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«En los tepuyes está la caldera de la evolución»

La vida de Ricardo Guerrero desborda las dimensiones de su reciente galardón: Premio Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación 2025. Ha capturado y descrito especies única y soportado la acción de parásitos y virus fulminantes, gracias a Flemming y a un recio sistema inmunológico

por Soriana Durán
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Soriana Durán / Fotos Abraxas Iribarren

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El doctor Ricardo Guerrero esperaba a un lado del pasillo que comunica al Instituto de Zoología y Ecología Tropical con el resto de la Facultad de Ciencias de la Universidad Central de Venezuela. Vestía simple, con un pantalón de mezclilla y una camiseta verde desgastada. La barba crecida y blanca, como espuma, le cubría la quijada. Sus mejillas ardían –por el sol y por el agite usual de hacer vida en Caracas– y el tono rojizo contrastaba con su tez pálida.

Tiene más de sesenta años de una buena y fructífera carrera científica, razón por la que recientemente fue reconocido en los XX Premios Nacionales de Ciencia, Tecnología e Innovación “Dr. Humberto Fernández-Morán”, en la mención Amplia Trayectoria. Profesor emérito de la UCV en el área de zoología y parasitología, especialista en Sistemática y Ecología de Parásitos. Nació en Madrid, España –no dijo cuándo, pero está claro que no fue ayer–, pero se naturalizó venezolano a los 5 años cuando su familia emigró en búsqueda de un mejor futuro después de haber perdido la guerra civil.

“Nos vinimos mis padres, mi hermano mayor y yo. Llegamos La Guaira en el 55. Yo llegué como niño en el pasaporte de mi madre, y eso quiere decir que yo nunca tuve documentos españoles aparte de la partida de nacimiento, y según la constitución venezolana, mis padres se nacionalizaron de inmediato y por lo tanto mi hermano y yo somos venezolanos de nacimiento”.

Su padre fue Antonio Guerrero Pomares, obrero de una constructora que se convirtió en preso político cuando todavía era un adolescente:

“Cuando llega la guerra civil él era muy jovencito, tenía 16 o 17, pero estaba inscrito en el sindicato socialista de la construcción, y por supuesto, lo mandaron a hacer trabajo político y después, hasta que cumplió los 18 años, se metió en el ejército y le tocó pelear en la última división que defendió a Madrid, del lado de los comunistas. Cuando termina la guerra, a esa división los agarran a toditos, fusilaron a todos los oficiales y suboficiales y él se salvó porque era muy joven”. El crimen atribuido a su papá era el de haber sido comunista desde antes de los 15 años. La sentencia era la muerte, “pero le perdonaron la vida por veinte años y un día”, y durante ese tiempo estuvo preso entre batallones de castigo y campos de concentración en África.

El contexto de su madre, Julia María Luísa López-Alcántara de Guerrero, no es del todo distinto: “Mi madre venía de una familia con dinero. Mi abuelo era médico, pero también era socialista y masón. A él también lo castigaron, le metieron dos condenas de muerte, una por masón y otra por haber colaborado con retransmisiones y por tener conexión con brigadas internacionales”. A su abuelo materno, Antonio López-Alcántara Cornejo, también le ‘perdonaron la vida’ a cambio de que sirviera de médico en el ahora conocido Hospital General Universitario Gregorio Marañón.

Ricardo asegura con orgullo que reafirmó su nacionalidad venezolana cuando cumplió la mayoría de edad, momento en el que debió decidir si adoptar lsa nacionalidad española de manera definitiva o no: “Por eso no he querido irme del país, aún teniendo muchas oportunidades. He trabajado en casi veinte países. Me han ofrecido trabajo afuera, pero aquí estoy”.

Tenía diez años y acababa de culminar sexto grado cuando llegó a sus manos un libro que mostraba las oportunidades de estudio en Venezuela, todas las carreras disponibles para ese tiempo y en qué universidades del país se podían cursar. Hojeó las páginas del librito al revés y al derecho hasta que dio con algo que captó su atención: biología.

