juegan un papel fundamental. El plátano, el cambur, el ocumo blanco cuyagüense, el aguacate, son fuente de nutrición, como ya se dijo.

Con estos rubros, la Cooperativa Cuyagua Nombre María 4 (Coop. CNM4) quiere producir harinas para la venta y para la alimentación de la Escuela. Un factible y vital proyecto que, de realizarse, contribuiría al fortalecimiento de la soberanía alimentaria local, a la economía del pueblo y al bosque mismo.

La intención de procesamiento de estos rubros se basa en la experiencia ya probada de procesamiento del cacao. En Cuyagua sucede lo que Meyby Ugueto Ponce y Ana Felicién llaman “soberanía del placer”. Las infancias de la comunidad tienen la dicha de poder disfrutar del chocolate procesado por sus tías, madres, abuelas. Y esto no es poca cosa. Se sabe que en Costa de Marfil, África, donde el negocio del cacao sigue siendo el de la trata racializada, las infancias y los propios productores adultos nunca han probado una taza o siquiera un cuadrito de chocolate. Que el cacao, que por herencia le pertenece a las infancias de Cuyagua, pueda convertirse en energía de vida de esas infancias, podría ser otro acercamiento a una posible “auto-reparación”.

Otra experiencia exitosa es la extracción de productos del cacao y del coco. La cooperativa produce manteca de cacao, cacao en polvo y una serie de cosméticos derivados del cacao y del aceite de coco, también extraído al frío gracias a procesos de innovación popular. Los dos tecnólogos del pueblo son Noel Estrías y Luis Requena. Ellos han construido sus propias fábricas para el procesamiento del cacao y sus rubros asociados, y tienen sus propias marcas familiares: “Chocolates Cuyagua” y “Cacao La Requenera”, respectivamente.

Tostadoras, descascarilladoras, molinos mejorados, prensas hidráulicas han salido de las manos de estos hombres de ingenio. De allí insurgen todos los productos derivados del cacao y el coco, sin pasar por intermediarios comerciales. Pero los dos también son hombres que siembran. Nelson, con su familia, cosecha frutas, maní, ajonjolí, café, plátanos, mientras ve crecer una prometedora arboleda de cacao.

Luis y su familia hacen parte de un proyecto ejemplar: las cayapas semanales de la Coop. CNM4 en las parcelas de cada cooperativista, limpiando canales de riego, planificando la siembra del cacao y de sus rubros asociados, comunalizando la energía, construyendo el buen vivir.

La retoma de lo simbólico concreto afrodiaspórico y originario

Otro hito importante en estas ciencias son las tecnologías de lo simbólico, que en los pueblos originarios y afrodiaspóricos nunca dejan de ser concreción política y técnica. La Cooperativa Cuyagua Nombre María 4 (Coop. CNM4) tiene el plan de conformar una escuela de cultura, un espacio-tiempo para crear estrategias políticas, económicas y festivas de la vida. Además de las nombradas cayapas, están organizando encuentros para retomar la fabricación y el toque del tambor ancestral, a la vez que promueven talleres de cría de abejas nativas, la prevención del cáncer de mama y el Día Internacional de la Mujer Rural. En resumen, su plan es retomar las relaciones entre el mundo de vida espiritual y el mundo de vida agrícola del pueblo, para seguir construyendo el culto a la tierra del que hablamos al principio de este texto.

No es un dato menor que quienes conforman la Coop. CNM4 Cuyagua sean en su mayoría mujeres. Maestras, madres, esposas, conuqueras, sanjuaneras, integrantes de las instituciones locales del poder popular, cuidadoras y criadoras de la casa y de los ecosistemas. Estas ciencias que aquí resumimos son tecnologías de origen africano e indígena. Tanto así, que todavía se hace casabe en Cuyagua a la manera de los pueblos originarios, que aún siguen vivos en la memoria biocultural activa de sus habitantes.

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