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Carlos Chapón: la salud no se resuelve solo con un recetario

En la vasta geografía de la medicina venezolana pocas voces resuenan con la coherencia y la pasión del doctor Carlos Chapón. No es un médico convencional, y él mismo lo proclama con una mezcla de orgullo y humildad

por Roberto Malaver
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Roberto Malaver

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En un lugar histórico de Guanare, estado Portuguesa, donde se alza el imponente primer liceo de Venezuela, fundado en 1825 (liceo José Vicente de Unda) nos encontramos con una figura que desafía cualquier etiqueta convencional. El doctor Carlos Chapón es médico, abogado, comunicador social, profesor y, sobre todo, un defensor incansable de una visión humanista e integral de la salud. Con una profunda raíz familiar que lo conecta con la alquimia y la farmacia tradicional, el doctor Chapón libra una batalla silenciosa pero firme desde las aulas de postgrado de la Universidad Nacional Experimental de los Llanos Occidentales “Ezequiel Zamora” y desde su práctica diaria.

Chapón invita a cuestionar los paradigmas de la medicina moderna, a desandar el camino de la deshumanización y a reencontrarnos con la naturaleza como fuente primordial de bienestar. Entre anécdotas de su encuentro con chamanes en el Amazonas, críticas a la industria farmacéutica y propuestas concretas para una vida saludable, el doctor despliega un pensamiento que integra lo biológico, lo psicológico y lo sociocultural. A sus 72 años, con la vitalidad de quien se sabe parte de un todo, nos comparte su legado y su lucha por una medicina que cure, alivie y, sobre todo, prevenga

Usted tiene una formación multidisciplinaria realmente impresionante. Es médico, abogado, comunicador social… ¿Cómo confluyen todas estas disciplinas en su visión de la salud?

–Mire, yo soy médico, soy abogado, soy comunicador social, soy profesor y, bueno, otras cosas empíricas, vamos a decirlo así. Actualmente estoy dedicado tanto al ejercicio médico como a la docencia. Aquí (en la UNELLEZ) me encuentra como profesor y jefe del Programa de Ciencias de la Salud, a nivel de postgrado. Esa formación diversa no es un capricho, es una necesidad para entender al ser humano en su totalidad. Nosotros no vemos pacientes como un simple conjunto de síntomas; nuestro enfoque es biopsicosocial. Somos un ente con una estructura biológica, con una conciencia psíquica y un entorno social que nos va moldeando. Si usted no comprende la ley, no entiende cómo comunica el miedo una industria, o cómo la antropología explica las creencias de un pueblo, no puede abordar la salud de manera integral. La salud es un fenómeno complejo que no se resuelve solo con un recetario.

Carlos Chapón. Foto Yorwuel Parada

Usted menciona que lo botánico y lo natural son un patrimonio familiar. ¿De dónde viene esa herencia?

–Eso es prácticamente un patrimonio familiar, sí. Uno de mis tíos, de quien llevo el nombre, el hermano mayor de mi papá, era un alquimista. Mi abuelo lo envió a Maracaibo a estudiar todo lo que tuviera que ver con farmacia, en una época en que lo natural no era una alternativa, era la única opción. Mi abuelo también era un estudioso de esto. Yo crecí con esa influencia. Luego, cuando estudié Medicina en la Universidad del Zulia, en Maracaibo, recibí la motivación de grandes maestros como el doctor Pedro Iturbe, uno de los creadores de la medicina familiar a nivel universal, junto al doctor Uber Godreman. Ellos me reafirmaron no solo en el aspecto de la medicina botánica o alternativa, sino en el apego al aspecto fundamentalmente social de la profesión. Por eso siempre nos hemos dedicado más a lo público que a lo privado. En mi práctica, cuando la situación está difícil, alrededor del 75% de las consultas son gratuitas. Esa es la herencia.

En su relato aparece una experiencia muy poderosa en el Amazonas, donde usted, en lugar de imponer la medicina occidental, buscó al médico del poblado. ¿Qué aprendió de ese encuentro?

–Fue una cosa bien interesante. Llegamos a un poblado y yo solicité que quería conocer al médico del lugar. Mis compañeros de la institución de medicina indígena se extrañaron de que este tipo (yo) anduviera preguntando por lo que nosotros llamamos “el brujo”. Cuando nos encontramos, yo le dije: “Mire, nosotros venimos del llano. Yo soy allá lo que usted es aquí: el médico, el doctor. Usted es mi colega”. Él se sorprendió, se regresó y me dijo: “Siéntese ahí, usted es mi colega. Yo le voy a hacer el tratamiento para que usted tenga larga vida”. Y comenzó todo su ritual con su maraquita. Eso fue abrir la puerta. Aprendí que hay una sabiduría inmensa allí. Su medicina es fundamentalmente preventiva, aunque también tiene elementos curativos muy importantes. No se puede llegar a imponer nada. Ellos tienen un método, una cultura. Si uno irrumpe sin respeto, fracasa. Mi papá, que fue inspector de malariología, me contaba algo similar: él llegaba a un poblado y le decía al médico local: “Mire, yo traigo estas pastillitas, pero usted es el que las va a administrar”, porque el líder allí es él. Eso es antropología médica pura.

Usted establece una clara diferencia entre fármacos y medicamentos. ¿Podría explicarla para quienes no están familiarizados con estos conceptos?