Guerrero tenía problemas crónicos con la garganta y fue operado de las amígdalas cuando tenía apenas año y medio. Luego le crecieron y se tuvo que volver a operar dos años después; “Me salvó la penicilina. Así como hay gente que tiene a José Gregorio Hernández en un pedestal, mi mamá tenía a Alexander Flemming, el inventor de la penicilina. Me enseñó su biografía y un montón de cosas de ese señor”.

En su adolescencia comenzó a recolectar fotografías y artículos de divulgación científica. Estudió la vida de Pasteur, de Robert Koch, de Joseph Lister y similares. En tercer año de bachillerato su profesora le pidió a él que diera la clase del ADN porque él conocía mejor el ADN que ella misma. Sería un compañero de clases el que le sugeriría que trabajara de auxiliar en Fundación La Salle, donde fue recibido por un botánico que le ofreció, entre un montón de ciencias con nombres extravagantes, el grupo de estudio de parasitología.

“Acepté parasitología porque lo otro no tenía ni idea de qué eran. Lo único que me sonó cristiano fue parasitología”.

En el 67 aprovechó una promoción del IVIC para hacer unas pasantías: “Eso fue mes y medio de pruebas. Íbamos todos los sábados al IVIC, venía un transporte a buscarnos, a hacer tests de todo, psicológicos, de matemáticas, de física. Éramos trescientos y pico de candidatos y nos eligieron solo a ocho. Ahí pude lograr mi sueño de trabajar como técnico en virología”.

Ricardo Guerrero permaneció en contacto con la Fundación La Salle porque le permitió trabajar en distintos proyectos de impacto ambiental y ecológicos de relevancia, y es aquí cuando nos da a conocer otra de los aspectos que componen su carrera, uno de los más difíciles, pero también de los más emocionantes: “Me gusta mucho el laboratorio, pero me gusta también el trabajo de campo. Yo en el liceo fui durante cuatro años secretario del centro excursionista, y subíamos al Ávila cada quince días”.

En estas primeras incursiones un muy joven Ricardo Guerrero participó en el primer estudio de impacto ambiental que se hizo en Venezuela como resultado de un convenio entre la Fundación La Salle y Electricidad de Caracas (EDC). Ahí debió estudiar la Hacienda El Limón (un terreno que abarcaba desde la Colonia Tovar hasta Puerto Cruz) porque un grupo de campesinos quería construir una represa. Después participó en un plan de rescate de la fauna silvestre que quedó aislada dentro del Guri: “Antes había que hacer una evaluación para saber qué fauna había ahí antes de cerrar la represa, y de ahí salieron parásitos nuevos. Del Limón salieron parásitos nuevos también, y empecé publicar estas especies nuevas de parásitos cuando tenía diecinueve años, y eso es lo que sigo haciendo hoy, sesenta años después, exactamente”.

A lo largo de su trayectoria Ricardo Guerrero ha estado en los lugares más remotos y fascinantes del mundo, en casi todos los continentes. Sus trampas para ratones y murciélagos han estado en países como Australia, Japón, Estados Unidos, Perú, México, Cuba, Costa Rica, y ha participado en el ámbito pedagógico y científico en Inglaterra, Francia, Checoslovaquia, Polonia y España. En uno de esos viajes a Londres se reencontró con el ídolo de su madre, Alexander Flemming, durante una conferencia a la que había sido invitado en el Saint Mary Hospital:

“Cuando me fijo, al lado de ese saloncito, hay una placa que dice: ‘Aquí Alexander Flemming descubrió la penicilina. Imagínate la impresión para mi madre, decirle que di una clase en el salón donde estuvo Alexander Flemming cuando descubrió la penicilina”.

