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De inspecciones, duelos y panaceas

por Soriana Durán
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Soriana Durán / Fotos Yorwuel Parada

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Las inspecciones a edificios forman parte, por los momentos, de la cotidianidad urbana. En días posteriores al desastre, cuando el foco de atención no estaba estricta y necesariamente en su totalidad sobre La Guaira, El Junquito, San Bernardino y Los Palos Grandes —entre otras zonas de desastre dentro y fuera de Caracas—, las autoridades e instituciones competentes iniciaron la formación y despliegue de gente experta en arquitectura, ingeniería civil, geología, geografía y otras especialidades que conciernen a la seguridad de las construcciones y su entorno. Una de estas instituciones fue el Colegio de Ingenieros, que incluso ofreció talleres de capacitación a voluntarios y rescatistas para detectar patologías arquitectónicas en edificios residenciales, además de llevar a cabo sus propias jornadas de inspección.

En otras instancias, la comisión presidencial creada bajo el lema Venezuela Renace tiene como objetivo de detectar e inspeccionar la mayor cantidad de estructuras posibles en todos los estados afectados a la velocidad más urgente que se pudiese alcanzar. Cuenta con más de 500 especialistas capacitados en el área de patologías estructurales. Estas brigadas, que se despliegan en el territorio siguiendo un esquema comunal, han podido realizar más de 3.000 inspecciones tanto en La Guaira como en Caracas, según Vladimir Alarcón, especialista estructural del estado Mérida y miembro de la Comisión Presidencial de Habitabilidad.

La mayoría de los especialistas que las integran son originarios del interior del país y, a pesar de sus conocimientos y del pragmatismo de su criterio, la destrucción con la que han tenido que enfrentarse les desarma y perturba. Además, no todas estas personas están familiarizadas con la dinámica asfixiante caraqueña que también permeaba a La Guaira —sin mencionar aquellos casos en los que los especialistas presenciaban las grandes estructuras de la ciudad capital por primera vez en su vida—.

La brigada que acompañé en esta jornada de inspección en el centro de Caracas fue enviada por el gobernador del estado Apure. La ingeniera Anglys Sequera, líder del equipo, me comentaba bastante conmovida sobre lo fuerte que había sido su experiencia en general, sin dejar de agradecer en todo momento la atención y el recibimiento de la gente que les acoge en estos procedimientos.

—Es una cosa increíble, porque tú ves los frisos en las casas de allá de Apure y son una cosa mínima, pues— Anglys dibujó el tamaño del friso con un gesto del índice y el pulgar. Tú ves los frisos de cincuenta, setenta y pico centímetros de grosor en los edificios en La Guaira y te das cuenta de la magnitud de la catástrofe.

Cuando le pregunté sobre un número aproximado de edificios dañados en Caracas, me dijo que todavía no se habían encontrado con el primer edificio con riesgo de colapso post-terremoto. Sin embargo, apenas estaban comenzando.

La voz se le quebró un par de veces en medio de la explicación, pero mantuvo la compostura ante el grupo de personas que la rodeaba; miembros del equipo de Apure, Mérida y Trujillo, con cascos blancos y uniformes azul y naranja, y habitantes desesperados de cuatro de los edificios residenciales de la calle Norte 11 que no tenían etiqueta visible. Estos últimos, los residentes, habían estado esperándolos desde hacía varias horas en la calle diagonal al emblemático edificio de El Universal. Tan pronto los vieron doblar la esquina de Ánimas se les abalanzaron como un enjambre, solapándose unos con otros en sus exigencias de que revisaran un edificio primero antes que el resto.

Ahí la ingeniera empezó a delegar cuadrillas de tres o cuatro especialistas que fueron abducidos por residentes de cada edificio afectado; el grupo de 124 personas fue mermando, pero seguía siendo numeroso. Me pidió que tuviera paciencia y se disculpó por el retraso, ya que nuestra misión allí era entrar a uno de los edificios y ser testigos del proceso de inspección, pero por motivos ajenos a su voluntad —o a las características comunes de las esperas burocráticas— no habíamos podido acceder a ninguno pasadas las dos horas desde que llegamos al sitio. Indicó, entonces, que entraríamos al próximo edificio junto a ella y su equipo.

Les seguimos hasta el frente acordonado del edificio residencial Centro 63. Durante el segundo terremoto, una viga de acero de tres metros cayó desde las alturas y atravesó como una lanza la cubierta de la entrada principal, aterrizando en la acera. Quedó insertada entre la fachada y el suelo como un cuchillo gigante. No se podía entrar por allí, por lo que sus habitantes optaron por utilizar el estacionamiento como alternativa.

Mientras llegaba el desayuno de la brigada, transcurrieron treinta minutos de una discusión que no parecía tener arreglo; unas residentes del Centro 63 solicitaban, en actitud de vida o muerte, que se hiciera la inspección, pero uno de los vecinos sostenía que ya el Colegio de Ingenieros había pasado por allí y había dicho que estaba todo en orden. Una de ellas argumentó que no vino nadie, que por su apartamento no pasaron, pero el mismo hombre respondió que ellos sí vinieron, solo que ella no estaba en ese instante en el edificio.