–Claro que sí. Es una diferencia fundamental. Los fármacos provienen de productos que han sido manipulados químicamente en un laboratorio para convertirlos en una mercancía patentable. Los medicamentos, en cambio, provienen de productos o elementos naturales. La diferencia no es solo de origen, sino de consecuencias. Usted ve el prospecto de un fármaco y tiene un recetario de advertencias, contraindicaciones y precauciones que a veces ni el médico lee bien. Eso no lo tienen los medicamentos naturales, siempre que se administren con una posología y dosificación prudente y lógica. El gran problema es que nosotros, los médicos, nos hemos convertido en los grandes vendedores de fármacos del mundo. Les digo a mis estudiantes: “¿Quiénes son los grandes vendedores de fármacos en el mundo? Todos los que estamos aquí sentados”. Porque actuamos muchas veces como promotores de venta para las empresas, y eso está causando problemas de salud pública. No es que no se deban usar, es que hay que usarlos racionalmente, no como un escopetazo a ver si uno pega.

¿A qué se refiere con el “discurso del miedo” que, según usted, se ha apoderado de la práctica médica?

–Es un mecanismo perverso. Se ha sembrado y promovido el miedo. Siempre le pregunto a la gente: ¿a qué le tiene usted miedo? Y la respuesta es a la muerte. Y entonces yo les digo: ¿de la muerte se preocupan los vivos? Por supuesto, pero el valor más importante que tenemos es la vida. No puede ser que yo atente contra la vida y la esperanza de una persona porque su biología se desajustó un poco. Lo que nosotros hemos llamado el discurso del miedo es esa práctica de convertir un diagnóstico en una sentencia que destruye al paciente. Entra una persona al consultorio y sale con un arsenal de pastillas “para toda la vida” y con la autoestima destrozada. El médico le dice: “Usted es hipertenso. Tómese este a las ocho, este a las nueve, y este es para toda la vida, ¿oyó? Y no respondo”. El hombre ya no levanta la vista del piso. Sale muerto en vida. Y luego va a la farmacia y le dicen el precio, y se termina de aterrar. Eso es desesperanza total, y nosotros no podemos abandonar a la gente. Nuestra misión es curar, aliviar y consolar.

Frente a esa realidad, ¿cómo logran ustedes conectar con un paciente que ya viene “culturizado” con la lógica del fármaco y la receta inmediata?

–Es un choque cultural, como usted bien dice, un enfrentamiento. El paciente ha sido educado con otros valores. Le han enseñado que la salud viene en una caja de pastillas y que la solución es fácil y rápida. La publicidad nos ha vendido el facilismo, que todo es fácil, que cada día estamos más cerca de usted… ¡y la gente quiere resultados sin hacer nada! Entonces, cuando uno le dice: “Mire, ¿será posible que consiga malojillo?”, o le propone cambiar su alimentación, controlar sus emociones, hacer actividad física, el paciente se le queda viendo y piensa: “Me equivoqué de médico”. Pasa a cada rato. Lo que nosotros hacemos es un proceso de culturización, de informar para formar. Le explicamos: “Vamos a hacer esta indicación. Este producto natural lo va a tomar así, pero además vamos a arrancar con esto: cambiar su dieta, manejar su estrés”. Hay que tener un abordaje integral. Pero no es fácil, porque la cultura del “mándeme el examen” o “recéteme algo ya” es muy fuerte.

Habla de un proyecto muy ambicioso, un jardín etnobotánico, que aún no ha podido concretarse en su universidad. ¿Qué pasó allí?

–Fíjese, ahí se ve la paradoja. Nosotros planteamos un proyecto de un jardín etnobotánico, y esta universidad tiene tierras por cantidades industriales en el campo universitario. Se hicieron levantamientos, fotografías satelitales, todo muy bien elaborado por colegas agrónomos. Y hasta el sol de hoy no hemos sembrado la primera planta. ¿Y por qué? Porque no hay disposición real. Todo el mundo dice que es maravilloso, que es un proyecto hermoso, pero al momento de la ejecución, la cosa se tranca. Acabamos de hacer un congreso etnobotánico que estuvimos preparando año y medio. Lo hacemos por filantropía, como Luis, pariendo y sin recursos. Mientras tanto, no dejamos de hacer fitoterapia, naturopatía y naturismo en la práctica pública y privada con la gente que nos busca.

A sus 72 años, con esa vitalidad y esa fe en lo que hace, ¿qué decirle a quienes buscan un camino de salud verdadera?

–Le voy a decir algo que le digo a todos mis pacientes. Para esto hay que tener fe, y fe es autoconfianza. Yo tengo que estar seguro de lo que estoy haciendo y de mis propias capacidades para sanar. Nosotros somos naturaleza, pero vivimos en contra de la naturaleza, nos aislamos de ella. El principio fundamental es hacer contacto con la naturaleza, acercarnos, porque ahí está la respuesta. Eso implica una vida saludable, una alimentación sana, actividad física, control de las emociones. Aquí en el llano categorizamos la emoción rabia: cuando a uno lo molestan, se secreta adrenalina, noradrenalina y cortisol, que suben la presión. Eso nos lo enseñaron los invasores en 1492: el egoísmo, el odio, la envidia, el rencor… ¡y nosotros no aprendemos a convivir! Simón Rodríguez, el gran sabio, hablaba de la convivencia. No es materialismo desenfrenado. Yo les digo a mis alumnos que me faltan 90 años, porque a los 120 voy a hacer como los monjes budistas que, cuando cumplen su misión, se acuestan y se mueren en paz. Pero para llegar a eso, hay que vivir sin amargura. La salud es un completo bienestar biológico, psicológico y sociocultural, no la ausencia de enfermedad. Y nosotros los médicos no hacemos la salud, participamos de ella. Si la sociedad organizada no participa, no hay salud pública. Ese es el mensaje: empoderarse, tener autoconfianza y volver a la naturaleza.

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