Soriana Durán / Fotos Nathan Ramírez
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En la franja sonámbula del amanecer despiertan las aves y zumban los bichos. Resalta el canto de los gallos del patio y de casas vecinas. De resto, todo el mundo sigue durmiendo. Un tinte azul marino recubre la exuberancia de las matas de mango, que se ven desde la habitación donde pernocta la visita, a través de una ventana amplia forjada en hierro y sin cristal. Por ahí refresca la brisa y se agradece, porque es el único momento en el que no hace calor ni te comen los mosquitos.
A las nueve de la mañana, la voz de Ramón Mendoza retumba desde la cocina, seguida de la algarabía de ollas, cucharas y demás peroles.
Estos son los sonidos y colores que abundan en cualquier lugar que no esté sometido a la rigidez del urbanismo, que se promueve como desarrollo civilizatorio necesario para mejorar nuestra calidad de vida cuando, en realidad, lo que hace es envenenarla y someterla al modelo político, económico y culturalmente más aceptado de esclavismo moderno. Tal vez por esto el monte y la culebra se han convertido en sitios ideales para escaparse un instante de ese mismo paradigma depredador.

Pero hasta ahí, porque vivir en el monte es muy arrecho; lo único que hay es monte parejo, aguacate y mango para echar pa’ arriba y gente muy sabia como Ramón y Matilde.
Él es monaguense, originario de Quiriquire, tiene 72 años y es trabajador jubilado de la Universidad de Carabobo. Formó parte del equipo fundador del periódico El Cayapo, impreso hasta 2025, y de una editorial que lleva el mismo nombre. Ella es del poblado Guarico del estado Lara, tiene 57 años y ha dedicado parte de su vida, junto con su compañero, a levantar una casa desde los cimientos y criar muchachos.

Al salir del dormitorio, Ramón está en el mesón de la cocina, amasando. Lleva la misma camisa curtida del día anterior, y con su presencia tosca e india pareciera que de hacer tanto adobe él se convirtió en ladrillo. Mezcló la harina de maíz con orégano en polvo, del mismo que cosechan y procesan él y Matilde, como también lo hacen con la cúrcuma, el jengibre, el romero, el ajo, el ají, el malojillo y un largo etcétera. Mientras él monta las arepas, Matilde pone a calentar el guiso de cerdo que quedó de la noche anterior.
Todo lo que es la cocina, el comedor, el recibidor y la sala están en un mismo espacio, sin divisiones de ningún tipo; es el corazón de la vivienda y la razón, por diseño, de su calidez. Invita a sentarse y conversar, a compartir, a comer y beber. Cada cuarto, pasadizo y puerta conecta al amplio y fresco comedor, que es visible desde afuera a través de las rejas que forman la mitad superior de las paredes externas de la casa.

A pesar de lo denso del elemento que conforma estas paredes, al tocarlas puedes sentir una frescura y suavidad que dista de la tosquedad del cemento. Las plantas ornamentales se reparten por la fachada y sus alrededores de manera rudimentaria en cholas viejas, carcasas de computadoras, latas y culos de botella convertidos en maceteros. Al pie de los árboles frutales florecen orquídeas, rosas, damas de noche. Dentro, la sala se extiende hasta un fogón dispuesto de leña, con cacerolas, ollas, sartenes y pailas de todo tamaño que cuelgan de todas partes.
En la cocina, que está muy bien surtida y dotada de todo tipo de utensilios, cuelga un cartel que dice: “Bienvenido, aunque esta casa está sucia y regada, pase, relájese, converse. No siempre está así, a veces está peor”.

La casa de los Mendoza está hecha, en esencia, de adobes; ladrillos de arcilla, tierra y paja. El techo es de láminas de zinc. Fue de las primeras viviendas construidas en esa localidad al norte de San Diego de Carabobo. Cuando Ramón llegó, en diciembre de 1995, aquello era una llanura infinita y solitaria que durante las noches parecía desaparecer con la oscuridad. Su hijo Carlos estaba recién nacido y habían llegado a un rancho prestado mientras compraban el terreno de lo que es ahora su hogar.
Se las arreglaban como podían, con un hijo recién nacido, hasta que Ramón conoció la casa de una vecina, Juana Paula, que estaba hecha de adobe. Su interés empezó ahí y le pidió a la mujer que le enseñara a fabricarlos, pero nunca pasó. No pasó mucho tiempo antes de que se pusieran a inventar sin tener mucha idea de cómo. Sacaban la tierra, la ponían en la mesa y con ella hacían pelotas de barro porque creían que “era como hacer arepas”. Les daban forma de ladrillo con las manos y de esa forma hacían 9 adobes por día, cuando mucho.
—Hasta que vino un loco y nos dijo que eso se hacía era con un molde.


Aprendieron a hacer los moldes, que pueden ser de madera o de metal, y así lograron fabricar más de 100 adobes diarios. Con ayuda de amistades y parientes construyeron su casa alrededor del área de la cocina, añadiendo más cuartos e incluso un nivel superior que utilizan de almacén. Hay dos casas más, independientes de la principal, donde reciben a gente por largas temporadas.
—Se puede reutilizar, se puede picar y volver a encajar. Si tú quieres los cocinas, pero la ventaja del adobe es que es rápido. Un bloque [de cemento] tienes que hacerlo, ponerlo a secar, dura varios días para poderlo usar. Estos no, los pones a asolear y en tres días ya los estás pegando sin problemas.