La mujer, de unos setenta y tantos, se alejó de la algarabía y se acercó a murmurarme, todavía recelosa, que así no podían ser las cosas;

—Tienen que avisar cuando vienen para una saber y estar aquí, porque yo no me voy a quedar en el apartamento encerrada. Tengo que salir a buscar la plata para la calle, ¿o no?

Luego se mencionó un supuesto informe del Colegio de Ingenieros en el que constaba que el edificio no presentaba fallas estructurales ni daños de gravedad. Dicho informe no aparecía, porque nadie le había sacado una copia y nadie le había tomado una foto cuando fue expedido.

—Es que si no tenemos seguridad de que este edificio ya lo revisaron, nosotros no podemos entrar, —le repite la apureña en un tono más afable, sin perder la paciencia nunca—. Mire, yo voy a llamar al jefe y le voy a pedir a él la autorización para entrar. Si me la da, nosotros entramos, pero de lo contrario no podemos hacerlo porque no podemos desconocer la autoridad de los que vinieron antes, ¿me entiende?

Fue cuando me di cuenta de que el trabajo de los inspectores iba más allá de pegar una etiqueta en la fachada de un edificio. Se trata, más bien, de generar seguridad en medio de la incertidumbre, la desconfianza y el miedo, tal y como me lo había comentado Vladimir más temprano esa mañana; “Esta labor no es solamente técnica, es social. Hay mucha gente que está en edificaciones que están en perfectas condiciones, pero todavía está asustada, como hay gente confiada porque no ha mostrado la edificación realmente cuál fue su daño, entonces, a los dos los estamos atendiendo”.

Para el alivio de los habitantes del Centro 63, el jefe de Anglys les dio permiso de entrar y revisar la edificación. Tomó una etiqueta verde del morral de una de las asistentes, pero después de pensarlo bien, sacó también una amarilla —por si acaso—. Entramos por el estacionamiento, siguiendo las indicaciones de uno de los habitantes. Subimos por las escaleras hasta la mezzanina, donde aguardaban los restos de unas vallas ornamentales de hierro que se habían despegado de la fachada y reposaban ahora en una montaña de basura. De ese mismo lugar cayó esa viga mortal que atravesó la entrada y que pudo haber matado a alguien con muy mala suerte.

El resto de los inspectores siguió subiendo, acompañado por los propios vecinos que estaban dispuestos a llevarlos a sus respectivos apartamentos. En cada piso, los ingenieros usaban un martillo y un cincel para golpear y examinar puntos específicos de las paredes que presentaban fisuras, raspaban el friso hasta dar con una columna o levantaban las baldosas para dar con posibles “vacíos” en la mampostería. Un grupo de mujeres bajó al tanque de agua, que era subterráneo, y constataron que se hallaba en buenas condiciones.

Anglys, tres miembros de su equipo y yo entramos a uno de los apartamentos más afectados. Había unas grietas en las paredes y en el balcón. La inspección determinó, una vez más, que el daño que sufrió el edificio fue solo de mampostería, por lo que sus habitantes podían estar más tranquilos. La dueña del apartamento, Aidé Mirena, y su hija se pusieron a hacer unos panes de jamón y queso y licuaron unas fresas para hacer jugo. Nos sirvieron a todos y mientras comíamos en su mesa, una de las ingenieras sacó la etiqueta amarilla y comenzó a escribir, con marcador permanente, sobre ella: “… área de unión de la edificación con daños [ilegible] vigas decorativas (en desprendimiento)”.

Aidé, por su parte, nos comentaba sobre un primo de ella, de La Guaira, que cayó desde el último piso del edificio donde vivía cuando colapsaba. Ella nos acompañó al tercer piso, donde Anglys entró a revisar el apartamento de la señora que se quejaba de no poder dormir bien por las grietas que se habían formado en su habitación y, después de examinarlas, dejó bastante claro que era seguro estar en el apartamento, que ya podía volver a dormir en su cama y no en el sofá de la sala. Aidé y su vecina, rememorando las primeras horas después de los terremotos, coincidieron en que no podrían volver a bajar a La Guaira de nuevo; fueron allí con la intención de ayudar, pero quedaron tan alteradas y afligidas de haber visto semejante pesadilla que ahora presentan secuelas psicológicas y estrés postraumático. Aidé confesó que fue remitida a un psicólogo, pero que nunca ha ido y no quiere ir;

—¿En qué me va a ayudar en eso? Después de haber visto ese poco de muertos, ¿cómo me va a borrar a mí eso de la mente?

—No, señora —respondí de inmediato, sabiendo a profundidad cómo es ese asunto—. Tiene que ir, eso la va a ayudar. Le va a dar herramientas para sobrellevar el duelo.

Ahí se echó a llorar, abrazó a su vecina y después a mí. Privada del llanto, habló de su amiga fallecida y de su hermano desaparecido. Ya cuando se había calmado, agradeció nuestra presencia; “la solidaridad del venezolano es única”.

Después le admití, estando en confianza, que para dormir me tomaba una cerveza o dos.

—Es que yo también me he echado mis palos, una duerme chévere así —dijo, soltando una carcajada que nos contagió de risa a todas las que estábamos allí.

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