“En mi trabajo de campo he agarrado muchas cosas. La peor fue encefalitis. Me infecté con virus de encefalitis en el IVIC, fueron tres días de mi vida que no sé qué pasó. Es un virus muy maligno porque se transmite por mosquitos, pero también por respiración, entonces se usa mucho para la guerra bacteriológica porque es un virus que en veinticuatro horas te deja listo. A veces no te mata, de hecho, de todo ese grupo que trabajamos con ese virus, una bioanalista que quedó en estado de coma, otra que quedó con el mínimo mal, el jefe del laboratorio quedó que se tomaba como veinte aspirinas al día. Afortunadamente yo era muy joven y no me dejó secuelas, aparentemente”.

Añade también que una de las causas principales por las que ocurren este tipo de brotes en espacios cerrados durante la investigación de esos virus es por la metodología con la que se manejan esos elementos, que no ha cambiado demasiado con los años:

“He llegado a multiplicar virus y tenía en un frasquito diez a la catorce virus por centímetros cúbicos. Imagínate lo que son billones, trillones de virus en un cc. Por mucho cuidado que tú tengas, o sea, en aquella época no había esas medidas de bioseguridad. Uno trabajaba más de carpintería. Había que trabajar cosas con pipeta, entonces no se puede usar mascarilla con pipeta, a mí nunca me gustó usar guantes porque yo tenía a mi lado siempre una botellita con formol, y si me mojaba con algo inmediatamente me limpiaba con formol, si tú tienes guantes no te das cuenta».

Y por otra parte, en ámbitos rurales extremos:

“Yo me meto un mes en un tepuy, estoy trabajando sentado en el suelo, en una piedra, con una bandeja y sacando tripas de ratón. Nada más en mi tesis doctoral agarré como 2.500 ratones. He agarrado ratones en todas partes, he agarrado como 4.000 murciélagos y con mano pelada. Me he contaminado con lo que sea, pero tengo un buen sistema inmunológico”.

Pero una de las experiencias más llamativas que tiene Ricardo Guerrero, o un conjunto de ellas, ocurrieron en los tepuyes venezolanos:

“Los tepuyes son realmente algo único, no hay en otra parte del mundo ese tipo de montaña, de suelo. Geológicamente son únicos, pero biológicamente también. Es interesante del punto de vista biológico porque las condiciones son extremas. Yo he medido en mi tienda de campaña 4° en la noche y 46° en el día. Cuando esas presiones son muy fuertes para la fauna y para la flora es todo muy seco, pero de repente te llega una nube y moja todo, vuelve a salir el sol. Como es muy alto hay mucha luz ultravioleta, y esa luz produce mutaciones porque afecta el ácido nucleico, el ADN, entonces está produciendo mutaciones constantemente, y esas condiciones tan extremas van seleccionando los animales y las plantas, entonces, realmente la caldera de la evolución está allá. Están apareciendo especies nuevas”.

Además de la experiencia desde el punto de vista investigativo, para poder acceder a sitios como Roraima es necesario financiamiento y mucho temple para soportar las condiciones características de estas expediciones:

“Tú para hacer eso tienes que subir en helicóptero. Bueno, en Roraima puedes subir a pie y Auyantepuy una parte también, pero son subidas muy escarpadas y yo necesito ochenta kilos de equipaje. Tengo que llevar trampas, redes, alcohol, frascos, más la comida. O sea, una tienda de campaña para dormir, porque es un ambiente muy hostil. Es muy costoso, tú no vas a subir por dos días, vas a subir por un mes. Tienes que meter comida, combustible”.

“Hay algo que yo le llamo el síndrome del tepuy, cuando va gente por primera vez, porque es un zaperoco, un poco de gente, viene la avioneta, un poco de cajones, un poco de cosas, llega el helicóptero haciendo bulla, aquella hélice, monta todo rapidito en el helicóptero, cuidado con el aspa, te suben, aterriza en cualquier sitio, aquel sitio tan raro, tan inhóspito, el polvero, de repente el helicóptero se va con su bulla y ahí oyes el sonido del silencio. Entonces, la gente abre la boca. Se queda sorprendida, porque es un paisaje extrañísimo, y el silencio después de aquel zaperoco. Silencio total”.

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