El adobe tiene cualidades y ventajas de las que otros materiales carecen, como su resistencia y sostenibilidad a largo plazo, así como la frescura que ofrece por sus características termorreguladoras y lo barato y sencillo que es producirlo. Puede combinarse con otros materiales de construcción, es maleable y también es un aislante acústico natural. Lo mejor es que no genera desperdicios ni contaminación.
En cuanto a sus capacidades sismorresistentes, es necesario comentar que la casa de Ramón no sufrió ningún tipo de daño estructural o de mampostería. Después del doblete sísmico del 24 de junio de 2026, su vivienda quedó intacta: “solo se cayeron unos cuadros y unos adornos, pero de resto no pasó nada”. Sin embargo, y para evidenciar el conocimiento que ya tiene Ramón en estos asuntos, en una de las casas de fondo se formó una grieta importante, afectación que él supo diagnosticar de inmediato: “en esa pared, que es curva, debió haberse construido una columna, por eso se formó la grieta”.

Se burla o de los ingenieros y profesionales que han venido al trópico a querer imponer modelos o formas constructivas de Europa o Estados Unidos. Los que vienen a querer enseñarnos a diseñar y a hacer casas porque creen o pretenden que aquí no sabemos hacerlas. “Aquí no hay que inventar una arquitectura, porque ya existe”. Su fuente de inspiración son las casas que se integran al entorno, que no contaminan, que no se basan en la depredación del hábitat sino en la habilidad de la gente para insertarse en lo que existe.
Esta casa es la materialización de la idea práctica que Ramón tiene sobre cómo debería ser una vivienda digna dentro de un poblado integral autosustentable. El conuquero ya sabe, después de infinidad de errores, qué es lo que él cree que una comunidad necesita para vivir sin depender de los servicios y el comercio engendrados en capitalismo.

—Podría ser posible dentro de cinco generaciones adelante, que no estén contaminadas como nosotros.
Para Ramón, casi todos los problemas que tiene la sociedad moderna son producto de la identificación con el concepto antropocéntrico del humanismo, por lo que repensar la vivienda es repensar la estructura completa de civilización vertical que hemos adoptado y asumido —a la fuerza en la mayoría de los casos— desde hace ya varios siglos. Edificios altos, rascacielos, apartamentos comprimidos que prometen suma privacidad, proximidad al lugar de trabajo y contacto cero con el entorno y la gente que también habita en él.
La idea no acaba con verbalizarla porque él la vive hasta donde esta misma estructura dominante se lo permite, al fin y al cabo “todos somos esclavos de eso” en mayor o menor medida.

Una mata de mamón inmensa le tiene el patio lleno de mamones, fruta que disfrutan tanto sus nietas como los pájaros que la picotean. Hay matas de mandarina, limón, tapara, guayaba, aguacate, mango y parchita y todas las aprovechan según la temporada. Matilde en broma se queja del guayabo: “todos los días echa, todos los días hay que recoger para hacer pulpa. Es un trabajo diario”.
En cuanto a los cultivos, la yuca, la lechosa, la auyama, el ñame y la cúrcuma son los más numerosos, aunque también hay maíz —para las gallinas, pero también para hacer cachapas—, pira —que funciona como un abono natural y fertilizante potente—, pimentón, ocumo, cambur, cebollín, batata, ajoporro y otras plantas de uso medicinal, como la malagueta y la chinchamochina.
—Esto es pa’ nosotros y pa’ los amigos, que se les regala. Yo no vendo nada de eso, porque si te la vendo, ¿cómo te la regalo?

Durante sus primeras experiencias con la siembra y la agricultura, Ramón no tardó en percatarse de las dinámicas explotadoras y poco eficientes del modelo industrial que se importa al país y que representan pérdidas millonarias para el estado, además de efectos contraproducentes en la población.
—Más de 4 mil millones de dólares se quedan en el extranjero por los fertilizantes, venenos, abono, tractores, camiones, camionetas, sistemas de riego, cosechadoras, silos… Y nada de eso se hace aquí. Entonces estás trabajando para una o varias corporaciones extranjeras, todo el presupuesto de un país se va en una plusvalía completa. Y a ti queda es el niño enfermo, envenenado, la tierra deteriorada y la chatarra.

El sistema que él propone busca solucionar tanto los problemas financieros de ese modelo industrial —que rechaza y maldice cada que tiene la oportunidad— como los problemas más generalizados de la sociedad, como la falta de vivienda, de trabajo, problemas de abastecimiento, de sobrepoblación y conglomeración urbana, de salud y de sustentabilidad y sostenibilidad.
—Claro, yo nunca he sacado el presupuesto de cuánto se gasta aquí [en la casa], pero coño, estamos vivos. Eso es un presupuesto fácil de sacar.
Ramón también le mete a la cocina, a la música y a la escritura. Afirma que eso es lo que se tiene que hacer con el tiempo libre que se puede ostentar con una vida sencilla.



